
Ernesto Caballero adapta a Bergman en una obra agridulce
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Ernesto Caballero ha llevado a escena *Tras el ensayo*, una adaptación teatral de la película que Ingmar Bergman realizó en 1984 para la televisión sueca. El resultado, sin embargo, es agridulce.
El legado de Bergman y su reflejo en la obra
Bergman, tras casi cuarenta años de carrera cinematográfica, se despediría del cine en 1982 con *Fanny y Alexander*, una película que incluso conquistó a los americanos y se llevó cuatro premios Oscar. Paralelamente, escribía *Efter repenitionen* para la televisión, donde su alter ego, Vogler (interpretado por Erland Josephson), dirige la misma pieza de Strindberg.
La trama se desarrolla tras un ensayo, en un ambiente íntimo y alentado por las emociones. Allí llega Anna, una joven actriz, hija de Rachel, una antigua amante y actriz del director, quien murió presa del alcohol y la autodestrucción. La película es una declaración de amor al teatro y a los actores.
La propuesta de Ernesto Caballero
Caballero inicia la obra con una declaración de intenciones, optando por un ejercicio de metateatralidad. Vogler (Emilio Tomé) comienza con una cita del libro de memorias de Bergman, *Linterna mágica*, recordando el momento en que descubrió la magia del teatro al ver un montaje de *El sueño*. Sin embargo, para situar la acción, menciona que está pensando en una nueva obra, la que el público está a punto de presenciar.
La idea es interesante, pero la ejecución no logra la misma magia que obras como *Un hombre que se ahoga* de Veronese o *Vania en la Calle 42* de Louis Malle, donde la transición entre realidad y representación es orgánica.
Actuaciones y reflexiones sobre el teatro
Las actrices Lucía Quintana (Rachel) y Elisa Hipólito (Anna) aportan su herencia familiar al escenario, hijas de los actores Juan Antonio Quintana y Carlos Hipólito respectivamente. La obra aborda los entresijos emocionales de la vida interna del teatro, los miedos, manipulaciones y la entrega de actores y directores.
La obra se eleva a través de reflexiones sobre lo teatral, el actor y el papel de dirigir. Bergman decía: “Un director debe aprender dos cosas. Primero, a escuchar. Y segundo, a mantener la boca cerrada. Los actores son artistas creativos, pero no siempre saben expresarse con palabras”.
A pesar de que el reparto pueda parecer joven, los tres actores logran asentarse en sus papeles. Tomé aporta energía y distancia, Quintana dramatismo y fuerza, e Hipólito misterio y seducción en su primer trabajo teatral.
Estructura y elementos discordantes
La obra se estructura en tres actos: el encuentro con Anna, la aparición del espectro de Rachel y la segunda acometida de Anna, donde el director se siente seducido. Caballero otorga mayor presencia a los papeles femeninos, especialmente a Rachel, añadiendo un epílogo.
Sin embargo, no todo funciona. Una escena resulta innecesaria, con Lucía Quintana interpretando un texto de *Gritos y Susurros* bajo luces rojas. Además, Caballero no domina la mirada cinematográfica de Bergman y, en ciertos momentos, los diálogos se convierten en escenas dramáticas para el lucimiento de las actrices, desequilibrando el punto de eje.
Conclusión
Caballero intenta no ser canónico con Bergman, y aunque no fracasa, tampoco enriquece en demasía esta pieza televisiva que se representa con asiduidad en Europa. La pregunta que plantea este montaje es cómo hacer a Bergman hoy en día. La propuesta de Caballero ofrece algunas pistas, pero el propio Bergman ya indicaba el camino en *Fanny y Alexander*, con las palabras iniciales de *El sueño* de Strindberg: “Todo puede ser, todo es posible e inusitado”.













