¿Hacia un nuevo paradigma de las guerras?

¿Hacia un nuevo paradigma de las guerras?
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¿Hacia un nuevo paradigma de las guerras?

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Las guerras en Ucrania, Gaza, Líbano e Irán no son conflictos aislados, sino manifestaciones de un nuevo modelo bélico global. Un rasgo común es la participación de Israel, bajo una doctrina sionista ofensiva, en varios de estos escenarios, lo que sugiere una estrategia de guerra permanente y multipolar.

Guerras esencializadas y legitimación religiosa

Estos conflictos se presentan como luchas existenciales, donde cualquier concesión se percibe como una rendición identitaria, eliminando el espacio para el pragmatismo político y transformando la negociación en traición. La religión, ya sea el sionismo mesiánico, la yihad, la ortodoxia rusa o el evangelismo, legitima la violencia por encima de argumentos legales o humanitarios.

Narrativas de “gran destino histórico” justifican la guerra indefinida. Putin invoca la lucha contra el nazismo en Ucrania, mientras que Netanyahu apela al Holocausto para justificar operaciones con miles de víctimas civiles. Estas narrativas estructuran la percepción de los actores, inscribiendo cada acción bélica en un arco temporal mítico, reforzando el sacrificio y dificultando concesiones.

Internacionalización y disuasión nuclear

Estos conflictos están profundamente internacionalizados, sirviendo como campos de batalla subrogados de rivalidades geopolíticas. Esto asegura a los beligerantes un suministro continuo de armas, financiación y legitimidad política. La internacionalización dificulta la mediación, ya que resolver el conflicto local implicaría resolver las tensiones entre las potencias externas que lo alimentan.

El enfrentamiento entre Irán y sus aliados, por un lado, e Israel y sus aliados, por otro, es clave en Oriente Medio. La guerra en Ucrania es el escenario principal de la disputa entre Rusia y Occidente. La disuasión nuclear impide la escalada directa entre potencias, pero permite que las guerras convencionales se prolonguen indefinidamente, estancadas en equilibrios de destrucción.

Dominio aéreo y transformación demográfica

El dominio del espacio aéreo, con cazas, misiles de precisión y drones, es determinante. Esto minimiza bajas propias, permite operar a distancia, dificulta la atribución de responsabilidad jurídica y genera terror en la población civil. Los drones han democratizado esta capacidad, permitiendo a actores no estatales como Hezbolá o Hamás disponer de una dimensión aérea.

La ocupación territorial y la reingeniería demográfica completan la dimensión espacial. Rusia ha anexado regiones ucranianas, deportado personas y borrado la identidad cultural. Israel ha intensificado la construcción de asentamientos en Cisjordania y ha aplicado una política de destrucción sistemática en Gaza. El objetivo final es rediseñar el mapa humano de la región.

Consecuencias humanitarias y colapso del orden jurídico

Las consecuencias humanitarias son catastróficas y deliberadas. Civiles e infraestructuras esenciales son objetivos militares sistemáticos, no daños colaterales. Esta táctica busca quebrar la resistencia y forzar el desplazamiento. Los desplazamientos masivos son objetivos deliberados para crear hechos demográficos consumados.

La devastación económica opera en múltiples escalas: destrucción de la economía en Gaza, pérdida de PIB e infraestructuras en Ucrania, y absorción de refugiados por países vecinos. Esta dimensión económica determina la capacidad de resistencia y la duración de los conflictos.

El derecho internacional es ignorado abiertamente. El Tribunal Penal Internacional ha emitido una orden de arresto contra Putin, e Israel enfrenta acusaciones de genocidio. La ONU ha sido marginada debido a vetos cruzados y a la falta de fuerza vinculante de sus resoluciones. Esta marginación es una estrategia para preservar la libertad de acción militar sin rendición de cuentas.

Lógica política interna y deshumanización

La lógica política interna de este paradigma combina elementos mutuamente reforzantes. Los liderazgos extremistas obtienen réditos políticos de la continuación de la guerra. Cualquier líder que muestre disposición al diálogo se arriesga a ser eliminado políticamente.

La preferencia por la fuerza y la búsqueda de una victoria militar total completan este cuadro. Los actores poderosos no buscan resolver las guerras, sino gestionarlas para debilitar al adversario y consolidar posiciones. La construcción de imágenes de enemigo y la deshumanización del adversario son mecanismos culturales que hacen sostenible todo esto.

Los medios y las redes sociales presentan al adversario como la encarnación del mal. Cuando el adversario es descrito en términos animales o patológicos, se justifica crímenes que de otro modo serían intolerables. La militarización progresiva de las sociedades y del discurso político global, con presupuestos de defensa en aumento y la normalización de la lógica de la fuerza, revelan una crisis sistémica del orden internacional que nadie parece dispuesto a revertir.