
El Musclaire: la increíble historia del estibador analfabeto que triunfa en la ópera del Liceu barcelonés y muere en la miseria
El periodista e historiador César Alcalá ha rescatado en su libro “Historia desconocida de Barcelona” uno de los relatos más singulares de la Ciudad Condal del siglo XIX. En una entrevista concedida al programa “Herrera en COPE Cataluña”, conducido por José Miguel Cruz, Alcalá ha desgranado la vida de Manuel Utor, más conocido como “el Musclaire”. Nacido el 24 de julio de 1862, Utor era un estibador del puerto de Barcelona, un humilde trabajador de la Barceloneta cuyo apodo procedía del puesto de mejillones que regentaba su hermana. Este hombre de origen modesto poseía, sin embargo, un don natural extraordinario para el canto que lo llevaría al escenario más prestigioso de la ciudad, aunque su historia tendría un trágico final.
La jornada de Manuel Utor transcurría cargando y descargando sacos en el puerto.
Al terminar sus tareas, entretenía a los presentes en las tascas de la zona con su potente voz. “Tenía un don”, explica Alcalá, señalando que Utor cantaba con una pasión que le salía “del alma”. Sin embargo, este prodigioso talento convivía con un hándicap insalvable: era completamente analfabeto. No sabía leer ni escribir y, por supuesto, tampoco descifrar una partitura.
Aprendió óperas como “Marina”, de Arrieta, completamente de oído, memorizando las melodías sin comprender la notación musical que había detrás. “No sabía qué cantaba, si un do, un sol o un fa”, puntualiza el historiador.
Animado por sus amigos, que veían en él un potencial desaprovechado, Utor decidió probar suerte en el mundo del canto profesional. Sus primeros intentos en teatros como el Romea de Barcelona no tuvieron éxito. Aunque se sabía las obras de memoria, su incapacidad para leer música le impedía seguir las indicaciones del director de orquesta en las entradas, lo que suponía un obstáculo mayúsculo.
El punto de inflexión llegó cuando un adinerado llamado Verdaguer se fijó en su talento en bruto. “Vio que allí había potencial”, relata Alcalá sobre la visión de su futuro protector.
Verdaguer decidió convertirse en su mecenas e invirtió en su carrera. Durante nueve meses, financió de su bolsillo la formación de Utor, que aprendió la ópera “La Africana” de Meyerbeer de forma totalmente memorística. Gracias a los contactos y la inversión de su patrón, Manuel Utor debutó finalmente en el Gran Teatre del Liceu.
Según el historiador, el estreno no estuvo exento de problemas, ya que Utor sufrió fallos de memoria durante la representación. Sin embargo, Alcalá señala que “el público del Liceu no era tan exigente como hoy en día” y le dispensó un gran cariño, celebrando su actuación.
Manuel Utor alcanzó un considerable éxito local. Se convirtió en un nombre recurrente en la cartelera del Liceu y actuó también en otros escenarios importantes como los teatros Tívoli y Romea, llegando a ganar importantes sumas de dinero. No obstante, su triunfo fue tan intenso como fugaz.
Con los bolsillos llenos, emprendió un viaje a Nueva York, pero, según relata el historiador, llegó a la ciudad estadounidense “sin un duro”. Su mala gestión financiera comenzaba a marcar su declive.
El regreso a Barcelona estuvo marcado por las dificultades. Para conseguir el dinero necesario para el billete de vuelta, Utor tuvo que cantar en toda clase de locales, en ocasiones “por un plato de sopa”. De nuevo en su ciudad, con una edad que ya no le permitía retomar su trabajo en el puerto, se enfrentó a una dura realidad.
Alcalá explica que “malgastaba el dinero” y “no tenía un pensamiento a futuro”, lo que le llevó a dilapidar sus ganancias sin previsión. Esta falta de planificación lo condenó a una existencia precaria en sus últimos años.
Olvidado por el público que un día lo aclamó, “el Musclaire” pasó sus últimos días malviviendo de la caridad, cantando en pequeños locales para subsistir. Su vida se apagó lejos del esplendor de la ópera. Manuel Utor murió el 1 de julio de 1948, pobre y solo, en la Casa de la Caridad de Barcelona.
A pesar de su triste desenlace, en 1938, a sus 76 años, se le rindió un homenaje en el Liceu, donde volvió a cantar un aria de “La Africana”. Como testamento de su singular voz, Alcalá apunta que todavía se pueden encontrar algunas de sus grabaciones en plataformas como YouTube, un legado digital que, en palabras del historiador, representa a “uno de esos personajes de una Barcelona que ya no existe”.













