Más de 8.000 kilómetros en bicicleta por la soberanía alimentaria en España

Más de 8.000 kilómetros en bicicleta por la soberanía alimentaria en España
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Más de 8.000 kilómetros en bicicleta por la soberanía alimentaria en España

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En las carreteras secundarias de Mallorca, la bicicleta invita a reducir la velocidad, a observar con más detenimiento y a prestar atención a detalles que suelen pasar desapercibidos al viajar en coche. A este ritmo, el paisaje deja de ser una mera postal turística y revela su fragilidad ecológica.

Ana Santidrián y Edurne Caballero recorren España en bicicleta con alforjas, deteniéndose ante parcelas cultivadas y otras cubiertas de vegetación espontánea. Esta diferencia visual refleja dos enfoques distintos sobre la tierra y su fertilidad.

Santidrián, doctora en Ingeniería Química y Medio Ambiente con raíces en el mundo agrícola, busca soluciones prácticas para un cultivo sostenible. Caballero, bióloga especializada en agroecología, complementa la teoría con la realidad observada en las fincas. Juntas, crean Biela y Tierra, una iniciativa para investigar el territorio y las nuevas formas de agricultura.

Desde 2019, han pedaleado más de 8.000 kilómetros, visitando más de 400 iniciativas agroecológicas en toda España. Documentan prácticas, identifican patrones y construyen un relato basado en proyectos exitosos que sirven como ejemplo.

Durante dos meses, exploraron Mallorca, Menorca, Ibiza y Formentera, descubriendo proyectos a menudo invisibles. En Mallorca, fincas como Sa Cabreta integran ganadería, procesamiento y venta directa, cerrando ciclos y reduciendo la dependencia externa. En Menorca, Santa Cecília combina agricultura y ganadería en modelos diversificados y sostenibles. En Ibiza, el Comando Agroforestal experimenta con sistemas basados en procesos ecológicos complejos, alejándose de los métodos convencionales.

Asimismo, herramientas como el Banco de Tierras de Ibiza o el Fondo de Tierras en Formentera intentan facilitar el acceso a la tierra, uno de los principales desafíos para los agricultores.

A esta escala, los detalles cobran importancia: el tipo de suelo, la humedad, la materia orgánica, la gestión de residuos vegetales y la relación entre cultivos y ganadería, revelando distintos modelos de explotación. Mientras que la mayoría dependen de suministros externos, Santidrián y Caballero buscan sistemas que se auto-abastezcan con los recursos locales.

Resiliencia insular en un sistema dependiente

Una isla, como sistema cerrado, depende de sus recursos internos y de lo que importa. En Baleares, este equilibrio está muy descompensado. Según el geógrafo Macià Blázquez-Salom de la UIB, solo entre el 10% y el 15% de los alimentos consumidos se producen localmente.

Edurne Caballero critica el “sinsentido alimentario” en las islas, destacando la desconexión entre producción, territorio y consumo. Ana Santidrián añade que “no podemos sostener nuestra alimentación sobre una industria petroquímica que es sinónimo de guerra”.

No podemos sostener nuestra alimentación sobre una industria petroquímica que es sinónimo de guerra

Ana Santidrián – Doctora en Ingeniería Química y Medio Ambiente

Esta fragilidad insular no se traduce en políticas efectivas. Santidrián señala que “el problema no es la ausencia de alternativas, es su falta de peso dentro del sistema”.

A pesar de esto, existen alternativas. En Menorca, la Custodia Agraria conecta conservación y producción, manteniendo la actividad agrícola en fincas que de otro modo desaparecerían. Redes como la Alianza por una Menorca Agroecológica buscan integrar territorio, producción y consumo.

Esta desconexión se observa en los suelos transformados, los cultivos perdidos y la creciente distancia entre producción y consumo. Caballero enfatiza la importancia de “volver a mirar el territorio de frente, entender qué lo sostiene y qué lo debilita”.

Baleares importa entre el 85% y el 90% de los alimentos que consume y depende de un flujo constante de mercancías por vía marítima, lo que convierte la alimentación en una cuestión directamente ligada a la energía y la logística.

La base energética de lo que comemos

Durante décadas, el sistema alimentario balear ha operado como si la energía fuera ilimitada: fertilizantes sintéticos, maquinaria a combustibles fósiles, transporte global y refrigeración constante. Cada elemento añade una capa invisible que condiciona el sistema.

Frente a esto, la ruta en bicicleta revela una lógica alternativa: la fertilidad no se compra, se construye. La materia orgánica regresa al suelo y los procesos circulares reemplazan los insumos externos.

Esta lógica se ve en la agricultura sintrópica, que combina especies, tiempos y funciones ecológicas para regenerar el suelo. Iniciativas del Comando Agroforestal adaptan nuevas técnicas de cultivo a las condiciones mediterráneas, creando sistemas productivos que dependen de procesos naturales.

Cuatro islas, un mismo límite

El mapa revela un patrón repetitivo. No es el problema lo que cambia, sino su manifestación.

En Menorca, la tensión reside en el encaje de la producción dentro del sistema alimentario. Jara Febrer, de la Alianza por una Menorca Agroecológica, explica que “hay demanda alimentaria, pero el territorio no está orientado a cubrirla de forma eficiente”. No es una crisis de actividad agraria, sino un desajuste estructural entre producción, distribución y acceso.

