
Fantasías de Escape: Madres Arrepentidas y el Deseo de Desaparecer
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Tenemos que hablar de ello. De ese pensamiento que muchas madres verbalizan solo con sus amigas más cercanas, al principio tímidamente, y luego con mayor frecuencia y elocuencia: la fantasía de desaparecer.
Una Dimisión Burocrática de la Maternidad
No se trata de una huida dramática, sino de algo más parecido a una dimisión administrativa. Entregar las llaves simbólicas de la casa, del calendario, de la organización invisible que sostiene la vida cotidiana. Salir sin dar explicaciones. Imaginar caminar sin rumbo, leer en un banco bajo un magnolio, pasar la noche en un hotel donde nadie te reclama.
En esta fantasía, nadie pregunta nada urgente, nadie depende de ti para que el mundo siga funcionando. No se trata de abandonar ni romper nada, sino de suspender la expectativa de presencia que articula la vida.
La Frecuencia de la Fantasía
Esta fantasía aparece más a menudo de lo que muchas quisieran admitir. A veces, varias veces por semana, casi siempre al final del día, cuando cierran el ordenador y aún queda todo lo demás: la cena, los deberes, las conversaciones. Esa sensación de que la jornada laboral continúa en otra forma dentro de casa.
Otras veces, surge cuando todo se ha calmado y el silencio entra en el salón. En ese breve momento, una se da cuenta de que ha estado disponible para todo el mundo durante horas.
Amor Incondicional y Deseo de Ausencia Temporal
Es importante decirlo claramente: las dos personas a las que más amo en el mundo son mis hijos. Daría mi vida por ellos sin pensarlo. Ellos son la forma perfecta y concreta que ha tomado el amor en mi vida adulta. Por eso, la fantasía no consiste en imaginar una vida sin ellos. No me pregunto cómo habría sido todo si no los hubiera tenido.
La fantasía no tiene que ver con borrar a mis hijos, sino con borrarme a mí durante un rato. Desaparecer unas horas, un día, quizá un fin de semana entero. No ser necesaria para nadie durante ese tiempo, no responder a nadie, no sostener nada.
La Maternidad Contemporánea y la Presión de la Presencia Constante
Lo que revela esta fantasía es la intensidad con la que la maternidad contemporánea organiza el tiempo, la atención e incluso la identidad de las madres. En los últimos años, se ha empezado a hablar de algo aún más incómodo: las madres que se arrepienten de haber tenido hijos.
No es un sentimiento mayoritario, pero tampoco inexistente. Desafía la idea de que la maternidad es siempre la decisión correcta, la que ordena la vida y otorga sentido a todo lo demás.
No me reconozco en ese arrepentimiento, pero tampoco lo descarto con facilidad. A las mujeres se les advierte con frecuencia que se arrepentirán de no tener hijos. Lo que casi nunca se contempla es la posibilidad inversa: que algunas mujeres descubran demasiado tarde que la maternidad no era el lugar en el que querían vivir su vida.
Ambivalencia y la Expectativa de Presencia
Reconocer esta posibilidad no significa abrazarla ni desearla. Significa aceptar que la maternidad, como casi todas las decisiones irreversibles de la vida adulta, también contiene zonas de ambivalencia.
Entiendo la pregunta que rodea al arrepentimiento, no porque desee otra vida, sino porque sé hasta qué punto la maternidad contemporánea descansa sobre una expectativa de presencia constante. Una madre no solo ama a sus hijos, sino que está siempre ahí, física, mental y emocionalmente disponible. Esa presencia continua, que a menudo se vive como una forma de amor, también puede sentirse como una presión silenciosa.
Más Allá del Arrepentimiento: La Fantasía como Respiro
Entre la madre que abandona o se arrepiente y la madre abnegada, existe un territorio mucho más amplio: el de las madres que se quedan, que aman a sus hijos sin reservas y que, aun así, imaginan lo que significaría salir por la puerta durante un rato largo.
Tal vez la pregunta importante no sea qué dice esa fantasía sobre las madres, sino qué dice sobre las condiciones en las que hoy se ejerce la maternidad. La creciente soledad de la crianza y la desaparición de las redes informales de apoyo hacen que la presencia de la madre sea más intensa, continua y exigente.
En este contexto, la fantasía de fuga no es el síntoma de una mala maternidad, sino una forma de respirar dentro de una vida que exige demasiado. Un pequeño gesto imaginario que permite recordar que, incluso dentro del amor más profundo, sigue existiendo una puerta y que saber que está ahí también forma parte de la libertad.
Volviendo a mis amigas, una me dice: “Arrepentirme, no. Si no, no sería quien soy hoy en día. Pero imaginarme otra vida y sonreír… sí”. Otra me contesta a la salida del cole: “Ahora mismo de lo que me arrepiento es de no haber sido madre en un lugar más amable, con rastas y rodeada de otras mujeres”.













