
El Papa celebra la Santa Misa en el estadio de fútbol de Mónaco ante miles de personas: "Mientras el mal arrasa, el Señor prepara su Pascua"
Con capacidad para casi 20mil personas, el estadio sirve como la sede del club de fútbol de Mónaco. Es el gran símbolo deportivo de una ciudad que respira deporte por los cuatro costados. Allí, se disputan también ciertas pruebas de atletismo de importancoia mundial, eliminatorias preolímpicas y muchos otros deportes en la ciudad encumbrada por el Mundial de Fórmula 1 y su espectacular carrera en la que los monoplazas rugen por las calles monegascas a centímetros de los muros de las casas.
Qué mejor escenario para poner fin a la visita papal, la primera de un Pontífice al principado, con la Santa Misa. Ante miles de personas, la celebración de este Sábado de Pasión giraba en torno al relato de los Evangelios de la condena de Jesús por los miembros del sanedrín.
Con Caifás al frente, el tribunal judío resuelve que hay que matar a Jesús, bajo el pretexto de la resurrección de Lázaro, pero movidos por el miedo de que la esperanza que nacía en el pueblo ante el testimonio que les ofrecía el Mesías, les quitara su mundano y vulgar poder.
“En vez de reconocer en el Nazareno al Mesías, es decir, al Cristo tan esperado, los jefes religiosos ven en Él una amenaza. Su mirada está distorsionada, hasta el punto de que son precisamente los doctores de la Ley quienes la infringen. Olvidando la promesa de Dios a su pueblo, ellos quieren matar al inocente, porque detrás de su miedo está el apego al poder. Pero si los hombres se olvidan de la Ley que ordena no matar, Dios no se olvida de la promesa que prepara al mundo para la salvación.
Su providencia hace de ese veredicto homicida el modo de manifestar un supremo designio de amor; aunque malvado, Caifás profetizó «que Jesús iba a morir por la nación»”, ha asegurado el Santo Padre en su Homilía.
El Papa ha hablado de esa liberación que recibe la humanidad con el sacrificio de Jesucristo: “La liberación asume principalmente la forma de una purificación de los “ídolos inmundos” (cf. v. 23). ¿Qué son?
Con este término, el profeta indica todo aquello que esclaviza el corazón, que lo compra y lo corrompe. La palabra ídolo significa “pequeña idea”, es decir, una visión reducida, que empequeñece no sólo la gloria del Omnipotente, transformándolo en un objeto, sino también la mente del hombre. Los idólatras son, pues, personas cortas de vista; miran lo que cautiva sus ojos, obnubilándolos. Y de ese modo, incluso las cosas grandes y buenas de esta tierra se convierten en ídolos, transformándose en formas de esclavitud no para el que no las tiene, sino para el que se atiborra de ellas, dejando al prójimo en la miseria y en la tristeza.
La emancipación de los ídolos es entonces liberación de un poder que se ha hecho predominio, de la riqueza que degrada en codicia, de la belleza maquillada de vanidad.”
León XIV ha clamado contra la crueldad de la guerra, injusta y especialmente macabra contra los inocentes: “Por eso, queridos hermanos y hermanas, frente a las numerosas injusticias que destruyen a los pueblos y a la guerra que azota a las naciones, se eleva constantemente la voz del profeta Jeremías, proclamada hoy como salmo: «Yo cambiaré su duelo en alegría, los alegraré y consolaré de su aflicción» (Jer 31,13). La purificación de la idolatría, que hace a los hombres esclavos de otros hombres, se realiza como santificación, don de gracia que hace a los hombres hijos de Dios, hermanos y hermanas entre sí. Este don ilumina nuestro presente, porque las guerras que lo ensangrientan son fruto de la idolatría del poder y del dinero. Cada vida truncada es una herida al cuerpo de Cristo.
¡No nos acostumbremos al estruendo de las armas ni a las imágenes de guerra! La paz no es un mero equilibrio de fuerzas; es obra de corazones purificados, de quienes ven en el otro a un hermano al que cuidar, no a un enemigo al que abatir.”












