¿Para qué sirve la geocronología?

¿Para qué sirve la geocronología?
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¿Para qué sirve la geocronología?

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La geocronología es la ciencia que se dedica al estudio de la edad de los eventos que han quedado registrados en la Tierra. Estos eventos pueden ser de diversa índole, ya sean geológicos, climáticos o geográficos, y pueden tener causas naturales o ser provocados por la actividad humana.

Por ejemplo, la geocronología estudia tormentas, cambios en el paisaje como deslizamientos de tierra, grietas producidas por actividad sísmica o la aparición de conchas fósiles en un determinado sedimento. Todos estos sucesos dejan una huella en la Tierra que permite datar el momento en que ocurrieron.

La importancia de datar el pasado

El estudio y la datación de estas huellas son fundamentales para establecer patrones que nos indiquen cómo ha evolucionado el paisaje. En ocasiones, se encuentran elementos que, a primera vista, parecen fuera de contexto, como un nivel de conchas de moluscos en la cima de una montaña. Este hallazgo nos indica que, en algún momento, el mar alcanzó esa altura. La geocronología es la ciencia que permite determinar la fecha de ese evento.

Comprender los eventos del pasado y reconocer los patrones que siguen es crucial para obtener información valiosa sobre el presente y el futuro. Por ejemplo, el cambio climático puede aumentar la frecuencia de inundaciones en una zona determinada. Estas inundaciones arrastran sedimentos que se depositan durante su transporte, dejando un registro de sus efectos en la corteza terrestre. La datación de estos sedimentos permite determinar cuándo tuvo lugar cada inundación.

Aplicaciones prácticas de la geocronología

En un contexto de recientes danas y catástrofes, es fácil comprender la importancia de la geocronología. Esta ciencia permite reconstruir patrones de riadas para un río o cauce determinado. Para las riadas más recientes, se pueden consultar registros escritos, pero para las que ocurrieron hace decenas o cientos de miles de años, la geocronología es esencial. Al reconstruir estos patrones a partir de datos cronológicos, se puede identificar la frecuencia con la que se han producido y si esta frecuencia está cambiando.

Esta información es fundamental para todo lo relacionado con los riesgos geológicos o climáticos. Por ejemplo, si la geocronología indica que se producen movimientos sísmicos en una zona cada 500 años, probablemente no sea el lugar ideal para construir un hospital.

Métodos de datación

La geocronología utiliza diversos métodos de datación para determinar la edad de los eventos. La elección del método depende del rango de tiempo en el que se trabaje y del material que se esté estudiando.

El carbono 14, o radiocarbono, es un método ampliamente conocido que se utiliza para datar restos orgánicos, como moluscos y huesos, y abarca hasta los 40.000 años.

Otro método es el de los nucleidos cosmogénicos, que permite datar el tiempo que lleva expuesta una cara de una roca a los rayos cósmicos. Por ejemplo, en un temblor sísmico, una roca puede desprenderse y rodar ladera abajo. Con este método, se puede determinar cuándo sucedió este evento, y además, alcanza escalas de millones de años.

El paleomagnetismo es otro método que se basa en los cambios de polaridad del campo magnético terrestre a lo largo de la historia. Aunque no proporciona una edad absoluta en años, permite situar los materiales en determinados periodos. En Atapuerca, por ejemplo, se utiliza mucho para acotar edades, determinando si algo es más antiguo o más reciente que un determinado cambio de polaridad.

La datación por luminiscencia y la resonancia paramagnética indican cuándo los granos de cuarzo de un sedimento estuvieron expuestos a la luz solar por última vez antes de quedar enterrados. Esto ocurre, por ejemplo, en una inundación, donde los sedimentos se transportan y se acumulan.

La datación por luminiscencia es un método especialmente potente porque cubre un rango muy amplio, desde eventos tan recientes como 100 años, lo que permite contrastar los resultados con escritos históricos, hasta los 300.000 años e incluso, con condiciones óptimas, alcanzar los 600.000 años de antigüedad. Por su parte, la resonancia paramagnética, aunque no permite datar eventos recientes, sí alcanza hasta varios millones de años, ampliando aún más la ventana temporal de estudio.

Alicia Medialdea Utande es investigadora en el Laboratorio de Datación por Luminiscencia del área de Geocronología en el Centro Nacional de Investigación sobre Evolución Humana (CENIEH).