
LA RESURRECCIÓN: DE LA DUDA A LA FE INQUEBRANTABLE
Foto: Archivo – Todos los derechos reservados
Para quienes ya hemos celebrado la Vigilia Pascual y el Domingo de Pascua, este es un día de alegría desde el principio. Sin embargo, no fue así para los discípulos, quienes se encerraron por temor a sufrir la misma persecución y muerte que su Maestro. Creían que la muerte de Jesús significaba el fin de todas sus esperanzas.
Por eso, cuando María Magdalena les comunica que ha ido al sepulcro y Jesús no está, Pedro y Juan corren al lugar, encontrándolo vacío. Aún no comprenden que Cristo ha resucitado.
Magdalena permanece allí, y al ver a dos ángeles, les dice: “Se han llevado a mi Señor y no sé dónde lo han puesto”.
Luego, confundiéndolo con un hortelano, le pregunta a un hombre: “Señor, si tú lo has llevado, dime dónde lo has puesto y yo iré a buscarlo” (Juan 20, 1-15).
Era Jesús, pero ella aún no lo reconocía. Jesús la llama por su nombre, y entonces ella se postra a sus pies. Cuando María Magdalena anuncia a los discípulos: “¡He visto al Señor!”, ellos no le creen. Tras varias apariciones, los apóstoles se convencen de que Jesús realmente ha resucitado, aunque transformado, puesto que entra y sale donde ellos están, incluso con las puertas y ventanas cerradas.
Este Jesús que se les aparece es el mismo que había sido crucificado. Ellos vieron y creyeron. De la actitud de Tomás surge la famosa frase: “Hasta que no lo vea, no lo creeré”.
Todo lo que vivieron causó un impacto tan profundo en ellos que los transformó de discípulos tímidos y asustados a testigos inquebrantables de la resurrección de Jesús, aunque esto les costara la vida.
Gracias a esa fe inquebrantable en la resurrección, pudieron propagar el mensaje de Jesús, que se mantiene vivo hasta nuestros días. Como dice la liturgia del domingo: “El Cordero redimió a las ovejas.
El Dueño de la vida que había muerto, reina vivo”.













