
¿Deberías quitarte los zapatos al entrar en casa? La ciencia responde
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Quitarse los zapatos al llegar a casa es un hábito que muchas personas practican de forma casi inconsciente, ya sea por tradición familiar o por comodidad. Sin embargo, en los últimos años, la creciente preocupación por la higiene del hogar ha puesto de relieve la importancia de este sencillo gesto en la calidad del aire que respiramos dentro de nuestras casas.
El calzado: un vehículo de contaminantes
A lo largo del día, nuestros zapatos recorren aceras, estaciones de metro, terrazas, parques y baños públicos, acumulando una gran cantidad de suciedad y contaminantes.
Estudios sobre la calidad ambiental en interiores revelan que una parte importante del polvo doméstico proviene del exterior y entra en nuestros hogares adherido a las suelas de los zapatos, la ropa e incluso el pelaje de las mascotas. Este polvo puede contener polen, partículas de la combustión de vehículos, fragmentos de asfalto, metales pesados y residuos químicos.
Una vez dentro, estas partículas se depositan en el suelo, se incrustan en las alfombras o se acumulan en las esquinas. Al caminar o sacudir una manta, se levantan y vuelven a formar parte del aire que respiramos, afectando especialmente a bebés que gatean, niños que juegan en el suelo y personas con alergias o asma.
Más bacterias que en el inodoro
Un estudio del microbiólogo Charles Gerba, de la Universidad de Arizona, reveló que las suelas de los zapatos pueden albergar una gran cantidad de bacterias. En su investigación, se analizaron zapatos nuevos utilizados por voluntarios durante dos semanas, y se encontró que cada zapato contenía, en promedio, más de 400.000 bacterias en su superficie exterior, superando la cantidad de bacterias que se encuentran en el asiento de un inodoro.
Entre los microorganismos detectados se encontraba *Escherichia coli*, asociada a infecciones intestinales y urinarias, así como otras bacterias coliformes, indicadoras de contacto con materia fecal. Además, se demostró que estas bacterias se transfieren fácilmente del zapato al suelo interior, integrándose en el ecosistema doméstico.
Si bien esto no significa que cada casa se convierta en un foco de infección, los datos demuestran que el calzado actúa como un vehículo de transporte de bacterias y contaminantes desde el exterior hacia el interior del hogar. Reducir este tránsito puede disminuir la carga total de partículas y microbios presentes en el ambiente doméstico.
Una costumbre en auge
En países como Japón o Corea del Sur, quitarse los zapatos al entrar en casa es una costumbre arraigada. En España, aunque no es tan común, cada vez más personas se están replanteando este gesto, especialmente a partir de la pandemia.
Cuando los zapatos de la calle no pisan el salón ni los dormitorios, el suelo se mantiene limpio por más tiempo, se acumula menos arenilla en las esquinas, las alfombras tardan más en ensuciarse y no es necesario aspirar con tanta frecuencia. Este cambio puede ser especialmente notable en ciudades con tráfico intenso o en zonas donde el polvo se levanta con facilidad.
Crear un espacio para los zapatos
No es necesario transformar la casa para incorporar esta costumbre. Basta con reorganizar la entrada, colocando un zapatero en el recibidor, incluso si es estrecho. Si además hay un pequeño banco o una silla donde sentarse, el gesto resulta más cómodo, especialmente para personas mayores o para quienes llegan cargados con mochilas y bolsas de la compra. Un felpudo en la puerta exterior también ayuda a retener la suciedad antes de entrar.
Tener zapatillas para usar exclusivamente en el interior de la casa facilita el cambio de calzado. El zapatero, en este sentido, no es solo un elemento decorativo o de almacenamiento, sino un recordatorio físico de esta costumbre y una barrera entre la calle y el espacio privado.
Además, quitarse los zapatos marca una frontera entre el exterior y el interior, entre la vida en la ciudad y la intimidad del hogar, y permite liberar los pies tras horas de calzado cerrado, haciéndonos sentir más cómodos.
No se trata de convertir esta práctica en una obsesión, ya que la exposición a microorganismos forma parte de la interacción normal con el entorno y contribuye al desarrollo del sistema inmunitario. El objetivo es limitar la entrada innecesaria de partículas contaminantes que podrían evitarse con medidas simples.












