
Eutanasia en España: Cinco años de una ley que desató controversia
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La Ley Orgánica de Regulación de la Eutanasia (LORE), que cumple cinco años, generó intensos debates y acusaciones contra el gobierno durante su tramitación. Se argumentaba que la ley buscaba reducir costes sociales y económicos, ahorrando al Estado en gastos sanitarios y pensiones, impulsando a los ancianos a la muerte.
Se acusó a los defensores de fomentar una “cultura de la muerte”, similar a lo que supuestamente ocurría en países como Bélgica y Países Bajos, donde la eutanasia se aplicaba de manera descontrolada a un número creciente de pacientes, lo que provocaba que muchos enfermos huyeran a otros países. Incluso se llegó a comparar la ley con la situación vivida en las residencias de ancianos durante la pandemia de coronavirus.
Una ley garantista que no ha provocado los efectos apocalípticos anunciados
La ley entró en vigor sin que se produjeran los efectos negativos pronosticados. Se trata de una ley garantista, incluso más estricta que las de Bélgica y Países Bajos en algunos aspectos. No sustituye los cuidados paliativos, sino que exige que el paciente sea informado sobre las alternativas, incluyendo el acceso a cuidados paliativos integrales.
Establece un procedimiento riguroso para asegurar que la decisión de poner fin a la vida se toma de manera voluntaria y autónoma. No autoriza la eutanasia no voluntaria, y solo permite solicitarla en nombre de una persona si esta firmó previamente un documento de voluntades anticipadas. Se puede debatir sobre mejoras en el procedimiento, pero esto presupone la licitud de la eutanasia.
Datos de aplicación de la ley
Según el último informe del Ministerio de Sanidad (diciembre de 2025), en 2024 se registraron 929 solicitudes y se realizaron 426 prestaciones de ayuda para morir. La mayoría de estas personas tenían más de setenta años y padecían enfermedades oncológicas o neurológicas. Estas muertes representan el 0,1% del total de fallecimientos en España en 2024.
Sería importante conocer las condiciones económicas y sociales de los solicitantes para asegurar que la decisión de morir es realmente voluntaria y no condicionada por la soledad o la pobreza. Sin embargo, la realidad de la eutanasia en España difiere del “tsunami homicida” que algunos predijeron.
El argumento religioso y el derecho a decidir
La eutanasia sigue generando rechazo en algunos sectores, basado en la creencia religiosa de que la vida es un don de Dios del cual no podemos disponer libremente. Sin embargo, los argumentos religiosos no tienen cabida en las instituciones de un Estado aconfesional. El rechazo religioso suele disfrazarse con argumentos seculares, como la apelación a los derechos de los enfermos o el riesgo de una aplicación abusiva de la eutanasia.
El principal derecho en juego es el derecho a decidir libremente sobre el final de la propia vida. La posibilidad de una práctica eutanásica abusiva puede prevenirse mejorando los protocolos. No existen buenos argumentos seculares contra una regulación que amplía derechos sin obligar a nadie, incluyendo al personal sanitario, que puede acogerse a la objeción de conciencia. Con el tiempo, las críticas contra la eutanasia podrían parecer tan anacrónicas como las que se lanzaron contra el divorcio o el matrimonio igualitario.
El debate sobre la percepción social del envejecimiento y el final de la vida
Una objeción que merece un debate abierto es si la regulación de la eutanasia favorece un cambio preocupante en la percepción social del envejecimiento y el final de la vida. Inicialmente, la eutanasia se considera legítima para paliar el sufrimiento insoportable de enfermos terminales, pero podría ampliarse a personas deprimidas o cansadas de vivir, hasta que se perciba como una prestación sanitaria más.
Esta objeción no se centra en el deslizamiento hacia la eutanasia no voluntaria, sino en la generalización de la eutanasia voluntaria o la normalización del suicidio asistido como una opción válida para afrontar el final de la vida. Sociedades con leyes de eutanasia más antiguas debaten sobre el suicidio por “vida cumplida”, permitiendo a personas mayores poner fin a su vida biológica si lo desean.
¿Hacia dónde nos lleva la regulación de la eutanasia?
No se sabe si la regulación de la eutanasia conducirá a estas situaciones, pero la objeción es seria. El avance de la medicina y las posibilidades técnicas de alargar la vida pueden llevar a que la decrepitud asociada al envejecimiento se perciba como una etapa que algunas personas ya no quieran atravesar.
Los detractores de la eutanasia se preocupan por este cambio de percepción social, que parece implicar que hay vidas que ya no son dignas de ser vividas. Sin embargo, desde una posición más favorable a la eutanasia, se argumenta que no se trata de si hay vidas más o menos dignas, sino de si hay vidas que ya no queremos vivir nosotros mismos, basándonos en nuestra libertad y autonomía.
Mientras algunos ven una banalización de la muerte o una visión despectiva de la enfermedad y la vejez, otros observan una evolución social comparable a la que se ha producido con el divorcio o el matrimonio igualitario, prácticas que en su momento parecían controvertidas y que hoy se han normalizado.
Es pronto para dar respuestas a estas cuestiones, pero si asumimos que somos dueños de nuestro destino, son preguntas que, tarde o temprano, tendremos que hacernos.













