La caída silenciosa de los símbolos

La caída silenciosa de los símbolos
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La caída silenciosa de los símbolos

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Hace no mucho, la simple fisura en un monumento emblemático habría desatado un debate global sobre el estado de la civilización. Hoy, la mera erosión de los símbolos ya no es suficiente para captar la atención. Se requiere la espectacularidad del desastre, la inmediatez de la destrucción transmitida en vivo y en directo.

La espectacularización de la destrucción

La caída de un adorno floral de bronce desde la Giralda, un evento que afortunadamente no causó víctimas, apenas generó interés. No hubo el dramatismo necesario para alimentar el ciclo informativo.

La falta de villanos, de culpables a quienes señalar, restó valor noticioso al suceso. El viento y el paso del tiempo, factores impersonales, no son atractivos para el público.

Nos hemos acostumbrado a reaccionar ante el cataclismo, a ignorar las señales de advertencia. El incendio atrae más que la grieta, el descarrilamiento más que la erosión silenciosa. Esta tendencia nos lleva a descuidar los procesos graduales de deterioro, priorizando la espectacularidad del instante.

El banquete de la controversia

Parece que nos alimentamos del escándalo, la pelea y la fractura.

El miedo nos excita, la espuma ideológica nos mantiene ocupados. Pero cuando un símbolo histórico como la Giralda sufre un desprendimiento sin consecuencias trágicas, la noticia se diluye rápidamente en el torrente de información.

Seguimos esperando la próxima gran catástrofe para poder opinar, para que nuestra voz sea tenida en cuenta. Solo lo espectacular parece legitimar la emoción. El símbolo solo importa cuando su destrucción es televisable.

La inquietante indiferencia

Las flores de la Giralda cayeron al suelo derribadas por la tormenta y el mundo apenas miró unos segundos.

Quizá eso, precisamente eso, sea lo más inquietante de todo.