
Grazalema respira aliviada tras 11 días de incertidumbre: "Creíamos que el pueblo se hundía
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Más de 1.300 viviendas en Grazalema, Cádiz, han recuperado la normalidad tras el riesgo de corrimientos de tierra provocado por un reciente temporal. Vecinos y negocios se esfuerzan por reconstruir su vida cotidiana después de días de angustia.
El Regreso a Casa
Catalina no puede contener las lágrimas al entrar en su hogar. “No me lo termino de creer”, expresa. La calle Laguneta, como el resto del pueblo, intenta recuperar la normalidad tras once días de silencio. Junto a su esposo, Luis, Catalina permaneció desalojada en Ronda (Málaga), agradecida por el apoyo recibido, pero anhelando regresar a su hogar.
Este lunes, los técnicos dieron luz verde al retorno de los vecinos, después de que el 5 de febrero ordenaran la evacuación completa del pueblo ante el riesgo de hidrosismos y deslizamientos, causados por la gran cantidad de agua filtrada en la roca kárstica sobre la que se asienta Grazalema. Los 1.600 habitantes abandonaron apresuradamente sus casas, temiendo que el pueblo entero pudiera desaparecer bajo el agua.
Un Retorno Gradual
Bajo el sol, el lunes fue un día de reencuentros graduales. Los grazalemeños regresaron en coches particulares, taxis y autobuses. La mayoría accedió por la carretera de Gaidovar, ya que la A-372 aún permanece cerrada. Por la tarde, el pueblo aún parecía desierto, con la presencia de guardias civiles, policías locales y periodistas. El realojo, supervisado por las autoridades, comenzó después de las cuatro de la tarde y concluyó a las seis.
A pesar de que más de 1.300 viviendas estaban listas para ser habitadas, el retorno no fue masivo. “El pueblo huele raro, como a humedad”, comentaba una vecina en la plaza del Ayuntamiento, saludando a los conocidos.
Margarita, abrazando a un familiar, relata: “Por la cabeza nos ha pasado de todo, incluso el apocalipsis. Algunos creían que el pueblo se había hundido, por eso da tanta alegría ver que todo está bien”.
Reencuentros y Rutina
El regreso fue lento. Muchos vecinos se detenían en la puerta de sus casas, observando fachadas y ventanas antes de entrar. El gesto común era abrir balcones y ventilar once días de silencio, humedad e incertidumbre.
Juan, quien pasó este tiempo en un pequeño piso familiar, explica: “Hemos estado bien dentro de lo que cabe, pero echábamos de menos esto, porque esto es nuestro pueblo”. La preocupación creció durante el desalojo. “Cuando te dicen que te vayas y pasan once días sin volver, piensas que ha pasado algo raro. Mucha gente imaginó lo peor. Pero ahora lo que ves es alegría. Sonrisas, abrazos… volver a la rutina era lo que queríamos todos”.
La escena se repetía en cada esquina: saludos largos, conversaciones interrumpidas por otros vecinos. Nadie hablaba de daños materiales, sino de personas. El alivio era la prioridad.
La Recuperación Económica
Los negocios también volvieron a abrir. Francisco subió la persiana de su bar, El Copeo, esperando recuperar lo perdido durante los días de cierre. “Vuelve el negocio y a ver qué nos encontramos. No sé cuánto hemos perdido en estos días fuera, pero una cantidad alta. Espero que pronto se le quite el miedo a la gente y vuelvan a visitarnos como antes”. Afortunadamente, algunos turistas ya se aventuraban a visitar el pueblo.
Memoria Histórica
Un vecino veterano recordó historias heredadas: “Ya pasó en el año 63, mi padre lo contaba. Cuando dicen que hay que irse, hay que hacerlo. Vivimos encima de una piedra”. Esta frase resume la convivencia con la sierra: el terreno sostiene, pero también obliga a evacuar cuando se satura.
Desafíos Pendientes
No todos han podido regresar. Algunas viviendas en la calle Corrales Terceros permanecen precintadas, y algunos vecinos solo han vuelto para recoger objetos personales. La normalidad tardará más en llegar para ellos. En otras casas faltaba la electricidad, y técnicos municipales revisaban los contadores para restablecer el suministro antes de la noche.
Antes del desalojo, el agua brotaba de la tierra, salía de los azulejos, manaba de los enchufes y se filtraba por las paredes. Algunos dueños incluso tuvieron que agujerear los muros para evitar que se derrumbaran por el peso del agua.
El Ayuntamiento también sufrió daños en su planta baja y habilitará dependencias alternativas mientras se reparan los espacios afectados. En la fachada, dos pancartas dan la bienvenida a casa y agradecen la ayuda recibida, un mensaje que resume once días de solidaridad.
Volviendo a la Normalidad
Al caer la tarde, los sonidos cotidianos volvieron a escucharse: escobas barriendo barro seco, puertas abriéndose y cerrándose, televisores encendiéndose. No había euforia, sino una tranquilidad serena al comprobar que la vida seguía donde se había interrumpido.
Catalina, después de ordenar su casa, dice sorprendida: “Está igual”. En Grazalema, el acontecimiento extraordinario no es la catástrofe ni el regreso, sino la recuperación de la rutina. Después de once días de desalojo, quedarse vuelve a ser lo más importante.
La Guardia Civil mantiene una vigilancia reforzada en Grazalema, especialmente en las zonas donde el retorno no ha sido posible. Solo una docena de familias han decidido permanecer fuera hasta organizar su traslado.













