
La baza de Irán en la negociación: el estrecho de Ormuz
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El anuncio de un cese temporal de hostilidades, gestionado por Pakistán, ha generado alivio ante el riesgo inminente de una escalada que amenazaba el derecho internacional. Sin embargo, es prematuro considerar que este acuerdo conducirá a una paz definitiva entre Irán, Israel y Estados Unidos.
A pesar de los esfuerzos propagandísticos, los agresores no han alcanzado sus objetivos. Aunque el régimen iraní pueda estar debilitado, aún conserva la capacidad de controlar a su población y responder a las agresiones externas, lo que eleva los costos para los países vecinos y el resto del mundo.
El programa nuclear iraní persiste, a pesar de los ataques, y se estima que ha acumulado alrededor de 400 kilogramos de uranio altamente enriquecido en los últimos años. Además, Irán conserva suficientes misiles y drones para atacar objetivos en Israel, bases estadounidenses en la región y territorios de sus vecinos árabes.
La estrategia de Donald Trump ha otorgado a Teherán un activo crucial: el control del estrecho de Ormuz, que se ha convertido en su principal baza para obtener concesiones en cualquier negociación futura.
El arma principal de Teherán
Antes del 28 de febrero, alrededor de 120 buques transitaban diariamente por Ormuz. Hoy, esa cifra se ha reducido a menos de diez, y todos deben obtener permiso de Teherán, que puede exigir un peaje de hasta dos millones de dólares por embarcación. Para Irán, consciente de su inferioridad militar, este control, aunque no implique un cierre total del estrecho, se ha convertido en su principal arma. Su valor aumenta con la desesperación de Trump por encontrar una salida favorable al conflicto.
El control del estrecho permite a Irán perjudicar los intereses de los países del Golfo Pérsico y del mundo entero. No necesita cerrar el paso por completo ni destruir todos los barcos que desafíen su voluntad.
A Irán le basta con dejar claro que puede hundir alguno de ellos para provocar el pánico de los armadores y aseguradoras internacionales, generando un impacto mundial.
Ormuz no es solo un punto de paso. Desde Kuwait hasta este angosto estrecho hay unos 1.500 kilómetros. Irán tiene múltiples opciones para perturbar el tráfico marítimo, utilizando artillería costera, drones (aéreos, de superficie o submarinos), cohetes, misiles, lanchas y buques costeros, así como minas.
De manera selectiva, basta con que demuestre su capacidad para hundir alguna embarcación para generar pánico entre los armadores y aseguradoras internacionales, lo que tendría un impacto global.
El futuro
En un futuro marcado por una dura negociación, es poco probable que Irán renuncie a su principal ventaja: el control de Ormuz.
Los gobernantes iraníes saben que no derrotarán a sus enemigos por la fuerza y necesitan el alivio de las sanciones internacionales para evitar un colapso interno, ante una población harta de la corrupción y la represión.
Trump sigue atrapado por una visión que le lleva a pensar que, si golpea más fuerte, acabará por lograr la rendición incondicional de Irán.
Dado que sus aliados regionales están debilitados y sus capacidades disminuyen, Ormuz cobra mayor importancia como vía para mantenerse en el poder. Esto hace improbable que Irán permita el libre tránsito sin obtener algo sustancial a cambio, asumiendo que no habrá un cese real de los ataques contra su territorio. Incluso aspira a ser reconocido como el guardián del estrecho, con el poder de establecer un derecho de paso mediante peaje, lo que le generaría ingresos considerables.
Trump, sin embargo, persiste en su idea de que una mayor presión logrará la rendición incondicional de Irán. Por lo tanto, no se descarta que Estados Unidos emplee medios aún más potentes y ataque sin límites, al igual que un Netanyahu que no se siente obligado por ningún pacto y mantiene su postura belicista.













