
EL LUGAR MÁS SILENCIOSO DEL MUNDO: ¿TERAPÉUTICO O PERTURBADOR?
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Vivimos inmersos en un mar de ruido constante: motores, voces, electrodomésticos, notificaciones, pasos, zumbidos eléctricos. El sonido se ha convertido en un telón de fondo permanente de nuestra vida cotidiana. Precisamente por eso, la ausencia total de sonido puede resultar una experiencia sorprendente e incluso perturbadora.
Existe un lugar en el planeta donde el silencio es tan absoluto que desafía nuestra percepción y puede generar sensaciones inesperadas. Se encuentra en Estados Unidos y ha sido reconocido por el Libro Guinness de los Récords como **el lugar más silencioso del mundo**.
El silencio llevado al extremo
Esta peculiar habitación se encuentra en los **Orfield Laboratories**, en Minneapolis, y registra un nivel de ruido de **-24,9 decibelios**. Para ponerlo en perspectiva, una biblioteca silenciosa ronda los 30 decibelios positivos. Aquí, el silencio es tan profundo que se sitúa muy por debajo del umbral de percepción habitual.
La cámara anecoica de Orfield Laboratories está diseñada como una estructura arquitectónica compleja. Una estructura exterior de hormigón y acero alberga una habitación interior aislada, suspendida sobre muelles gigantes para absorber cualquier vibración. El suelo no es sólido, sino una rejilla suspendida, y las paredes, el techo y el suelo están cubiertos de enormes cuñas de fibra de vidrio que absorben el sonido. No hay eco, ni rebote.
Cuando el cuerpo se convierte en ruido
Al entrar en esta cámara, la primera impresión no es el silencio, sino la aparición de nuevos sonidos. Las personas que han experimentado este entorno describen una sensación inquietante: comienzan a escucharse a sí mismas. Perciben el flujo de la sangre, el parpadeo de los ojos, la respiración amplificada, pequeños zumbidos internos que antes pasaban desapercibidos.
Steven J. Orfield, fundador del laboratorio, lo resumió con la frase: **”En la cámara anecoica, tú te conviertes en el sonido”**.
El cerebro humano no está preparado para la ausencia total de estímulos. Tras unos minutos, algunas personas pierden el equilibrio, se desorientan y experimentan una sensación intensa de incomodidad. No es miedo, sino una saturación mental provocada por el vacío sonoro.
El mito de la resistencia al silencio
Durante años, circuló la historia de un periodista que supuestamente resistió **45 minutos** dentro de la cámara, estableciendo un límite humano. El propio Orfield admitió no haber superado los 30 minutos, ya que comenzaba a experimentar alucinaciones. Esta anécdota alimentó la idea de que nadie podía soportar más tiempo sin “perder la cabeza”.
Sin embargo, la ciencia ofrece una perspectiva menos dramática. Experimentos de privación sensorial realizados en el pasado mostraron efectos como estrés, desorientación temporal y confusión cognitiva, pero no un límite fisiológico claro. Años después, la periodista Caity Weaver permaneció **tres horas** en la cámara, saliendo incómoda y agotada, pero sin sufrir efectos psicológicos graves.
¿Cuál es la utilidad de un lugar así?
Paradójicamente, estas cámaras no se construyen para estudiar el silencio, sino el sonido. En Orfield Laboratories se analizan desde motores de motocicletas hasta el ruido mínimo de dispositivos electrónicos. Empresas tecnológicas, fabricantes industriales e incluso el sector aeroespacial utilizan estas salas para medir el sonido de sus productos, o para identificar y eliminar ruidos no deseados.
También se utilizan para entrenar a astronautas, que deben acostumbrarse a la ausencia casi total de estímulos sonoros en el espacio, y para investigar los efectos del ruido en la salud humana.
El silencio no siempre cura
En el Día Mundial de los Sonidos Curativos, solemos pensar en música suave, frecuencias relajantes o paisajes sonoros naturales. Sin embargo, la experiencia de la cámara anecoica demuestra lo contrario: **el silencio absoluto no es terapéutico**, sino antinatural. El oído no descansa, el cerebro se inquieta.
Quizás la lección sea más sencilla. No necesitamos eliminar el sonido, sino aprender a escucharlo. Porque cuando el ruido desaparece del todo, lo que emerge somos nosotros mismos. Y no siempre estamos preparados para tanto silencio.













