
¿Siguen siendo relevantes los sindicatos para la juventud?
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Organizaciones sindicales como CCOO y UGT, con fuerte presencia entre trabajadores con trayectorias estables, enfrentan dificultades para integrar a quienes se incorporan al mercado laboral en posiciones vulnerables. Un estudio de la OCDE destaca esta problemática, según datos recogidos por Funcas.
La principal preocupación de las grandes centrales es la distribución de la afiliación por edades. Solo el 18% de los asalariados de 25 a 44 años a tiempo completo están afiliados, mientras que el porcentaje sube al 26% entre los de 45 a 64 años. La brecha es aún mayor entre jóvenes con contratos parciales, con apenas un 10% de afiliación.
De la rebeldía democrática a la normalización de los derechos
La afiliación sindical en España ha disminuido en las últimas dos décadas, pasando de alrededor del 15% de los asalariados a principios de los 2000 al 12-13% actual. Para Carlos Gutiérrez, de CCOO, la afiliación juvenil actual no se puede comparar con la de la Transición, ya que eran “dos mundos laborales completamente distintos”. En los años setenta, España era demográficamente joven, con incorporación temprana al trabajo, predominantemente masculina y con un fuerte sector industrial.
Gutiérrez explica que las reivindicaciones laborales chocaban con un régimen autoritario, donde “afiliarse era un acto de rebeldía democrática”. Fernando Luján, de UGT, coincide, recordando el profundo anhelo de libertad sindical durante la Transición. “Derechos que hoy parecen básicos –negociación colectiva, protección social, el propio Estatuto de los Trabajadores– costaron cárcel y vidas”, añade.
La conquista colectiva se ha normalizado, y los derechos laborales forman parte del paisaje institucional, reduciendo la percepción de urgencia. “Muchos jóvenes han crecido con esos derechos ya consolidados y no siempre identifican al sindicato como su origen”, señala Luján. Además, en España no es necesario estar afiliado para beneficiarse de los convenios colectivos, lo que reduce el incentivo formal a afiliarse.
Trabajar más tarde, trabajar peor
Gal·la Torres, recién graduada, se enfrenta a sus primeros empleos y destaca la precariedad como un problema común, con contratos mal remunerados, horas extra normalizadas y condiciones laborales poco favorables.
Samuel Albuquerque, también recién graduado, añade que la poca instrucción recibida sobre el papel y la existencia de los sindicatos es un problema. A su juicio, durante la etapa educativa apenas se informa sobre su función en la defensa de los trabajadores o cómo pueden intervenir ante situaciones de abuso.
El retraso en la incorporación al mercado laboral es otro factor clave, ya que se estudia más tiempo y se accede más tarde al mundo laboral. La afiliación se produce principalmente en los centros de trabajo. “Si te incorporas de forma tardía y además lo haces con contratos temporales, en sectores precarizados o en empresas pequeñas, el vínculo es mucho más frágil”, explica Gutiérrez.
La temporalidad afecta no solo a las condiciones laborales, sino también al sentimiento de pertenencia. Entre los jóvenes, la precariedad actúa como barrera de entrada. Organizar colectivamente a trabajadores que rotan, encadenan contratos o compaginan empleo y estudios es más complejo. Gal·la expresa que siente a los sindicatos “un poco lejanos, como si aún no estuviera asentada para afiliarme”.
“Si sufro solo, no me sirve el sindicato”
Más allá de los factores estructurales, desde el ámbito sindical se señala un cambio cultural de fondo. “La juventud vive muchas veces sus problemas laborales de manera individual”, apunta un responsable sindical. “La precariedad se sufre en casa, con ansiedad, incluso con culpa. El reto es pasar de ese ‘yo que sufre’ a un ‘nosotros’ que organiza y politiza ese malestar”.
Samuel reconoce que, aunque algunas cosas no les gustan, las aceptan. “Ese conformismo, unido al desconocimiento de los derechos laborales, actúa como freno a la sindicalización”. Además, persisten prejuicios de que los sindicatos “no sirven para nada”, “solo están en grandes empresas”, “están politizados” o “son cosa de gente mayor”. La estigmatización y la “criminalización de la acción sindical” en un contexto de crispación política también desincentivan la implicación.
Más que salario: proyecto de vida
Las preocupaciones de la juventud no se limitan al salario. España tiene una de las tasas de paro juvenil más altas de la Unión Europea. Gal·la defiende que “no se trata solo de cobrar más, sino de poder imaginar un futuro digno”.
Desde el ámbito sindical se amplía el foco al problema de la falta de oportunidades y la emigración juvenil. “Muchos jóvenes no saben si podrán quedarse, emanciparse o consolidar un proyecto de vida. El sindicalismo también tiene que dar respuesta a un modelo productivo que no ofrece certezas”, señalan.
Cuestiones como la vivienda, la conciliación o la salud mental han ganado peso en el debate. Samuel pone el acento en la comunicación, señalando que los sindicatos deberían recuperar la idea de comunidad, más allá del acompañamiento en conflictos individuales. “Hace falta reconstruir ese sentimiento de colectivo y aprovechar mejor las herramientas actuales para llegar a la gente joven”, plantea.
Desde el sindicato insisten en que el cambio es ineludible. “Necesitamos más presencia en sectores precarios y emergentes, mayor apertura en la toma de decisiones y más pedagogía temprana sobre derechos laborales”, señalan. “El sindicalismo del futuro no puede hablar sobre la juventud; tiene que construirse con la juventud”, concluyen.
Renovarse para no envejecer
Aunque la mayoría de los asalariados españoles nunca se ha afiliado a un sindicato, los dirigentes rechazan la idea de un declive irreversible. “El sindicalismo confederal no está en riesgo de desaparecer”, afirma Gutiérrez, aunque reconoce que está en juego su modelo.
El desafío para los sindicatos es demostrar que la organización colectiva sigue siendo útil para disputar el reparto del salario, del tiempo y del futuro. Gutiérrez apunta a la importancia de la representación descriptiva: “Si queremos conectar con la gente joven, tenemos que abrir espacios de responsabilidad a jóvenes, que hablen su idioma y compartan experiencias vitales”. Porque, como resume Nicolás Molina, “la juventud no solo quiere trabajar; quiere poder vivir con dignidad”.












