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Georges de La Tour: El pintor de la luz silenciosa rescatado del olvido
Como Caravaggio o Vermeer, Georges de La Tour (1593-1652) fue un pintor que cayó en un largo olvido. Su redescubrimiento fue aún más notable, ya que permaneció en la oscuridad durante mucho más tiempo. Sus pinturas nocturnas, que le habían llevado al éxito, pasaron de moda y, tras su muerte en 1652, su rastro se perdió. La exhumación de un genio es siempre un fenómeno fascinante, y la capacidad de estos artistas para conectar con un público moderno es lo que los hace excepcionales.
Un redescubrimiento paulatino
Hubo que esperar más de 250 años para que se produjera una rehabilitación por etapas.
En 1915, el historiador alemán Hermann Voss publicó un artículo dedicado a tres misteriosos cuadros del siglo XVII iluminados por la luz de una vela. Uno de ellos, ‘El recién nacido’, se atribuyó inicialmente a un holandés. Los otros dos: ‘La negación de San Pedro’ y ‘El sueño de San José’, se atribuyeron a Georges de La Tour, sacando al pintor de la penumbra.
Hermann Voss volvió a revolucionar el mundo de la historia del arte cuando, en 1931, le atribuyó cuatro cuadros diurnos, es decir, iluminados por la luz del día, cuando hasta entonces sólo se conocían cuadros nocturnos. El reconocimiento final llegaría con la celebración, en 1934, de una exposición en la Orangerie de las Tullerías sobre los pintores de la realidad en la Francia del siglo XVII.
La Tour se convirtió en una estrella y sus cuadros siguieron apareciendo en colecciones particulares. Entre 1997 y 1998 se le dedicó una retrospectiva en el Grand Palais que, según Pierre Rosenberg, antiguo presidente y director del Louvre, fue «la exposición de la consagración definitiva».
Orígenes y formación incierta
El pintor de la luz silenciosa y las tinieblas habitadas había nacido en 1593, en Vic-sur-Seille (Lorena francesa). Fue uno de los siete hijos de Jean de La Tour, un próspero terrateniente que poseía un negocio de harina y trigo. Los archivos no dicen nada sobre sus primeros 23 años, pero consta que a los 24 se casó con Diane Le Nerf, perteneciente a la pequeña nobleza de Lunéville, con quien tendrá diez hijos.
En 1610, año en que Caravaggio es perdonado por sus crímenes y muere a las puertas de Roma, su gran ‘Anunciación’ fue colgada en la catedral de Nancy. Enrique II, duque de Lorena y activo colaborador de la Contrarreforma en estas tierras, la donó a sus súbditos causando impacto en la comunidad artística.
¿Qué rastro deja la vida de un hombre en el siglo XVII? Desde el descubrimiento de La Tour en el siglo XX, contratos matrimoniales, actas de bautismo o documentos judiciales permitieron conocer algo sobre su existencia. Sin embargo, no conocemos nada sobre su formación: ¿dónde, cuándo y con quién aprendió su oficio?
¿En qué modelos se inspiraron sus primeras obras? ¿Bajo qué influencias se construyó su potente tenebrismo? Muchos especialistas consideraron que, al igual que la mayoría de sus contemporáneos loreneses, debió viajar a Roma. Sin embargo, no queda huella de él en las fuentes italianas de la época.
En paralelo, surgió la hipótesis de un viaje a los Países Bajos que permitiría relacionar su estilo con algunos pintores caravaggistas neerlandeses, en particular con aquellos que, tras regresar a Utrecht, habían realizado un viaje a Roma: Hendrick ter Brugghen, Gerrit van Honthorst y Dirk van Baburen.
El estilo y las primeras obras
En sus primeras pinturas: el ‘Anciano’ y la ‘Anciana’ (1618-1619), el realismo de campesinos inspirados en personajes populares con rostros arrugados capturados bajo una luz blanca que proyecta en el suelo sombras recortadas con dureza, indicaban el rechazo de La Tour por un manierismo decadente. En este dúo inicial, seguido por ‘Los comedores de guisantes’ y la serie de ‘Apóstoles’, se perfila como un caravaggista que elige un repertorio de mendigos desfigurados, ciegos o desdentados, arrastrando al espectador hacia una emoción distinta.
Se sabe que era católico, que tenía mal carácter y se comportaba como un terrateniente arrogante, algo difícil de entender si se tiene en cuenta que es uno de los pintores más profundos y espirituales de su siglo. En sus pinturas jamás hubo violencia o vulgaridad, más bien al contrario, todas están impregnadas de una magia interior y un fuego muy personal. Entre la serie de ‘Apóstoles’, San Felipe y Santiago el Menor son, de las cinco atribuidas a Georges de La Tour, las mejor conservadas.
