
COSTALERAS: UN MAPA DE LAS MUJERES QUE CARGAN PASOS EN ESPAÑA
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Un nuevo libro de los doctores en Psicología Rafael Moreno y María Jesús Cala documenta la existencia de 421 pasos con participación femenina, distribuidos en 159 municipios, la mayoría en Andalucía.
Esperanza Bazán, residente en Sevilla, lleva más de dos décadas dedicándose a cargar pasos de Semana Santa, aunque no en su propia ciudad. Para ejercer como costalera, debe trasladarse a municipios en Córdoba o Granada, donde sí se permite la participación de mujeres en las cuadrillas. Al igual que ella, numerosas costaleras se enfrentan a una difícil paradoja: son capaces de soportar el peso del costal, pero encuentran obstáculos para integrarse en un ámbito aún dominado por hombres.
La historia de Esperanza fue la inspiración para “Costaleras”, un libro de Almuzara en el que los doctores Rafael Moreno Rodríguez y María Jesús Cala Carrillo analizan con datos, testimonios y contexto la realidad de las mujeres que cargan pasos a costal en España.
El estudio identifica 421 pasos con participación femenina en 159 municipios, con Andalucía albergando el 61% de ellos. Además de ubicar geográficamente a las costaleras, la investigación confirma la existencia de este fenómeno desde finales de los años ochenta. Sin embargo, el mapa también revela desigualdades persistentes: mientras que en algunas localidades la presencia femenina es común, incluso en cuadrillas mixtas, en ciudades clave de la Semana Santa como Sevilla, muchas mujeres aún no pueden participar en igualdad de condiciones.
Datos que desafían mitos
Según los autores, una de las principales contribuciones del libro es su capacidad para refutar con evidencia científica los argumentos utilizados para excluir a las mujeres del costal.
Uno de estos argumentos es la supuesta falta de preparación física. Los autores señalan que, a pesar de la creencia de que las mujeres carecen de fuerza, existen más de 420 casos de participación femenina, y los capataces confirman que son capaces de realizar el trabajo con la misma técnica e incluso con mayor fortaleza mental que los hombres.
Otro argumento se centra en las posibles tensiones derivadas de la convivencia entre hombres y mujeres bajo el paso. Sin embargo, los datos muestran que la mayoría de los casos documentados (320 de 421) corresponden a cuadrillas mixtas que no generan “ningún problema”, según los testimonios de más de 400 personas, incluyendo costaleras, capataces, familiares y responsables de hermandades.
El tercer argumento, y quizás el más común, apela a la tradición. María Jesús Cala, profesora de Psicología de la Universidad de Sevilla, especializada en violencia contra las mujeres, explica que este recurso se ha utilizado históricamente para excluir a las mujeres de diversos ámbitos. Rafael Moreno, por su parte, recuerda que la tradición es dinámica y que la propia Semana Santa ha evolucionado, destacando que lo que no es tradición en Sevilla, sí lo es en Granada.
Tras dos años de investigación, Cala concluye que las resistencias que enfrentan las mujeres para participar en el costal son resultado de “una dinámica de control simbólico de quién puede representarse en un espacio tan significativo como la Semana Santa”. En esencia, se trata de “una intención de no perder privilegios”. Los datos aportados por el estudio ayudan a “desmentir todos esos argumentos en contra” y a contrarrestar las meras opiniones, señalando que “cuando la evidencia científica contradice una opinión, lo razonable sería revisarla”.
Un mapa de la desigualdad
Además de analizar la magnitud del fenómeno, el libro profundiza en la experiencia subjetiva de las costaleras desde la perspectiva de la Psicología. Los testimonios recogidos a lo largo de sus 344 páginas revelan una realidad marcada por la pasión y la desigualdad. Las entrevistas muestran “situaciones de humillación e injusticia” que a menudo sufren las mujeres dentro de sus propias hermandades.
A pesar de que “la norma diocesana habla de igualdad y sobre el papel no pueden limitar su participación”, como señala Rafael Moreno, los testimonios describen negativas en las igualás, comentarios vejatorios o actitudes hostiles por parte de algunos capataces. Una mujer relata que, al presentarse en su hermandad para ser costalera, le advirtieron que “si entraba ahí, la iban a destrozar”. A pesar de ello, decidió intentarlo y, según afirma, “la destrozaron”. No solo fue rechazada, sino que la hermandad la sancionó de por vida y le obligó a devolver su medalla “por presentarme y decir que quiero ser costalera”.
En otro caso, un nuevo capataz decidió excluir a las mujeres tras décadas de trabajo en una cuadrilla mixta: “Nos sentó aparte, como apestadas, y nos dijo que buscáramos a otro capataz porque él no trabajaba con mujeres”. También hay testimonios de humillaciones más sutiles, como asignar a cuadrillas femeninas los tramos menos lucidos o citarlas en condiciones especialmente duras, en plena ola de calor. “Para mí, aquello fue una humillación como persona, ya no como costalera”, resume una de ellas.
Cala explica que “esa sensación de injusticia les duele, especialmente cuando ven que no va a cambiar a corto plazo”. Sin embargo, lo que más les preocupa es la posibilidad de que sus hijas sufran la misma discriminación. Detrás de este malestar late un sentimiento profundo que las une al oficio: cargar un paso no es solo una acción técnica, sino una experiencia que atraviesa el cuerpo y la mente, que conecta lo individual con lo colectivo y que, en muchos casos, se convierte en una forma de afirmación personal. Por eso, la exclusión se percibe como una negación simbólica.
El libro también destaca el papel de los capataces que han apoyado la incorporación de las mujeres y han defendido su presencia bajo el paso, demostrando que el cambio, aunque desigual, ya está en marcha.
La mujer, parte de la historia del costal
Para los autores, el mérito de este trabajo es “demostrar que la mujer ya forma parte de la historia del costal”. Señalan que han puesto el foco en ellas para visibilizar que actualmente hay muchas mujeres costaleras en España, pero que llevan ahí desde hace 40 años, siendo una tradición en ciertos lugares, aunque no se haya reconocido hasta ahora.
El objetivo del libro no es solo documentar esta realidad, sino también contribuir a transformarla. Los autores confían en que, al leer estos relatos y los datos, muchas personas revisen ideas que han aceptado durante años sin cuestionarlas. Cala reconoce que este ámbito era un terreno poco explorado incluso desde la investigación, y que descubrió que el costal era un campo donde generar conocimiento puede ayudar a promover cambios sociales y corregir desigualdades entre mujeres y hombres.
Según los autores, los datos son “tan evidentes” y los relatos “tan convincentes” que “les cuesta imaginar que esos argumentos se sigan utilizando” para perpetuar la exclusión de las mujeres del costal en algunas ciudades. Sin embargo, reconocen que las protagonistas no son tan optimistas porque “llevan mucho tiempo intentándolo y viendo que no es posible”. Frente a este pesimismo, su confianza se basa en el peso de la evidencia científica y de la experiencia, afirmando que “se pierde mucho cuando no se incorporan a las mujeres”.
En definitiva, “Costaleras” aporta, por primera vez, un mapa y un relato estructurado sobre una realidad que hasta ahora se movía entre lo anecdótico y lo invisible. Y lo hace desde un enfoque poco habitual: el de la evidencia científica aplicada a un ámbito marcado por la tradición. Sus conclusiones invitan a reflexionar y a cuestionarse creencias que durante años se han dado por válidas. Mientras tanto, mujeres como Esperanza Bazán seguirán buscando su sitio allí donde se les permita cargar, aunque ese lugar, todavía hoy, no siempre esté en su propia ciudad.













