
Memorias de un excéntrico: La infancia de Lord Berners revelada
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Gerald Hugh Tyrwhitt-Wilson, el decimocuarto barón Berners, inmortalizado en una famosa fotografía tomando el té con un caballo blanco en su mansión, Faringdon House, fue un personaje excéntrico que inspiró a figuras como Nancy Mitford. Su autobiografía, iniciada con “Primera infancia”, revela un niño solitario y sensible, lejos del dandi que se podría esperar.
“Primera infancia”, el primer volumen de su tetralogía autobiográfica, desmitifica la imagen del aristócrata para presentar a un niño que se adapta a un entorno que siente ajeno a través de la observación y la imaginación.
Sorprende la universalidad de su experiencia, similar a la de cualquier joven poco inclinado a los deportes y a las relaciones sociales, narrada con contención, autoironía y una sutil crueldad, características de la mejor tradición memorialística inglesa.
El entorno familiar y la escuela: Un choque de mundos
El libro abarca desde el primer recuerdo consciente de Berners hasta sus primeros trimestres en Elmer, el internado al que fue enviado por su madre para “hacer de él un hombre”. Se describe a sí mismo como la oveja negra de una familia obsesionada con la masculinidad victoriana, donde el deporte era fundamental y el arte se consideraba un defecto.
En su memoria destacan dos abuelas de religiosidad opuesta, una prima siniestra y el ama de llaves que le abrió las puertas a la fantasía.
El contraste entre la comodidad del hogar y la dureza del internado se personifica en la figura del señor Gambril, el director sádico. Berners recrea la atmósfera severa, pero también destaca las bromas, los experimentos y los descubrimientos, desde Julio Verne y el hipnotismo hasta el primer amor.
Las anécdotas se entrelazan con retratos incisivos de profesores y compañeros, observados con una lupa que alterna implacabilidad y afecto, convirtiendo el internado en un pequeño teatro humano.
Una mirada mordaz a la infancia
Berners rememora esos años con una prosa mordaz, pero siempre permeable a la mirada infantil. Esta mezcla de disparate y lucidez recorre el libro, que advierte: “No hay razón para suponer que la infancia sea necesariamente más feliz que cualquier otra etapa”.













