Mi compañero de trabajo es falangista (y lo sé desde el principio)

Mi compañero de trabajo es falangista (y lo sé desde el principio)
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Mi compañero de trabajo es falangista (y lo sé desde el principio)

Acabo de empezar un nuevo trabajo en servicios técnicos de ingeniería y asesoramiento técnico. Como no tengo coche ni experiencia previa, me han asignado un compañero que es el típico trabajador con pantalones multibolsillos y forro polar corporativo. Juntos recorremos campos, pueblos y ciudades de la geografía española en su furgoneta.

En realidad, solo hemos ido a Cartagena y San Javier a hacer levantamientos topográficos. El trabajo es sencillo y hago planos de colores que sirven para que otros técnicos hagan intervenciones sobre el terreno. Esta semana he descubierto que los cascos de obra me quedan bien y que, escuchando la Cope a diario, me extraña que mi compañero no haya puesto ya una bomba en alguna parte.

La situación es complicada porque entre Carlos Herrera, los comentarios de mi compañero sobre “putos comunistas”, conducir con las rodillas mientras manda mensajes y maldecir a los demás conductores, yo me limito a liar cigarrillos y mirar por la ventana. Me pregunto qué hago yo con un chaleco reflectante al lado de un tipo con un grupo de WhatsApp de Vox que me dice que Abascal es un “maricón” y que esta vez va a votar a la Falange.

Pero, increíblemente, el tipo me cae bien. No me queda otra que llevarme bien con él. Sé que no debo confraternizar con alguien que me atacaría si supiera que escribo en este periódico, pero no tengo alternativa. Además, dejando de lado lo obvio, es agradable.

Culpa de Abascal

El otro día, me preguntó por mi ideología política. Le contesté que llevaba sin votar desde las europeas de 2014, prefiriendo mentir a discutir. Él me dijo que hay que votar, aunque sea a “esos rojos de mierda”.

“Yo ahora voy a votar a la Falange”, me dijo. Le respondí que hacía muy bien en votar a la Falange, aunque sé que Falange conseguirá un diputado el día en que yo consiga cinco. Le dije que la política me daba igual, pero que me preocupa el clima de odio. “Sí, tío”, me contestó. “A mí también me preocupa, pero la culpa es del gobierno de mierda que hay ahora, que lo está dejando todo hecho polvo”.

Le dije que este gobierno no es de mi agrado, pero que creo que el problema del odio lo está generando Vox. “Creo que se están pasando de frenada”, le dije, y le di ejemplos de cómo están montando escándalos por tonterías.

No sé cómo lo hice, pero acabó dándome la razón. “Ya te digo que a mí no me está gustando nada Vox, y yo estoy a la derecha de la extrema derecha, ¿eh?, pero no me están gustando”, y hablamos largo y tendido de que se nos está olvidando lo que fue la guerra civil. Incluso conseguí que me dijera que los suyos fueron peores que los míos. Hablamos también de lo terrible que sería tener aquí lo que sucede en Estados Unidos; su opinión es que aquí no ocurrirá.

Le dije que allí pensaban lo mismo y también me dio la razón. Entretanto, vi cómo se estaba tratando de crucificar a David Uclés por no asistir a las jornadas de Pérez-Reverte y pensé que criticar a Uclés por algo que no sea su prosa soporífera y su cuestionable visión del realismo mágico es estar en el lado incorrecto de la historia.

La radicalización no siempre es evidente

Llegué a casa pensando que el problema nunca ha sido mi compañero, sino la idea de que la radicalización es siempre ruidosa e identificable. No lo es.

A veces va en furgoneta blanca, escucha a Carlos Herrera, insulta en la A-30, desayuna cerveza y un bocadillo de lomo y, sin embargo, es capaz de mantener una conversación razonable si nadie le grita consignas al oído. El problema no es ese votante que duda y se contradice. El problema es quien ha decidido tensar la cuerda hasta que tipos así -que ya están a la derecha del mapa- empiecen a sentir que Vox se les queda corto, que no odia lo suficiente, que no aprieta lo bastante el acelerador.