
VIERNES SANTO: REFLEXIÓN SOBRE LA PASIÓN Y MUERTE DE JESÚS
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El Viernes Santo, la Iglesia conmemora la Pasión y Muerte de Jesucristo. Las lecturas de este día evocan la figura del Varón de Dolores, profetizado en las Escrituras. El relato de la Pasión describe minuciosamente el sufrimiento y el deceso de Jesús, quien, con su sacrificio, venció la muerte y, a través de la herida de la lanza, entregó hasta la última gota de sangre y agua.
Durante la liturgia del Viernes Santo, los fieles adoran a Jesús crucificado, entonando los improperios: “¿Pueblo mío, qué te he hecho? ¿En qué te he ofendido?
Respóndeme. Yo te saqué de Egipto y tú preparaste una cruz para tu Salvador”.
Meditación sobre las Siete Palabras
El Viernes Santo invita a la reflexión sobre las Siete Palabras que Jesús pronunció en la Cruz. Esta meditación nos transporta al Calvario, permitiéndonos observar las actitudes de quienes presenciaron la crucifixión y cuestionando nuestra propia postura.
Entre los presentes, dos ladrones crucificados junto a Jesús muestran actitudes opuestas: uno lo insulta, mientras que el otro le suplica: “Acuérdate de mí cuando estés en tu reino”. Los soldados romanos, indiferentes al sufrimiento de Jesús, se disputan sus vestiduras.
La Virgen María y San Juan acompañan a Jesús, compartiendo su dolor. Las autoridades judías, incrédulas, exigen un milagro para creer en su divinidad, acusándolo de impostor.
La Confesión del Centurión
El Evangelio de Mateo narra que el centurión romano, testigo de los acontecimientos que siguieron a la muerte de Jesús, exclamó: “Verdaderamente, Éste era Hijo de Dios” (Mateo 27, 11-54).
Soneto a Cristo Crucificado
El siguiente soneto refleja la profunda devoción y amor a Cristo Crucificado:
No me mueve, mi Dios, para quererte
el Cielo que me tienes prometido
ni me mueve el Infierno tan temido
para dejar por eso de ofenderte.
Tú me mueves, Señor. Múeveme el verte
clavado en una cruz y escarnecido;
muéveme el ver tu cuerpo tan herido,
muévenme tus afrentas, y tu muerte.
Muéveme, en fin, tu amor, y en tal manera,
que, aunque no hubiera Cielo, yo te amara,
y, aunque no hubiera Infierno, te temiera.
No me tienes que dar porque te quiera,
pues, aunque lo que espero no esperara,
lo mismo que te quiero te quisiera.













