
¿Cuándo el ejercicio se convierte en una adicción?
Foto: Archivo – Todos los derechos reservados
Llevar el cuerpo al límite, entrenar a pesar de las lesiones y priorizar el gimnasio sobre la vida social son señales de una posible dependencia poco saludable del ejercicio.
El auge y caída de un aventurero extremo
En la cima de su carrera como aventurero, Luke Tyburski era un hombre de extremos. Este ex futbolista profesional se dedicaba a desafíos de resistencia extremos, que hacían que una maratón pareciera un paseo. Desde la Marathon de Sables hasta la ultramaratón más alta del mundo en el campamento base del Everest, Tyburski desafió sus límites constantemente. Culminó con un reto personal: nadar de África a Europa, recorrer España en bicicleta y correr hasta Mónaco, un total de 2000 km en solo 12 días.
Tyburski financiaba sus proyectos a través de artículos en revistas y charlas, incluso filmó un documental sobre sus aventuras. Su objetivo era superar sus propios límites, demostrando la capacidad humana con una mentalidad fuerte. Sin embargo, en su vida privada, luchaba contra la depresión, relacionada con la pérdida de identidad tras el fin de su carrera futbolística. “Entrenar y competir supone un escape”, dice Tyburski. “Pero cuando volvía a casa tras una aventura, las bajadas eran muy bajas, porque no había abordado aquello de lo que estaba huyendo”.
Comenzó a dedicar aún más tiempo al entrenamiento, incluso secretamente, desarrollando insomnio que usaba como excusa para “maratones de medianoche” y comiendo compulsivamente entre sesiones para prolongar la euforia.
Adicción encubierta
Aunque es posible afrontar grandes retos de resistencia sin perder el control, en el caso de Tyburski, esto propició una tendencia autodestructiva. Se arraigaron todos los rasgos de la adicción: secretismo, persistencia a pesar de las consecuencias negativas, necesidad de más, sensación de escape. “Pero nadie sospechaba nada, porque mi peso no cambiaba, mi rendimiento no cambiaba, mi comportamiento no cambiaba. Era muy buen actor”, afirma.
La adicción al ejercicio no está reconocida oficialmente como un trastorno psiquiátrico y no existen criterios estandarizados para diagnosticarla. Sin embargo, diversos estudios sugieren que entre el 0,3% y el 0,5% de la población general podría ser adicta al ejercicio, porcentaje que se eleva hasta el 3% – 9% entre quienes practican ejercicio de forma habitual y los atletas.
Muchos investigadores consideran que el marco conceptual de la adicción es adecuado para analizar este fenómeno. Incluso hay pruebas que sugieren que las adicciones conductuales funcionan neurológicamente como las adicciones a sustancias, a través de la desregulación de las vías motivacionales del cerebro. El fenómeno de la adicción cruzada, cuando una persona sustituye una sustancia o comportamiento perjudicial por otro, está bien documentado en lo que respecta al ejercicio.
“Al cerebro no le importa necesariamente de dónde proviene ese pico de dopamina o serotonina”, afirma Kanny Sanchez, terapeuta especializado en adicciones. “En todos los casos, existe la misma necesidad de que una fuente externa intervenga para regular el caos interno”.
Las adicciones al ejercicio suelen adoptar la forma de una obsesión, convirtiéndose en el eje central de la vida, a menudo en detrimento de todo lo demás. Es posible que se siga entrenando a pesar de las lesiones e incluso se experimente una especie de síndrome de abstinencia cuando no se puede hacer ejercicio.
“El ejercicio en sí mismo es una forma realmente buena de gestionar el estrés”, afirma Sanchez. “Pero si es la única herramienta que tienes en tu arsenal, es entonces cuando se convierte en una adicción”.
Un escape peligroso
Micheál Costello, de 30 años, fue diagnosticado con depresión y anorexia atípica en pleno apogeo de la pandemia. Antes de la COVID, hacía mucho ejercicio y practicaba el ayuno intermitente, una combinación que le servía de válvula de escape para sus ansiedades. Cuando el mundo entró en confinamiento y Costello volvió a vivir con sus padres, su comportamiento se descontroló. “Si la adicción al ejercicio pudiera diagnosticarse formalmente, me la habrían diagnosticado”, afirma.
La anorexia atípica es una forma de este trastorno en la que los pacientes restringen su ingesta de alimentos, pero no se les clasifica médicamente como personas con bajo peso. Al igual que otros trastornos alimentarios, suele ir acompañada de ejercicio excesivo. Un estudio reveló que hasta el 48 % de las personas con trastornos alimentarios muestran síntomas de adicción al ejercicio. Esto puede deberse a la insatisfacción con el cuerpo o a comportamientos compensatorios relacionados con la comida, pero también puede haber un componente emocional.
“Muchos de los pacientes con los que trabajo utilizan el ejercicio para deshacerse de sentimientos indeseados e incómodos”, afirma Stacey Fensome, psicóloga deportiva. “El ejercicio puede ser una herramienta para anular el sistema nervioso y generar una especie de entumecimiento, además de producir una liberación de endorfinas”.
En el caso de Costello, la falta de alimentación y el sobreentrenamiento iban de la mano. Se compró una bicicleta estática para casa y se pasaba casi todo el día en ella, en una rutina agotadora de ejercicio constante.
