
RUTA POR LAS MEJORES CALLES DE SEVILLA PARA DISFRUTAR DEL OLOR A AZAHAR
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La llegada de la primavera transforma Sevilla, inundando cada rincón con la fragancia de miles de naranjos en flor. Esta tradición olfativa se remonta a la mitología griega, vinculando a Hércules con la mística “manzana de oro”, que hoy identificamos como la naranja. Los árabes extendieron estos árboles por Andalucía, convirtiéndolos en un sello de identidad visual y aromática. Las flores blancas sobre las hojas verdes dotan a la ciudad de una atmósfera mágica e inconfundible.
Pasear por sus avenidas permite descubrir cómo este aroma ha pasado de ser un remedio medicinal a convertir a la ciudad en un centro mundial del perfume. La esencia del azahar es un componente esencial de la memoria colectiva de la ciudad.
Un recorrido por el corazón del azahar
Durante los meses de marzo y abril, el aire se vuelve dulce, invitando a residentes y turistas a una experiencia sensorial única. Un buen recorrido puede comenzar en el casco antiguo, en la emblemática calle Alemanes, junto a la Catedral. Los naranjos en flor bordean la vía histórica, creando un entorno mágico donde el olor a azahar se mezcla con la arquitectura gótica. La proximidad de la Giralda ofrece una de las estampas más bellas y aromáticas de Sevilla. A pocos metros se esconde la Plaza de Santa Marta, un remanso de paz que parece detenido en el tiempo.
Este rincón, rodeado de edificios de arquitectura andaluza, permite disfrutar del azahar en un silencio que solo rompe el murmullo lejano de la ciudad. Los bancos de piedra invitan a inhalar profundamente la fragancia que desprenden sus cuidados ejemplares. La historia del antiguo Hospital de Santa Marta se entrelaza con la frescura primaveral de los cítricos en flor. Continuando el paseo, se llega a la calle Mateos Gago, una arteria vibrante donde los naranjos flanquean numerosos bares de tapas.
Desde esta posición, las vistas de la Giralda son imponentes mientras el aire se impregna con el dulce aroma que caracteriza a este barrio. Cerca se abre el Patio de Banderas, un oasis público dentro de las murallas del Real Alcázar sevillano. Plantados a mediados del siglo XIX, sus naranjos dotan al lugar de un entorno fresco y perfumado que atrae a todo visitante.
Rincones mágicos y románticos
La Plaza de Doña Elvira, considerada uno de los puntos más mágicos y románticos de la antigua Judería, concentra el perfume de tal forma que resulta embriagador al caminar. Los naranjos que la rodean enmarcan una escena de azulejos y fuentes que representa la estética regional más auténtica.
Triana y el Guadalquivir
Cruzando el río Guadalquivir, el barrio de Triana ofrece su propia interpretación de la primavera con sus rincones llenos de sol. La Plazuela de Santa Ana, presidida por la “Catedral de Triana”, se convierte en la parada fundamental de este itinerario al otro lado del río. En este espacio, el olor de las tapas se mezcla armoniosamente con el aroma del azahar intensificado por sus dimensiones reducidas. Al avanzar hacia la calle San Jacinto, se encuentra el alma pulsante del distrito, una vía llena de historia y vitalidad. Sus fachadas encaladas y adornos de azulejos se funden con los cítricos para ofrecer un viaje sensorial a través de la cultura local.
El recorrido lleva inevitablemente a la Plaza de San Gonzalo, donde los naranjos enmarcan la parroquia de forma prominente. En este vecindario, todas las calles colindantes están bordeadas por árboles que crean una atmósfera envolvente y revitalizante.
De vuelta al centro
De regreso al centro, la Plaza del Museo ofrece un entorno sereno donde la vegetación de jacarandas y palmeras convive con los naranjos. Frente a la segunda pinacoteca más importante de España, las hileras de árboles frutales estallan en flores blancas. Este espacio es considerado parte de la Sevilla apolínea, de las calles y plazas más bellas de toda la capital. Cerca, la Plaza de la Magdalena y sus calles aledañas como San Pablo y Bailén también destacan por su significación olfativa. En estos lugares, el perfume del azahar se vuelve especialmente penetrante al caer la noche, creando un ambiente nocturno inolvidable.
Siguiendo hacia el norte, la Alameda de Hércules se presenta como uno de los marcos urbanos más luminosos y transitados. Sus dos columnas históricas están sombreadas por cientos de ejemplares que perfuman un punto de encuentro lleno de creatividad. Pasear por esta zona permite deleitarse con la amplitud del espacio mientras se respira la esencia cítrica en cada paso.
Rincones menos concurridos
Existen rincones menos concurridos pero igualmente fragantes, como la calle Canalejas, que ofrece una de las entradas al centro mejor perfumadas. Sus numerosos naranjos tiñen el suelo de blanco y llenan el aire con una concentración de aroma que sorprende gratamente. Otro tesoro es la calle Virgen de los Buenos Libros, una vía residencial pequeña cuya abundancia de cítricos crea un hábitat embriagador. No se puede olvidar la Plaza de Doña Teresa Enríquez, que conserva un encanto tranquilo entre las calles San Vicente y Miguel Cid. Flanqueada por hileras de naranjos, esta plaza invita a la contemplación lejos de las rutas turísticas más saturadas de la ciudad. Finalmente, la Plaza de San Lorenzo y sus calles próximas como Eslava o Hernán Cortés son paradas fundamentales de esta ruta.
Más allá del centro
Para los entusiastas que buscan la mayor densidad de árboles, es necesario mirar más allá del casco antiguo. El lugar con mayor concentración es el Polígono San Pablo, que alberga incontables ejemplares entre sus calles. Le siguen de cerca el Parque de María Luisa y la ronda del Tamarguillo, consolidando al distrito Sur como el más verde. En barrios como Heliópolis, existen calles donde se superan los cien naranjos por cada tramo, como ocurre en la calle Júcar. Incluso en avenidas modernas como la de la Palmera o Ramón y Cajal, el azahar mantiene su presencia dominante y constante.













