
Cristina Galmiche desvela los secretos para cuidar la piel en la menopausia y alerta sobre los activos que están de moda
La llegada de la perimenopausia y la menopausia supone un punto de inflexión en la vida de la mujer, y su piel es una de las primeras en manifestar los cambios. La caída hormonal, especialmente de estrógenos como el estradiol y la progesterona, desencadena una serie de efectos visibles que preocupan a muchas mujeres. Para abordar esta etapa con conocimiento y las herramientas adecuadas, la experta en el cuidado de la piel, Cristina Galmiche, con más de cuarenta años de experiencia, ha compartido en los micrófonos de COPE su visión y sus consejos para mantener una piel saludable, luminosa y resiliente frente al paso del tiempo. Según Galmiche, este es un periodo en el que “tenemos que estar como muy alertas con ella”, ya que la piel comienza a perder elementos esenciales.
Los efectos de este descenso hormonal son, como detalla la experta, una notable pérdida de luminosidad y elasticidad, la aparición de las primeras arrugas y una marcada deshidratación.
“El culpable del envejecimiento cutáneo son estas hormonas”, afirma Galmiche. La naturaleza, explica, nos priva de estos estrógenos a partir de cierta edad, pero la cosmética y la tecnología actuales ofrecen soluciones para ralentizar y minimizar el daño. La clave, insiste, es un enfoque basado en “paliar esos daños” y ralentizar el proceso de envejecimiento de una manera respetuosa y sostenible con la propia piel.
Uno de los efectos más significativos de la menopausia en la dermis es la drástica reducción en la producción de colágeno y elastina. Estas dos proteínas son, en palabras de Galmiche, “lo más apreciado que tenemos nosotros en capas profundas de la piel para mantenerla joven”.
Son las responsables de la firmeza, la estructura y la elasticidad, y su disminución es la causa directa de la flacidez y la profundización de las arrugas. Afortunadamente, hoy en día existen técnicas capaces de revertir en parte este proceso. La experta señala que tanto técnicas manuales como tecnologías avanzadas pueden “llegar al fibroblasto”, la célula encargada de producir estas valiosas proteínas.
Tratamientos profesionales como la radiofrecuencia, el láser controlado o la luz pulsada intensa (IPL) son métodos efectivos que “están induciendo al fibroblasto a que genere colágeno y elastina”. Sin embargo, Galmiche subraya una y otra vez la importancia de un buen diagnóstico previo y de ponerse siempre “en manos expertas”.
Solo un profesional cualificado puede diseñar un plan de cuidado que sea “sostenible” y “respetuoso con tu pH”, garantizando que la piel atraviese esta etapa de la vida en las mejores condiciones posibles, luciendo cuidada y saludable. Una arruga puede ser bella, sostiene, siempre que la piel que la enmarca esté nutrida e hidratada.
A la hora de elegir los productos que conformarán el neceser a partir de los 40, Cristina Galmiche antepone un principio fundamental a cualquier lista de ingredientes: la auto-observación. “La piel, de alguna forma, nos habla”, asevera. Es crucial prestar atención a cómo reacciona ante diferentes estímulos como el frío, el sol o el cloro de la piscina para entender sus necesidades.
Desde esta perspectiva, “todo lo que le aporte a la piel tiene que ser desde el respeto a la misma”, evitando activos que puedan agredirla. La experta lanza una seria advertencia sobre algunos ingredientes de moda que, mal utilizados, pueden causar más problemas que beneficios.
En este sentido, Galmiche pone el foco en los retinoles, un activo muy popular en productos de gran consumo. Aunque eficaces para tratar arrugas, su uso indebido entraña riesgos. “Hay que tener cuidado, no vale todo”, advierte.
La experta es tajante al respecto y anima a reflexionar sobre el objetivo final del cuidado de la piel. La obsesión por una arruga no puede justificar el riesgo de un problema mayor. La aplicación de activos demasiado potentes puede “desarrollar una dermatitis o una rosácea, o desazones en ella, que al final lo que te va a llevar es a que aparezca más rápidamente el envejecimiento, a que se manche la piel”. Por ello, su recomendación es optar siempre por “activos que sean respetuosos con el pH cutáneo”. Un protocolo de cuidado es acertado cuando, tras aplicarlo, la piel se siente calmada y agradecida, sin rojeces ni sensación de tirantez.
Si eso ocurre, es una señal inequívoca de que el producto o la rutina no son los correctos para mantener la piel “luminosa, jugosa, hidratada, nutrida”.
Frente a los activos más agresivos, Galmiche propone un retorno a ingredientes de eficacia demostrada y alta tolerancia, que “nunca te van a hacer mal”. Recomienda huir de las modas impulsadas por el marketing y confiar en activos calmantes como “la alantoína, el agua de rosas o una glicerina”. La clave es priorizar formulaciones basadas en “materias primas naturales” por encima de productos con una alta carga química. Este consejo, recalca, es especialmente valioso para las generaciones más jóvenes.
La máxima de que “la piel tiene memoria” es uno de los pilares de su filosofía.
“Cuanto tú antes tengas conocimiento de qué aplicarte en la piel, cómo hacerlo, cuándo hacerlo, pues va a estar mucho más duradera en el tiempo, más longeva en la edad”, explica. Una piel cuidada desde la juventud es la mejor garantía para un envejecimiento saludable.
Uno de los gestos más importantes en cualquier rutina de cuidado facial, y que a menudo se subestima, es la limpieza diaria, tanto por la mañana como por la noche. Galmiche insiste en que debe realizarse siempre de una “forma respetuosa”. Mucha gente se pregunta por qué es necesario limpiar el rostro por la mañana si ya se limpió la noche anterior.
La experta lo aclara: los activos de los tratamientos de noche deben ser retirados por completo. “Es muy importante que nos retiremos esos activos bien, que no queden restos, porque, si no, con el sol nos puede provocar un eritema o nos puede provocar una sensibilidad en la piel, que luego sí que es más difícil de controlar”.
El tipo de limpiador es igualmente crucial. Hay que evitar “jabones agresivos, donde su composición, la mayor parte son detergentes”, ya que resecan la piel y “afectan a la barrera cutánea”. Una barrera hidrolipídica debilitada deja la piel indefensa ante las agresiones externas, como la contaminación, el monóxido de carbono o las partículas de aluminio presentes en el ambiente.
Nuestra piel, explica Galmiche, actúa “como un imán” que las atrapa, y esta exposición constante puede ser el origen de sensibilidades extremas como “una rosácea, una cuperós o una dermatitis”.
Finalmente, Cristina Galmiche propone una reflexión reveladora. “¿Por qué hay personas con la piel del rostro muy destrozada, y la del cuerpo no la tiene tan mal?”. La respuesta, apunta, está en las constantes “agresiones, invasiones” a las que sometemos la cara, no solo por el clima o la contaminación, sino por los productos que aplicamos. La diferencia entre el estado de la piel del rostro y la del cuerpo es “un termómetro para para para mirar y hacerse mirar qué es lo que se está poniendo cada persona en su casa”.
Un llamado a la autoconciencia y a tratar el órgano más extenso del cuerpo con el respeto y el cuidado que merece.













