
¿Un no a Donald Trump es un sí a Xi Jinping?
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La pregunta sobre si un rechazo a Donald Trump implica un apoyo a Xi Jinping puede resultar tentadora, pero esconde una simplificación que conviene analizar. En el caso del gobierno español, liderado por Pedro Sánchez, se observa la articulación de una posición propia en un orden internacional en constante cambio, más que un simple desplazamiento de un polo a otro.
Distanciamiento de la agenda de Trump
Las diferencias con la agenda de Donald Trump son cada vez más evidentes. A nivel discursivo, España ha criticado la gestión de conflictos como el de Gaza, enfatizando el derecho internacional humanitario y la necesidad de soluciones políticas. Este enfoque contrasta con la visión más unilateralista y centrada en la seguridad asociada a la tradición política de Trump.
La condena de operaciones militares contra Irán y la cautela respecto al uso de bases militares o del espacio aéreo español para acciones que puedan agravar el conflicto demuestran una voluntad de mantener autonomía estratégica. No se trata de un simple gesto, sino de una intención de evitar la alineación automática con decisiones de Washington que puedan comprometer la estabilidad regional o el marco jurídico internacional.
Acercamiento a China
Paralelamente a este distanciamiento, se ha producido un acercamiento constante a China. Las múltiples visitas oficiales del Presidente Sánchez a Pekín lo convierten en uno de los líderes europeos con mayor contacto directo con el gobierno chino. Esta frecuencia de diálogo fomenta la confianza y abre canales que van más allá de lo protocolario, abarcando desde cuestiones económicas hasta temas globales como el cambio climático y la gobernanza internacional.
En un contexto de creciente rivalidad entre Estados Unidos y China, España parece optar por no limitar su política exterior a una lógica de bloques.
Coherencia con la tradición europea
Esta doble estrategia no debe interpretarse como una simple maniobra para obtener beneficios electorales. En realidad, existe una coherencia con una tradición europea que valora el diálogo como herramienta central, la paz como objetivo normativo y el multilateralismo como método. Esta tradición, arraigada en la posguerra europea, se manifiesta en la defensa de instituciones internacionales, la preferencia por soluciones negociadas y la resistencia a la extraterritorialidad de decisiones unilaterales.
En este contexto, el diálogo con China no es una excepción, sino una extensión de la idea de que los problemas globales requieren la participación de todos los actores importantes, independientemente de sus diferencias sistémicas.
La postura de la Unión Europea
Este enfoque comienza a encontrar eco en la Unión Europea. Aunque Bruselas ha endurecido su análisis sobre China, definiéndola como socio, competidor y rival sistémico al mismo tiempo, varios Estados miembros exploran formas de evitar una confrontación abierta. La noción de “reducción de riesgos” (de-risking), en lugar de la desconexión total, refleja este intento de equilibrio que busca proteger sectores estratégicos sin cerrar el intercambio.
En este sentido, la postura española podría contribuir a matizar aún más el enfoque europeo, aportando una mayor densidad diplomática a la relación con Pekín y reduciendo la dependencia de los marcos interpretativos impulsados desde Washington.
Límites del acercamiento a China
Sin embargo, el acercamiento a China tiene límites claros, tanto estructurales como políticos. En primer lugar, España sigue siendo un aliado firme de la OTAN y un socio integrado en la arquitectura de seguridad occidental. Esto implica que cualquier autonomía es relativa, ya que las interdependencias militares, tecnológicas y de inteligencia con Estados Unidos no pueden deshacerse sin costes significativos.
En segundo lugar, existen divergencias sustanciales con China en áreas sistémicas que condicionan la profundidad de la cooperación y generan desconfianza.
En tercer lugar, la propia UE establece marcos regulatorios que limitan el margen de maniobra bilateral. Los mecanismos de control de inversiones, las políticas industriales comunes y los estándares digitales introducen una capa de gobernanza supranacional que modula cualquier iniciativa estatal.
Por último, existe un límite geopolítico más amplio debido a la creciente rivalidad entre Washington y Pekín, que reduce el espacio para posiciones intermedias y obliga a los actores a definirse en cuestiones críticas como la tecnología, la seguridad y las cadenas de suministro.
En búsqueda de una tercera vía
Por lo tanto, el “no” a Trump, entendido como rechazo a ciertas políticas unilaterales o belicistas, no se traduce automáticamente en un “sí” a Xi, concebido como alineación estratégica con China. Más bien, apunta a la búsqueda de una tercera vía, a la definición de una política exterior que, sin romper con las alianzas tradicionales, aspire a una mayor autonomía, diversificación de socios y fidelidad a principios normativos como el multilateralismo y el derecho internacional. El éxito de esta apuesta dependerá de su capacidad para mantener el equilibrio entre valores e intereses en un entorno cada vez más polarizado.