No fue hasta que tuvo algunos pensamientos suicidas cuando admitió que necesitaba ayuda, recibiendo terapia conversacional y tratamiento con antidepresivos. Más adelante, descubrió el triatlón, un deporte al que atribuye haber restablecido su relación con el ejercicio. “Completé mi primer Ironman en 2023 y me enganché. Ahora me estoy preparando para mi cuarto Ironman y me he clasificado para el equipo irlandés de triatlón. No puedo maltratar mi cuerpo como solía hacerlo si quiero ser capaz de completar esas carreras”, afirma.
Señales sutiles
Para muchos deportistas de resistencia y asiduos al gimnasio, puede resultar difícil saber dónde la disciplina se convierte en compulsión, y la compulsión en una adicción en toda regla. Algunos comportamientos compulsivos relacionados con el ejercicio parecen bastante inofensivos desde fuera: dificultades para descansar y tomarse días libres; dar prioridad al ejercicio frente a otras actividades; ser incapaz de estar quieto; optar por ir andando a todas partes; o incluso utilizar un escritorio para trabajar de pie.
“Querer cuidar nuestra salud es maravilloso, pero ¿cuál es la intención que hay detrás?”, se pregunta Fensome. “¿Es porque estar quieto provoca mucha angustia y miedo, o es porque realmente queremos estar físicamente activos?”.
Una complicación adicional es que el ejercicio goza de aceptación social, de una forma que, por ejemplo, la adicción al juego no tiene. Tu enfoque de “sin días de descanso” puede granjearte el aplauso de las redes sociales; tu tipo de cuerpo puede cumplir con un ideal social. Es muy poco probable que las personas de tu entorno, salvo las más cercanas, expresen su preocupación.
“Trabajé con un cliente que hacía sesiones de entrenamiento extra y llegaba temprano, y por eso lo ponían en un pedestal”, dice Fensome. “Pero lo que realmente ocurría era que no podía parar, y si paraba, perdía el control sobre quién era”.
Adicción encubierta
Margo Steines, una escritora afincada en Arizona, ha tenido que lidiar con una larga lista de adicciones y trastornos alimentarios a lo largo de su vida, pero la recuperación de la adicción al ejercicio le resultó la más difícil. En el punto álgido de su adicción, durante sus estudios de posgrado, pasaba entre siete y nueve horas al día en distintos gimnasios. “Tenía un entrenador secreto con el que me veía antes de ir a CrossFit, y luego iba a CrossFit, después corría, y luego a bikram yoga y a artes marciales”, cuenta. “Estaba descuidando todo lo demás y sufriendo una cascada de lesiones deportivas. Pero la gente me paraba en la tienda y me preguntaba qué hacía para entrenar. Es fácil ocultar la disfunción porque no estás visiblemente por debajo de tu peso: estás musculosa, tonificada y tienes un aspecto estupendo”.
Su adicción tenía varias capas: la cultural, relacionada con el deseo de tener un tipo de cuerpo idealizado; la personal, relacionada con las secuelas de una relación traumática; y el refuerzo positivo de quienes la rodeaban. Solo su pareja, un entrenador de fuerza y acondicionamiento, reconoció sus problemas tal y como eran.
Consecuencias
La adicción al ejercicio puede ser tan perjudicial como cualquier otro tipo de adicción; si, al mismo tiempo, no te alimentas lo suficiente, puedes desarrollar el síndrome de sobreentrenamiento, una afección caracterizada por una serie de síntomas físicos y mentales desagradables. “Puedes sufrir lesiones crónicas. Probablemente te enfrentes a alteraciones hormonales, agotamiento, falta de energía y bajo estado de ánimo. Puede haber un componente de aislamiento social”, afirma Aaron McCulloch, copropietario y director de Your Personal Training.
Sanchez afirma que también puede haber repercusiones psicológicas, sociales e incluso espirituales. “El desgaste mental que supone es como una prisión en tu cabeza”, dice. “La persona tendrá un sentido de identidad muy externo, lo que significa que su autoestima dependerán totalmente de cuánto ejercicio haga. Saltarse el entrenamiento provoca mucha culpa y vergüenza”.
Desde el nacimiento de su hija en 2020, Steines padece encefalomielitis miálgica, una enfermedad que la obliga a guardar cama durante los brotes y que, naturalmente, modera su impulso de hacer ejercicio en exceso. Tyburski, por su parte, se ha “retirado extraoficialmente” de la aventura tras la acumulación de lesiones y las consiguientes operaciones.
Recuperación
La recuperación de la adicción al ejercicio puede ser compleja, sobre todo porque eliminar el ejercicio por completo no suele ser un objetivo final deseable. Sin embargo, existen opciones disponibles: ingresar en un centro de rehabilitación, trabajar con un terapeuta comprensivo o incluso recurrir al apoyo de otras personas en la misma situación. Lo ideal sería que estas opciones facilitaran la detección de los signos antes de que el problema se haya descontrolado.
Costello sugiere usar la analogía de una lesión física. “Si tuvieras una molestia en el tobillo y te preocupara que se convirtiera en algo más grave, lo comentarías”, dice. “Creo que debemos hacer lo mismo con las molestias psicológicas, simplemente decir: ‘¿Sientes que te pones demasiado ansioso si te saltas una sesión?’. Te sorprendería lo útil que puede ser el simple hecho de hablarlo en voz alta”.













