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¿Existe la obligación de debatir? Reflexiones sobre el estado actual del debate público
La degradación del debate público es evidente. Se invierten horas en tertulias, columnas y discusiones que a menudo se centran en nimiedades. Un colaborador, indignado porque se criticaba la regularización de migrantes por motivos políticos, cuestionaba si no era ridículo, como negar la política misma.
La vehemencia sobre el humo
La sorpresa no es lo ridículo del argumento, sino la vehemencia con que se discuten trivialidades. Se especula sobre lo desconocido, rellenando la conversación con nada. ¿Dónde existe hoy un debate político o cultural de calidad?
Antonio Villareal, en su libro *Tertulianos: un viaje a la industria de opinión en España*, define la tertulia como un fenómeno posmoderno, una conversación inacabada y autorreferencial, donde prevalecen las emociones sobre los argumentos. La realidad supera esta definición, convirtiendo el mundo en una tertulia gigante o un patio de colegio.
El caso Uclés: un síntoma de “tontificación”
La controversia sobre la decisión de David Uclés de no participar en unas jornadas sobre “la guerra que todos perdimos” es un síntoma de “tontificación”. Al derecho a elegir dónde participar parece imponerse la obligación de debatir. Negarse a sentarse a conversar con alguien se tacha de intolerancia o fascismo.
La defensa del debate no debe anular la libertad individual de elegir con quién compartir tiempo y espacio. El revuelo por la decisión de Uclés, de no juntarse con quienes considera antidemócratas, es exagerado. Los debates entre historiadores sobre la pertinencia de las jornadas habrían sido más interesantes.
De la crítica razonable a la violencia verbal
Antes de la polémica, las críticas a Uclés eran razonables. Después, se rompió una veda, desatando una violencia verbal que transformó redes y medios en patios de colegio. Como resumió Gonzalo Torné, las columnas contra Uclés pasaron de ser “divertidas, crueles, lúcidas, resentidas… según” a “formularias, grises, impotentes, desforestadas o de lame-escalafones”. Jordi Amat añadió que escribir sobre Uclés era una prueba de la pereza intelectual.
La no obligación de debatir
¿Existe la obligación de debatir? La respuesta es no. Si tal cosa se instaurara, sería preferible el exilio. Todo este revuelo no ha servido para desarrollar argumentos, sino para definir bandos, manteniendo filias y fobias. Es el estado más decadente, aburrido y embrutecedor de la esfera pública, su versión más acosadora, lamentable e insulsa.
La invención de dramas responde al aburrimiento. Sería conveniente ponerles fin, pues agotan tanto a quienes los inventan como a quienes los sufren.













