
Directores de cine enamorados de sí mismos: Un recorrido narcisista por la gran pantalla
Foto: Archivo – Todos los derechos reservados
Quererse a uno mismo es natural, pero cuando ese amor propio alcanza proporciones épicas, como el Empire State, o se refleja en el mito de Narciso, la cosa cambia. La mayoría se aprecia en mayor o menor medida, independientemente de su profesión. Este aprecio es esencial para mantener el equilibrio, especialmente en profesiones con poco reconocimiento social.
El ego inflado de los directores de cine
Los directores de cine, en particular, suelen tener un alto concepto de sí mismos. Algunos están tan enamorados de su propia persona que no encuentran mejor tema para su obra que explorarse y exhibirse a sí mismos.
En el cine español, destaca el caso de **Albert Serra**, un cineasta muy personal que no hace películas *sobre* él, sino que *de él habla*.
Serra se considera el mejor y el único, una idea que su obra más reciente, ‘Tardes de soledad’, parece confirmar. A una altura similar se encuentra **Juanma Bajo Ulloa**, otro director personalísimo que llena su cine de elementos imposibles para otros.
Otros dos directores que se aman con pasión son **Julio Medem** y **Pedro Almodóvar**. Ambos construyen un cine donde necesitan retratarse a sí mismos, especialmente Almodóvar, quien lo hace a través de actores atractivos como Antonio Banderas o Leonardo Sbaraglia. Medem, aunque con más discreción, también se diluye en su propio universo.
Almodóvar, en cambio, necesita que se note que está hablando de sí mismo, de su mundo, de sus dolores y glorias. Él es el centro de sus películas.
Precedentes y nombres internacionales
Estos cineastas que se ven a sí mismos como “El Pasmo de Sicilia” no son ni los primeros ni los únicos. ¿Qué diría Orson Welles si se afirmara tal cosa? ¿Y qué decir de Stanley Kubrick, Bergman o David Lynch?
El amor que estos tres se profesaron podría llenar un folletín de Nicholas Sparks. Es un enamoramiento comprensible, ya que todos los amamos mucho, aunque quizás no tanto como se amaron ellos mismos.
No se puede olvidar a **Jean-Luc Godard**, quien siempre estuvo seguro de haber inventado el séptimo arte. Nadie se ha querido tanto a sí mismo ni a sus películas como Godard. Su frase “Quien salta al vacío no debe explicaciones a quienes se quedan mirando” resume su actitud.
Y qué decir de **Lars Von Trier, Christopher Nolan, Darren Aronofsky**, todos ellos excelentes y con un gran ombligo al que mirar.
Tampoco hay que olvidar al italiano **Paolo Sorrentino**, cuya última película, ‘La Grazia’, muestra sus mejores talentos y, a su manera serena, reflexiva y contemplativa, es presumida como pocas. Sin embargo, el enamoramiento de Sorrentino palidece ante el de **Nanni Moretti**, cuyas películas siempre juegan en casa y contra el espejo del salón. El cine de Moretti es un prospecto, un manual de instrucciones de sí mismo.
Woody Allen: Una mirada al mundo a través de su propio ombligo
Se podría pensar que **Woody Allen** debería encabezar esta lista, pero su mirada consigue atravesar su propio ombligo para mirar de frente el ombligo del mundo. Aunque se cuenta a sí mismo, lo hace con la intención de contarnos cómo somos los demás, a menudo con intuición, puntería, desolación y gracia.
Todos estos directores, y muchos otros que se omiten, son grandes creadores que se aman con locura y se untan como la mejor mantequilla en su propia obra.
Tendrán sus depresiones y dudas, pero en su trabajo siempre dan la impresión de recordar que un día fueron el espermatozoide más veloz, una frase que la ciencia ahora desmiente. A los demás, eso no nos importa demasiado, pero es mejor que ellos no lo sepan.













