¿Por qué nos disfrazamos en Carnaval? El origen pagano de una tradición milenaria

¿Por qué nos disfrazamos en Carnaval? El origen pagano de una tradición milenaria
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¿Por qué nos disfrazamos en Carnaval? El origen pagano de una tradición milenaria

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Cada año, entre febrero y marzo, gran parte de Europa se sumerge en el Carnaval, una festividad donde los disfraces, la sátira y el desenfreno toman las calles. Pero, ¿cuál es el origen de esta costumbre arraigada en tantas culturas?

Un pasado pagano

Contrario a lo que se podría pensar, el Carnaval no nació como una celebración cristiana. Los historiadores coinciden en que sus raíces son mucho más antiguas, remontándose a festividades paganas de hace unos 5.000 años.

Las primeras manifestaciones se encuentran en celebraciones invernales de Sumeria y Egipto, relacionadas con el fin del ciclo agrícola. Eran fiestas de cierre de cosecha y de anticipación a la renovación de la naturaleza, donde el desorden, los excesos y la suspensión temporal de las normas ya estaban presentes.

Posteriormente, los griegos honraban a Dionisio, dios del vino y la fertilidad, mientras que los romanos hacían lo propio con Baco, dando lugar a las famosas bacanales, días de permisividad y desenfreno.

La Edad Media y la adaptación cristiana

Con la expansión del cristianismo, estas festividades no desaparecieron, sino que se transformaron. La Iglesia las absorbió y las ubicó estratégicamente antes de la Cuaresma.

El nombre “Carnaval” proviene del latín “carnem levare”, que significa “quitar la carne”. Era la última oportunidad para disfrutar de los placeres antes del ayuno y la abstinencia que comenzaban con el Miércoles de Ceniza.

El disfraz como protección

Durante los días previos a la Cuaresma, todo estaba permitido: comer en exceso, beber, burlarse del poder y romper jerarquías sociales. Sin embargo, volver a la normalidad después de tal desenfreno presentaba un desafío.

La solución fue el anonimato. Cubrirse el rostro, cambiar de identidad y esconder quién eras. El disfraz no era un simple adorno, sino una protección que permitía decir y hacer lo que estaba prohibido el resto del año sin consecuencias.

Por esta razón, en muchos carnavales europeos tradicionales se intercambian roles sociales, se ridiculiza a la autoridad, se exageran el cuerpo y el sexo, y se juega con lo grotesco y lo excesivo. Durante unos días, el mundo se pone al revés antes de volver a su lugar.

Una válvula de escape social

El Carnaval no es solo una fiesta, sino una válvula de escape social que permite liberar tensiones, cuestionar el orden establecido y asumir que el caos, en su justa medida, es parte de la sociedad.

Quizás por eso ha sobrevivido durante milenios, cambiando de forma pero no de fondo. Hoy, aunque ya no nos disfracemos para protegernos de la Inquisición, seguimos usando máscaras para jugar a ser otros, aunque sea por unas horas.

En esencia, el Carnaval sigue cumpliendo su función original: recordarnos que el orden absoluto es insostenible y que, de vez en cuando, es necesario disfrazarse para decir algunas verdades.