
Anzia Yezierska, en busca del sueño americano
Pero también estaría presente en los relatos de Bernard Malamud, en libros de memorias sorprendentes como ‘El hijo del trapero’, de Kirk Douglas , en las de Alfred Kazin o en obras maravillosas como ‘Las aguas de Manhattan’ (Siruela), de Charles Rezmikoff, nacido en Brooklyn e hijo de una familia emigrada de Ucrania.Sin embargo, en todos estos relatos de la primera generación de emigrados a los Estados Unidos -y su lucha tenaz, incansable, por mantener vivo («¡en América puedes decir lo que sientes, sin miedo a los cosacos!») o al menos no abruptamente desdibujado, el sueño que les permitía escapar por fin del infortunio y alcanzar la libertad, aunque, por encima de todo, la dignidad de ser tratados como personas- faltaba una mirada femenina . ‘Corazones hambrientos’ está protagonizado por chicas jóvenes enfrentadas a la amargura del derrumbe brutal de sus sueñosY lo hace espléndidamente, con un talento literario realmente prodigioso y por momentos sobrecogedor, una autora, Anzia Yezierska (1880- 1970) nacida en Polonia y emigrada junto a su familia a Estados Unidos, en un volumen de impresionantes relatos o crónicas , ‘Corazones hambrientos’, protagonizados por chicas jóvenes, enfrentadas en la más total de las soledades a la amargura del derrumbe brutal de sus sueños.
Ambientados estos relatos en el Lower East Side de los años 20 del siglo pasado, Yezierska conoció de cerca, en carne viva, toda la sal triste y desoladora, cotidiana y desalmada, de unos golpes recibidos sin cesar por aquellas jóvenes recién llegadas, míseras y semiharapientas, miradas con desprecio, sin saber una palabra de la lengua en la que tendrían que vivir desde ese momento y que mezclaban sin cesar con la lengua de la diáspora, con el yiddish . Sin embargo, el dibujo que hace de ellas Yezierska es el de unos espíritus imbatibles , orgullosos, que no ceden ni a la explotación laboral a la que son sometidas ni a los continuos ultrajes o las deudas del viaje adquiridas con familiares despiadados.
Una rebeldía llena de ira y de dignidad, de ser reconocidas con una identidad propia, les hace decir ante los infortunios que no dejan de sucederse: «El sueño de lo inalcanzable era el único oxígeno con el que podía sobrevivir mi alma».