Las figuras de medio cuerpo, datadas entre 1620 y 1625, fuertemente iluminadas desde la izquierda sobre un fondo neutro, se consideran entre sus pinturas más tempranas. Las modestas dimensiones, la rigidez de la disposición de los personajes y la dureza de sus expresiones atestiguan cierta inexperiencia. Sin embargo, los signos que anuncian la grandeza de su obra ya están ahí. Reconocemos a Santiago el Menor por el garrote de abedul de su martirio, el traje de piel curtida y la cicatriz en la cara que dan testimonio de una observación descrita con agudeza casi médica.
La Tour sólo utilizaba cuatro pigmentos y, entre ellos, no estaba el azul. ¿Cómo conseguiría el añil extraordinario de Santo Tomás?
Reconocimiento real y últimos años
Resulta milagroso lo que creó con una paleta tan limitada. En febrero de 1634, tras las conquistas francesas en una Lorena diezmada por la peste, el pintor, como todos los ciudadanos de Lunéville, juró lealtad a Luis XIII. En septiembre de 1638, la ciudad fue incendiada y su taller quedó reducido a escombros.
La familia se refugió en Nancy. Meses más tarde el artista recibió del monarca el título de «pintor ordinario del rey» y, durante seis semanas, se instaló en París alojado en las galerías del Louvre. Figuraba entre los principales pintores dependientes de la Casa Real, como Simon Vouet y, poco después, Nicolas Poussin.
Este entorno favoreció una prestigiosa clientela entre la que destacaba el cardenal Richelieu, para quien pintó un ‘San Jerónimo penitente’, desnudo con un imponente capelo cardenalicio a su lado. La Tour producía numerosas versiones de sus composiciones de éxito, para lo que necesitó rodearse de un importante taller en el que su hijo Étienne ocupó el puesto principal.
‘Los jugadores de dados’ (1640-1652) tiene una pequeña firma en el extremo izquierdo del tablero de la mesa, trazada con letras finas en blanco, es la única en su corpus. En el lienzo, los cuatro jóvenes agrupados alrededor de la mesa y el hombre fumando una pipa, no recibieron el mismo tratamiento. La delicadeza de los rasgos del jugador con una perla en la oreja, su cuello bordado y la cara en plena luz contrastan con la ejecución dura y seca de sus adversarios.
Características de su obra
Tradicionalmente, sus pinturas costumbristas se han calificado de «diurnas», pero su iluminación es abstracta, más inventada que observada. La fuente de luz no se identifica, la atmósfera es neutra, nunca se representa el cielo y tampoco se ven las variaciones de la luz del sol jugando sobre las figuras.
El cuadro ‘La adivina’ (1630), parece evocar al cine más que al teatro. El pintor tomó prestado un esquema compositivo de Caravaggio con personajes de medio cuerpo en un espacio cerrado, dando lugar a una sorprendente escena animada por personajes inmóviles, tratados en planos sucesivos sobre un fondo neutro. Cada uno protagoniza un juego de miradas en esta escena muda.
Igual que Caravaggio, La Tour cultivó la ambigüedad en sus cuadros: ocultaba detalles, se prestaba a múltiples interpretaciones, transfiguraba lo ordinario para convertirlo en sagrado o mostraba lo sagrado encarnándose en lo ordinario dejando al observador el papel de interpretar la obra. ‘La mujer de la pulga’ (1632-1635), sentada, semidesnuda, mirando con concentración sus puños cerrados y sosteniendo un objeto oscuro, dio pie a distintas interpretaciones.
¿Aplastaría una pulga? ¿Sostendría un rosario cuya cruz sobresale ligeramente del puño? ¿Sería un simple retrato, una escena costumbrista o, por el contrario, una imagen de una devoción tan intensa que desató la pregunta: sería La Tour janseanista?
El siglo XVII fue prolífico en iconografía religiosa. Como reacción a la Reforma protestante iniciada por Martín Lutero, la Iglesia romana, reunida en el Concilio de Trento, reafirmó el uso de imágenes piadosas para instruir a los fieles.
¿Qué interpretación daría La Tour desde su aislada Lorena? Instruido en historia bíblica, daba una visión muy personal, lejos de la exuberancia barroca romana, creando escenas cotidianas con una fuerte carga espiritual. El lienzo que representa a una mujer inmensa sosteniendo una vela inclinada sobre un anciano se llamó ‘El prisionero’, hasta que Paul Lafond interpretó el cuenco astillado del primer plano como una clave iconográfica. Se trataba del profeta Job, que se rascaba su úlcera con un fragmento de cerámica.
Para el poeta René Char el cuadro constituyó un símbolo de esperanza y consuelo durante los oscuros momentos de la Ocupación.
Muerte y legado
Georges de La Tour y su esposa murieron de pleuresía, con dos semanas de diferencia, durante la epidemia de 1652. A lo largo de su vida pintó entre 300 y 500 cuadros. Nos han llegado unos 40, más que suficientes para construir una leyenda. André Malraux, ministro de Cultura del general De Gaulle dijo: «La Tour no pinta la oscuridad: pinta la noche.
La noche extendida sobre la tierra, la forma secular del misterio pacificado. Sus personajes no están separados de ella, son su emanación«.













