
El Impacto de los Franciscanos en el Desarrollo Urbano de Castilla en la Baja Edad Media
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El siglo XIII representó una transformación profunda para la iglesia occidental, propulsada por cambios económicos y sociales que desplazaron el eje del mundo rural a la ciudad. En este escenario, órdenes como los franciscanos y dominicos adaptaron su labor pastoral al floreciente entorno urbano. A diferencia de los monjes tradicionales, que buscaban el aislamiento, estos frailes se adentraron en el corazón de las ciudades para atender a una población con nuevas inquietudes espirituales. La evolución del paisaje urbano castellano se refleja en el estudio “Los conventos franciscanos y su relación con la estructura urbana, la red de ciudades y la jerarquización del poblamiento en la Castilla de los siglos XIII al XV”, del historiador José María Miura Andrades.
En su investigación, Miura Andrades analiza cómo la orden de San Francisco no se limitó a la oración, sino que se convirtió en un elemento clave para entender el crecimiento y la jerarquía de las ciudades en la Corona de Castilla durante la Baja Edad Media.
El surgimiento de los franciscanos y su rápida expansión por Europa es un fenómeno notable. En Castilla, la presencia de la orden se basa en la leyenda del viaje de San Francisco a la península ibérica entre 1213 y 1214, utilizando el Camino de Santiago como eje de sus primeros asentamientos.
De la periferia al centro: la evolución de los conventos franciscanos
Lo que comenzó como una etapa inicial de pequeños oratorios en lugares como Burgos, Salamanca o Toledo, pronto se transformó en una red de conventos estables gracias al respaldo papal. Un aspecto interesante es cómo estos frailes cambiaron su ubicación a medida que ganaban influencia. Inicialmente, se establecían en zonas periféricas o arrabales, pero con el tiempo se trasladaron al interior de los recintos amurallados o fueron integrados por el crecimiento de la ciudad.
Casos como los de León, Burgos o Valladolid ilustran este movimiento desde los márgenes hacia el centro neurálgico del mercado y la vida social.
El estudio revela que la expansión no fue uniforme en todo el territorio. Mientras que en el norte de la Meseta la aparición de conventos fue un proceso “natural” vinculado al auge del comercio, en el sur peninsular (Andalucía y Murcia) fue una estrategia de repoblación. En las tierras recién conquistadas a los musulmanes, la fundación de conventos servía para atraer a nuevos pobladores cristianos y consolidar el dominio castellano.
Durante el siglo XIV, el ritmo de fundación disminuyó, pero ganó prestigio gracias al apoyo de la realeza y los grandes linajes nobles. Reyes como Alfonso XI o Pedro I promovieron conventos en ciudades como Algeciras o Jaén, mientras que familias como los Velasco consolidaban su poder fundando centros en sus señoríos. Estos edificios ya no eran simples chozas, sino “mansiones” que reflejaban el estatus de sus protectores.
Tensiones internas y la reforma observante
El éxito generó tensiones internas que condujeron a la reforma observante del siglo XV.
Surgió una “bipolarización ideológica” entre un franciscanismo urbano, más cercano a la riqueza de los templos ciudadanos, y otro rural que buscaba la pobreza extrema en eremitorios aislados. Esta búsqueda del “desierto” se extendió por regiones como Galicia, Extremadura y Andalucía, creando una red paralela de vida contemplativa. A finales de la Edad Media, la geografía franciscana reflejaba la importancia de cada núcleo urbano.
En 1504, la orden estaba presente en casi todos los centros comerciales y sedes episcopales de primer orden, aunque ciudades como Cádiz o Sigüenza aún carecían de presencia franciscana masculina. La consolidación definitiva llegó con el cardenal Cisneros, quien unificaría las distintas corrientes bajo la observancia.
En resumen, la historia de los franciscanos en Castilla es la historia de sus ciudades. Desde su papel como receptores de inmigrantes rurales en los arrabales hasta su transformación en custodios de la conciencia urbana, esta orden actuó como arquitecto espiritual de la red urbana castellana.
Su legado perdura no solo en los grandes templos que aún se pueden visitar, sino en la estructura misma de muchos cascos históricos. Visitando los centros neurálgicos de algunas de las ciudades más importantes de aquella época, se puede intuir que muchos conventos franciscanos fueron como las semillas de un urbanismo planificado. Allí donde se plantaba una casa de oración, la ciudad crecía a su alrededor, extendiendo las murallas para acoger a quienes habían llegado primero con la misión de servir a los más pobres.