En Ibiza, el conflicto se centra en el uso del suelo. Ana Santidrián pregunta: “¿Qué capacidad de carga tiene este territorio?”. La agricultura retrocede ante la especulación urbanística y el turismo. El Banco de Tierras intenta recuperar superficie productiva.

Mallorca presenta un matiz más complejo. Las iniciativas agroecológicas cierran el círculo de la comercialización, a menudo a través de canales cortos y con precios justos. APAEMA ha sido clave en esta articulación, pero la presión del turismo y el mercado inmobiliario encarecen la tierra y desvían el agua a usos no productivos. Julio Batle, profesor de la UIB, afirma que “en Mallorca estamos en ese ‘valle de la muerte’ típico de la innovación: hay iniciativas que funcionan, pero no alcanzan escala suficiente para transformar el sistema”.

En Mallorca estamos en ese ‘valle de la muerte’ típico de la innovación: hay iniciativas que funcionan, pero no alcanzan escala suficiente para transformar el sistema

Julio Batle – Profesor de Economía de la Empresa de la UIB

En Formentera, la escala reduce cualquier margen. Belén Palerm, del Consell de Formentera, advierte: “Nuestra vulnerabilidad es total. Cuando se cierra el puerto, dejamos de recibir suministros”. El Fondo de Tierras es una herramienta para reforzar la capacidad productiva local, aunque su alcance es limitado.

Turismo y agricultura, órganos de un mismo metabolismo

El modelo insular funciona como un monocultivo económico donde el turismo condiciona al resto. Caballero señala que “no es un sector más, actúa como eje estructurador del territorio”. Santidrián añade que “el turismo concentra el uso del suelo, eleva el precio de la tierra y desplaza las actividades menos rentables. A partir de ahí, redefine las prioridades del territorio”.

El turismo no es un sector más, actúa como eje estructurador del territorio

Edurne Caballero – Bióloga especializada en agroecología

Batle afirma que “la soberanía alimentaria ha dejado de ser una idea romántica” y que “el gran reto ahora es escalar”. Añade que “si no alcanzamos al menos un 30% de consumo ecológico y local, no habrá un verdadero cambio sistémico que mejore la resiliencia y la soberanía alimentaria de las islas”.

Desde fuera, campo y turismo parecen coexistir, pero desde dentro, compiten por recursos finitos.

El problema no es la ausencia de alternativas, es que las que existen no tienen suficiente peso para alterar la lógica dominante del sistema

Reducir la dependencia

Este enfoque hace visibles los límites, adaptando la producción a la disponibilidad de agua, las características del suelo y las condiciones del entorno. En lugar de forzar el sistema, se establece una relación de ajuste continuo con el territorio.

Aunque parezca menos eficiente, refuerza la resiliencia y la soberanía alimentaria, midiendo el éxito en la sostenibilidad a largo plazo sin depender de factores externos.

Según Ana y Edurne, las iniciativas que han visitado “funcionan, producen y venden”, demostrando que “no se trata de utopías ni de experimentos fallidos, sino de modelos viables que ya operan en condiciones reales”. Sin embargo, aún no se traduce en una transformación sistémica.

Batle resume: “El gran reto ya no es demostrar que funciona, sino escalar. Estamos en ese punto intermedio en el que lo que funciona no consigue expandirse”. El obstáculo no está en las prácticas, sino en la estructura que las rodea. Las normas y la burocracia están diseñadas para producir volumen, no para sostener el territorio.

La distribución reproduce esta lógica a través de cadenas largas, intermediarios y precios definidos lejos del territorio, reduciendo el margen del productor y rompiendo el vínculo con el consumidor.

No es una falta de conocimiento o voluntad, sino una fricción entre dos sistemas incompatibles: uno optimizado para crecer en volumen, apoyado en energía externa y redes globales, y otro adaptado al territorio, condicionado por recursos locales y basado en equilibrios lentos que requieren tiempo y concienciación.

Los límites físicos del sistema

El recorrido de Biela y Tierra revela que el sistema depende de factores limitantes.

El primer límite es el agua. Antoni Font subraya que “sin agua no hay agricultura viable”. La disponibilidad hídrica depende de la gestión, la distribución y las prioridades económicas.

El segundo límite es el suelo, no solo como superficie, sino como capacidad productiva real, ligada a procesos de fertilidad y acumulación de materia orgánica.

El tercer límite está en el mar. Elisa Martínez, de la Alianza Calant Xarxes, señala que “solo un 15% del pescado que consumimos procede de nuestras aguas”. Para avanzar en soberanía alimentaria, hay que diversificar el consumo hacia especies menos conocidas.

Agua, suelo y mar delimitan el campo de lo posible en las islas, obligando a replantear cómo se produce y hasta dónde puede sostenerse un sistema que depende de recursos finitos.

La ruta de Biela y Tierra revela otra forma de leer el territorio. Bajo la apariencia de bonanza, el sistema económico de Baleares se basa en condiciones que no controla. La pregunta que dejan Ana Santidrián y Edurne Caballero es qué ocurrirá cuando ese flujo se detenga.