
El Dios Pantalla: La Ilusión de Omnipotencia Tecnológica
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La fascinación por las pantallas genera emociones que a menudo no perduran cuando dejamos de observarlas. Sin embargo, dedicamos cada vez más tiempo a interactuar con pantallas de todo tipo. Estas pantallas y el mundo que nos presentan nos ayudan a resolver problemas de manera más eficiente que antes. En la pantalla, todo parece más claro, ordenado y legible.
Mapas, diagnósticos, catálogos, soluciones… Es innegable que esto genera una sensación de poder, pero también nos sitúa en un espacio paralelo a la realidad, donde suceden cosas que ninguna pantalla puede resolver. La tecnología ha hecho visible lo que antes era difícil de percibir.
La Brecha Creciente entre Tecnología y Realidad
La diferencia entre lo que la tecnología nos permite ver y controlar, y lo que no se puede introducir en una pantalla, se está ampliando, generando todo tipo de ilusiones.
Como estamos viendo, es cada vez más fácil matar a distancia, pero gobernar el día a día exige cercanía. Hace una década, el filósofo francés Grégoire Chamayou describió en su obra cómo la guerra de drones produce una fantasía de control total: localizar al enemigo, seguirlo, conocer sus rutinas, elegir el momento exacto de su muerte y ejecutarla a distancia con precisión.
Un operador frente a una pantalla decide la vida y la muerte de desconocidos con frialdad. Sin embargo, el poder de matar con precisión no se traduce en la capacidad de construir un nuevo orden o cambiar comportamientos colectivos. Achille Mbembe lo formuló como la “necropolítica”: una nueva versión de la soberanía donde, aunque puedas decidir quién muere, no puedes decidir quién nace después.
Lo que ocurre actualmente con la alianza entre los ejércitos de Estados Unidos e Israel se inscribe en esta necropolítica. La pantalla muestra el objetivo, pero no revela las consecuencias en el entorno, la familia, el vacío político o el resentimiento que genera su desaparición.
Espejismos Tecnológicos en Política, Salud y Trabajo
La euforia tecnológica ha creado nuevos espejismos. En la política, con promesas de control total de las decisiones ciudadanas. En la salud, con pacientes convencidos de tener dolencias específicas o del tratamiento “adecuado”, mientras el cuerpo se resiste al control tecnológico. En el ámbito laboral, se monitorean diversos aspectos del trabajo, pero no se mejora la implicación de las personas.
Vigilar o controlar no es lo mismo que comprender.
La tecnología simplifica la realidad y amplifica la ilusión de control. Las decisiones tomadas desde esta ilusión tienen consecuencias reales: guerras que persisten porque se ven nuevos objetivos en la pantalla; políticas sanitarias que ignoran la dimensión social de las dolencias; sistemas de gestión laboral que reducen el compromiso al buscar la productividad.
Más Allá de la Pantalla: Recuperando la Perspectiva Humana
No se trata de rechazar la tecnología, sino de analizar qué preguntas puede responder y cuáles no. El poder actual, como señaló Timothy Mitchell, genera la ilusión de que la realidad social es legible, calculable y administrable, una ilusión que la tecnología digital ha amplificado.
La tecnología no falla, pero existen dimensiones de la experiencia humana que trascienden la pantalla: los cuerpos, las historias, los miedos, la dignidad ofendida. Para esto no hay sensores. La pantalla no es el mundo.
Y lo que debemos recordar es que muchas cosas quedan fuera del encuadre.












