
Antonio Alonso, genetista forense: "El caso de Lasa y Zabala abrió la puerta a que todas las personas desaparecidas y de las que aparece un resto, va a analizarse su ADN"
El genetista forense Antonio Alonso, una de las figuras clave en la consolidación del uso del ADN en la investigación judicial en España, ha presentado su libro ‘La huella invisible’. En ‘Fin de Semana’, con Cristina López Schlichting, Alonso ha repasado algunos de los casos más complejos de la criminalística española, donde el ADN se convirtió en la única herramienta capaz de poner nombre a las víctimas y cara a los culpables. Desde sus inicios en los años 80, cuando la genética forense era casi inexistente, ha sido testigo de su transformación en una pieza clave para la justicia.
Uno de los hitos que narra Alonso es el caso de José Antonio Lasa y José Ignacio Zabala, dos jóvenes vascos secuestrados en Francia en los años 80. Sus cuerpos, reducidos a huesos, con los ojos vendados y amordazados, fueron enterrados en cal viva y permanecieron diez años sin identificar.
Este crimen, ocurrido en el contexto de la guerra sucia contra el terrorismo, destapó uno de los episodios más oscuros de la historia reciente de España.
Contrario a la creencia popular de que la cal viva destruye los restos, Alonso explica que en realidad ayudó a su conservación. “La cal viva, el óxido de calcio, es una sustancia que reacciona produciendo calor […] y eso produce una desecación de los tejidos, evita la proliferación bacteriana”, detalla el experto. Esta técnica era la “firma” de ciertos grupos criminales, una pista que, junto al trabajo del antropólogo forense Paco Echeverría, permitió finalmente poner “nombres y apellidos mediante el ADN”.
El genetista subraya el valor humanitario de la ciencia, especialmente para los familiares de personas desaparecidas. Según Alonso, la incertidumbre es peor que la propia muerte, ya que impide iniciar el duelo.
“No podemos vivir con esta incertidumbre. Podemos vivir con la muerte, porque podemos hacer un duelo, pero cuando no puedes hacer un duelo […] eso es un elemento que aprendí en los primeros años”, confiesa.
El primer caso en el que se utilizó el ADN en el Instituto Nacional de Toxicología en 1991 demostró su doble filo: “sirve para identificar culpables, pero también para exonerar a falsos culpables”. Este hito, según Alonso, abrió la puerta a la creación de una base de datos de familiares de desaparecidos para cotejar cualquier resto humano que aparezca, garantizando que un caso como el de Lasa y Zabala no vuelva a ocurrir.
La genética forense fue también crucial en la identificación de las víctimas de los atentados del 11-M, un trabajo realizado en tiempo récord que dejó una profunda huella emocional en los profesionales. “Sufrimos un impacto emocional enorme […] Mucho más tarde te das cuenta de que ese tipo de experiencias ha dejado una huella”, reconoce Alonso sobre el trabajo en IFEMA con los cuerpos desmembrados.
A lo largo de sus 40 años de carrera, Alonso afirma no haber recibido nunca presiones políticas, pero sí mediáticas.
“Hemos tenido, sobre todo, y a lo mejor te va a sorprender, pero una presión de los medios. Los medios, porque necesitan esa información”, explica, lo que genera una tensión importante en el trabajo científico cuando los resultados no están garantizados.
Otro caso de éxito fue el de Inmaculada Arteaga, una joven asesinada en Campo de Criptana. La investigación se resolvió gracias a un cribado masivo utilizando el cromosoma Y, que se transmite de padres a hijos varones junto con el apellido. Se estudió el padrón y, tras analizar a 54 personas, “en la número 55 identificamos al criminal”.
Alonso también recuerda el caso del accidente del Yak-42 en Turquía en 2003, que califica como “la historia de una indignidad”.
El ADN demostró que la identificación de 30 de los 62 militares españoles fallecidos no se había realizado. “Metieron cuerpos en ataúdes sin ninguna prueba previa”, denuncia, un acto que considera una falta de lealtad hacia sus compañeros.
De cara al futuro, el genetista anticipa avances que permitirán, a partir de una muestra de ADN, determinar el color de los ojos, de la piel, el origen ancestral o la edad biológica. La genealogía forense abrirá la puerta a resolver casos antiguos al poder llegar a familiares lejanos, aunque también plantea dilemas bioéticos en temas como los niños robados o las donaciones genéticas.











