
El precio de la devoción: un traumatólogo desvela las duras lesiones de los hombres de trono
La Semana Santa de Málaga es un espectáculo de fervor y arte que conmueve a cientos de miles de personas. Sin embargo, detrás de la belleza de los tronos procesionando por las calles se esconde un esfuerzo físico extraordinario y, con él, un catálogo de lesiones que sufren en silencio sus portadores. Los hombres y mujeres de trono someten sus cuerpos a una prueba de resistencia extrema que puede dejar secuelas si no se afronta con la preparación adecuada. El doctor Vicente De la Varga, reconocido experto en traumatología y cirugía ortopédica, analiza en profundidad las patologías más comunes asociadas a esta tradición, desvelando los factores de riesgo y las claves para minimizar el impacto físico de llevar el peso de la fe sobre los hombros.
Para comprender el origen de estas dolencias, es fundamental cuantificar el desafío.
Según el doctor De la Varga, las lesiones dependen de una combinación de tres factores: el peso que se carga, la distancia que se recorre y el tiempo que se permanece bajo esa carga. Los tronos malagueños presentan una enorme variabilidad. “Los hay desde 2.000 kilos hasta 5.000 kilos”, explica el traumatólogo. Cita ejemplos conocidos, como el Cristo de Mena, que alcanza los 3.000 kilos, o la Virgen de la Esperanza, que se dispara hasta los 6.500 kilos.
Este peso, repartido entre un número de portadores que oscila entre 130 y 300 personas, resulta en una carga individual que puede ser muy exigente. “En el trono de Estudiantes, el peso puede llegar a 25 o 30 kilos por persona, y en el de Mena, incluso entre 30 y 35 kilos”, detalla De la Varga.
No obstante, la distribución de este peso no siempre es equitativa. Uno de los problemas clave es el tallaje del trono. “Hay tronos que tú los ves y dices, madre mía, esta criatura está llevando más peso que el de atrás”, señala el experto.
La altura de los portadores es determinante: “Los más altos siempre sufren más”, afirma, ya que a los más bajos se les pueden añadir suplementos, pero la altura del varal la marca el portador de mayor estatura. A esto se suma que los propios varales, las vigas de madera sobre las que descansan los hombros, “tienen cierta deformidad, se comban”, lo que provoca que “se sobrecarguen más, curiosamente, por los extremos que por el centro”, aclara De la Varga. Esta tensión desigual aumenta el riesgo de lesiones para quienes se sitúan en esas posiciones.
El peso sobre el hombro inicia una reacción en cadena a lo largo de lo que el doctor denomina el “eje de carga”: la fuerza se transmite desde el hombro a la columna vertebral, pasando por las caderas y las rodillas hasta llegar a los pies. El hombro es la primera y más castigada articulación.
La compresión continua provoca bursitis subacromial (la inflamación de la almohadilla que protege los tendones), tendinopatías del manguito rotador e irritación en la articulación acromioclavicular, la más superficial. Para mitigar este impacto, muchos veteranos recurren a “trucos de perro viejo”, como colocar una almohadilla protectora bajo la túnica, una medida que puede prevenir lesiones por irritación crónica como el llamado “bulto de trono”, una dolencia característica de esta práctica.
La carga desciende luego por la columna, donde la musculatura paravertebral se ve obligada a realizar una contracción sostenida para estabilizar el tronco, similar a “caminar con una mochila pesada durante muchos kilómetros”. Esto deriva en fuertes contracturas y sobrecargas. El cuello es otra de las zonas críticas.
Aunque no soporta la carga directamente, la postura fija y la presión del varal sobre el músculo trapecio provocan un sufrimiento extremo. “El cuello sufre una barbaridad, sobre todo de tortícolis”, advierte De la Varga. Es por ello que es muy habitual ver a los portadores utilizando una faja lumbar para dar soporte a la zona y protegerla de la tensión acumulada durante las largas horas de procesión.
En las rodillas, el principal punto de sufrimiento es la articulación femoropatelar, la que une la rótula y el fémur. El esfuerzo de estar de pie y, sobre todo, el gesto repetitivo de agacharse y levantarse para mecer el trono o en las paradas, castiga enormemente esta zona.
Las personas con un desgaste previo, como la condromalacia rotuliana, “sufren mucho, muchísimo”, apunta el doctor. Finalmente, los pies padecen por la sobrecarga en la planta, dando lugar a un dolor plantar agudo, y por la tensión en los gemelos. En este punto, el calzado es crucial. Antiguamente, era habitual salir con mocasines o zapatos de vestir, una práctica nefasta para los pies.
“No hay nada peor que eso”, sentencia De la Varga, quien celebra que hoy se imponga el uso de calzado deportivo, mucho más adecuado para absorber el impacto durante las 8 o 9 horas que puede durar el recorrido.
El modo de portar los tronos en Málaga, sobre el hombro, es una seña de identidad con muy pocas réplicas. Existen tradiciones similares en Vélez-Málaga, Ronda o el barrio del Albaicín en Granada, pero con pesos mucho menores. Fuera de España, se ven tronos al hombro en el sur de Italia y en países de Latinoamérica como Panamá, Ecuador o Perú, pero con una diferencia clave: los reemplazos. Mientras que en Sevilla los costaleros, que llevan el peso sobre el cuello, suelen tener relevos, en Málaga no.
Esta falta de recambio añade un componente de resistencia extrema. “El que porta el trono lo porta de principio al final. Te fatigarás más o te fatigarás menos, pero estás ahí”, resume el doctor, subrayando la naturaleza única del esfuerzo malagueño.
Para el día después, la recomendación no es el reposo absoluto. El doctor De la Varga aconseja una recuperación activa, similar a la de un deportista de élite tras un partido.
“Hacer algo de ejercicio suave, de estiramiento, para que esa musculatura, que va a tener una contractura mantenida, recupere la tonificación”. Un baño caliente también puede ayudar a relajar el cuerpo. Y, como nota de humor para aliviar los dolores del alma y el cuerpo, el traumatólogo añade con una sonrisa que “un gin-tonic seguro que te quita todos los dolores”. Un pequeño premio para quienes, un año más, han soportado el peso de la tradición.













