UNA CARTA DESDE EL MÁS ACÁ: RESPUESTA A CARLOS HERNÁNDEZ

UNA CARTA DESDE EL MÁS ACÁ: RESPUESTA A CARLOS HERNÁNDEZ
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UNA CARTA DESDE EL MÁS ACÁ: RESPUESTA A CARLOS HERNÁNDEZ

Foto: Archivo – Todos los derechos reservados

Días antes de su partida, un grupo de individuos se dedicó a acosar, insultar y humillar al autor, buscando desacreditar su trabajo como escritor. A pesar de minimizar el impacto, reconoce que lograron afectar el dique que había construido para protegerse del odio, admitiendo haber vivido días angustiosos.

Aunque no leyó directamente los ataques, sus conocidos le informaban de ellos. Le dolía más el impacto que estos tenían en sus allegados que el dolor propio. Durante tres semanas, la tristeza se acumuló en el centro de una diana no deseada, generando una sensación de impotencia y malestar.

Siempre ha podido llorar con facilidad, pero con el paso de los años le cuesta más. El dolor se le atragantaba, hasta que dos días después de la muerte de Carlos Hernández, recibió su carta póstuma.

Un torbellino de emociones

Las palabras de Carlos Hernández le provocaron un torbellino de sensaciones: desánimo, incomprensión ante la existencia, ánimo para seguir luchando y alegría al saberse vivo. Sin embargo, las lágrimas no brotaron en ese momento.

Decidió instalar Facebook en su teléfono para ver las últimas publicaciones de Carlos. Al buscarlo, sintió un estremecimiento al ver la sugerencia de amistad. Apartó el teléfono, abrumado por la cantidad de mensajes de desconocidos y por no haber visto antes la solicitud. Sintió la necesidad de aceptar la solicitud, deseando que Carlos lo supiera, y anhelando volver atrás en el tiempo. Finalmente, leyó su muro.

En sus dos últimas publicaciones, apenas dos días antes de su muerte, descubrió que Carlos lo había defendido y apoyado ante las críticas, respaldando su decisión de no asistir a las jornadas de Sevilla.

El llanto liberador

Ante la imposibilidad de agradecerle, la respiración se le dificultó y abandonó el vagón. Se sentó en un escalón del tren, cubriéndose con la boina, buscando ocultarse del mundo, y finalmente lloró.

Lloró como un niño, durante gran parte del trayecto.

Aún afectado, llamó a un amigo en común, el historiador Arcángel, y volvió a leer la carta de despedida de Carlos. Esta vez, el llanto fue tan intenso que el tren pareció dejar un rastro de barro.

Un legado imborrable

Ha dedicado los últimos dos años a defender la objetividad frente a la neutralidad, y la empatía ante la libertad, valores que Carlos Hernández defendió a lo largo de su vida. Ahora se siente más capaz y animado. La carta de Carlos se convierte en una especie de juramento hipocrático, un faro cívico y humano que colgará en casa para tener presente, compartiéndola como un evangelio sensato. Pensará en Carlos cada vez que flaqueen sus fuerzas.

Su cuerpo murió, pero su luz sigue presente.

Gracias, amigo.

Ahora ya nos conocemos los dos.