Dos psicólogos coinciden: 7 frases cotidianas que dañan la autoestima de un hijo

Dos psicólogos coinciden: 7 frases cotidianas que dañan la autoestima de un hijo
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Dos psicólogos coinciden: 7 frases cotidianas que dañan la autoestima de un hijo

Frases como “¿Te has portado bien?” o “¡Deja de llorar!” son comunes en el día a día familiar y, aunque parezcan inofensivas, tienen un gran impacto. Según la psicóloga alemana Gesine Engels-Krone, estas palabras moldean las creencias internas de los hijos y pueden convertirse en un mar de inseguridades con el paso de los años. Ser consciente de su efecto es el primer paso para evitar minar su autoestima a largo plazo.

Reprimir las lágrimas de un niño transmite el mensaje de que sus sentimientos no son correctos. El llanto es un mecanismo de liberación fundamental, no una debilidad.

Al invalidarlo, los niños aprenden que ciertas emociones deben ocultarse, lo que puede marcarles de por vida. Es preferible validar lo que sienten con frases como: “Veo que estás triste ahora mismo. Estoy aquí para ti”.

Aunque la intención sea alentar, esta frase puede generar una gran presión. El desarrollo infantil no es lineal y es normal necesitar ayuda de vez en cuando.

La frase oculta el mensaje: “Si necesitas ayuda, eres débil”. Es más constructivo decir: “Entiendo que necesitas apoyo ahora mismo. No hay ningún problema”, para que el niño se desarrolle a su propio ritmo.

La sensibilidad es un rasgo de la personalidad, no un defecto. Menospreciarla enseña a los niños que su forma de ser es incorrecta, lo que les lleva a intentar adaptarse y, en el proceso, perder parte de sí mismos.

Una mejor aproximación es mostrar interés por sus emociones: “¿Te gustaría decirme cómo te sientes?”.

Proteger es una responsabilidad, pero un exceso de advertencias puede generar ansiedad y minar la autoestima infantil. El niño interioriza que el mundo es un lugar hostil para el que no está preparado. En su lugar, se puede acompañar el reto con confianza: “Asegúrate de tener buen agarre. Estoy aquí si me necesitas”.

Ante una decepción, esta frase puede hacer que el niño se sienta abandonado con sus sentimientos.

A largo plazo, puede generar la creencia interna de que sus problemas no tienen importancia. Es más útil combinar empatía con un enfoque resolutivo: “Es comprensible que estés decepcionado. Pensemos juntos en cómo podemos afrontarlo”.

Esta pregunta clásica vincula el amor y el reconocimiento al buen comportamiento, lo que se conoce como afecto condicional. Los niños necesitan sentirse amados incondicionalmente, sin importar si han cumplido o no con ciertas expectativas.

Es preferible mostrar un interés genuino preguntando: “¿Qué tal tu día?”.

Las comparaciones entre hermanos son, en palabras de la experta, “veneno para la autoestima de cualquiera”. Fomentan la rivalidad y transmiten el dañino mensaje de que “no eres lo suficientemente bueno”. Este tipo de frases pueden quedar grabadas para siempre. Es fundamental valorar las fortalezas únicas de cada hijo para fomentar una sana autoestima.

Además, en este último caso la doctora Darcia Narvaez, profesora emérita de psicología en la Universidad de Notre Dame, señalaba en un artículo en la revista sobre maternidad The Bump que, precisamente, las comparaciones entre hermanos e incluso primos pueden fomentar la competencia en lugar de la cooperación entre ellos, además de que refuerzan los comportamientos negativos que pretenden corregir.