
ESPERPENTO: ¿DEGRADACIÓN DE LO HEROICO O NORMALIZACIÓN DE LA MEDIOCRIDAD?
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El término “esperpento”, popularizado por Valle-Inclán, a menudo se utiliza para describir figuras públicas envueltas en escándalos. Sin embargo, es crucial analizar qué implica realmente esta etiqueta y si es aplicable a los personajes que hoy protagonizan la escena política.
El Esperpento según Valle-Inclán
El esperpento no es una mera caricatura, sino una degradación sistemática de una grandeza previa. Es la visión de lo heroico reflejado en los espejos deformantes del Callejón del Gato. Implica una conciencia trágica: la certeza de que lo grotesco actual fue, en algún momento, digno de grandeza.
Necesita, por tanto, un “original elevado” que deformar, un eco de una grandeza perdida o presentida.
Personajes como Max Estrella en ‘Luces de Bohemia’ son trágicos porque su miseria no anula la grandeza del poeta ciego, sino que la proyecta, distorsionada, sobre un mundo degradado. El efecto es desolación, no solo risa.
¿Es aplicable a los escándalos actuales?
La pregunta clave es si podemos identificar esa grandeza previa en figuras como Ábalos, Koldo, Leire, Bárcenas o Correa. ¿Hay en ellos una aspiración más allá del beneficio inmediato y la picaresca? ¿O son figuras que ya nacen en un registro bajo, sin una forma digna de ser torcida?
Quizás la grandeza reside no tanto en el individuo, sino en el cargo que ocupa.
El ministro, el tesorero, el representante público encarnan ideales de servicio y responsabilidad. En este caso, lo que se deforma no es el alma del personaje, sino el molde institucional que habita.
La desaparición de la distancia
El esperpento clásico exige una caída, una distancia entre la altura evocada y la degradación presente. En la actualidad, parece haber una desaparición de esa distancia. No hay vértigo porque no hay altura desde la que caer.
Lo grotesco no es resultado de una deformación, sino el estado natural de las cosas.
No hay héroes degradados, sino personajes que nunca fueron otra cosa que caricaturas de sí mismos. El efecto no es esperpéntico, sino algo más frío: una normalización de la mediocridad.
¿Una forma terminal del esperpento?
Tal vez la realidad política actual sea una forma terminal del esperpento: no la deformación de una grandeza, sino la exhibición de sus restos. La caída ha tenido lugar antes de la representación, y solo contemplamos los escombros.













