
Trump: Cuando el villano pierde la coherencia
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En las películas de James Bond, el villano siempre se toma un momento para explicar su plan maestro, revelando su biografía y justificando sus acciones. Esta necesidad de una coartada moral es lo que distingue a un villano complejo de un simple criminal.
La necesidad de un relato
En el mundo real, nadie se considera a sí mismo malvado. Incluso cuando se reconocen errores del pasado, siempre se busca una justificación, disfrazando el mal como algo necesario. Sin embargo, el mal es simplemente mal.
Un ejemplo claro es Benjamín Netanyahu, cuya narrativa israelí se basa en el trauma como mito fundacional, justificando sus acciones en la amenaza del antisemitismo. Esta justificación, aunque no necesite convencer a todos, busca evitar una respuesta contundente de la comunidad internacional.
Estados Unidos, a través del cine y la televisión, ha moldeado la interpretación del mundo. Pero en la última década, su “jefe de guionistas” se ha vuelto incoherente. La crueldad y la locura se pueden tolerar en un villano, pero no la incoherencia.
El pecado de la incoherencia
El problema de Trump no es ser el malo de la película, sino traicionar la coherencia de su personaje. Para que su discurso funcione, debe creer en lo que dice. Trump, al intentar serlo todo a la vez, ha vaciado su personaje.
No se puede ser el guardián de la ley y el orden mientras se incita a un asalto al Capitolio. Tampoco se puede ser el multimillonario que desprecia a los débiles y, al mismo tiempo, quejarse constantemente de que otros países son injustos. La lealtad se basa en la coherencia.
El silencio como castigo
Un villano con una buena historia puede conquistar un imperio. Hitler, apelando a la humillación de Versalles, o Stalin, sacrificando a su propio hijo, son ejemplos de ello. Pero un villano que se contradice cada mañana solo cosecha el silencio de sus seguidores.
Trump ha descubierto que la incoherencia es más perjudicial que la maldad. Vivimos un momento singular: el villano amenaza con destruir todo, pero nadie lo toma en serio porque ha perdido credibilidad y motivos.












