CUENTAS PENDIENTES

CUENTAS PENDIENTES
Imagen de archivo: https://www.eldiario.es/

CUENTAS PENDIENTES

Foto: Archivo – Todos los derechos reservados

Esta semana se cumplen cuatro años desde la publicación de mi primer artículo de opinión, entrevista, crónica, reportaje y noticia. Había terminado la universidad hacía ocho meses y conseguí mi primer trabajo como analista de datos espaciales en una empresa marcada por la corrupción.

El primer sueldo amortizó mi educación y parecía que, manteniendo el puesto, pronto podría comprar una casa. Quizás incluso un coche. A cambio, debía pasar doce horas diarias frente a un ordenador, tragando contratos fastuosos conseguidos a base de sobornos y lidiando con una depresión que me consumía.

La vocación perdida

Podría haber trabajado en otro lugar, pero ganaba más que mis padres juntos y podía ir andando al trabajo. Tenía principios, pero también fines: jubilarme pronto y ayudar a mis padres. Recordé una conversación con mi madre en 2014, cuando le dije que quería escribir. Ella me disuadió. No la culpé, pero el peso de la vocación perdida empeoraba mi depresión.

Han pasado cuatro años desde que envié mi primer artículo de opinión y recibí un “me ha encantado”, seguido de la propuesta de escribir semanalmente. Esta es mi columna número 298 y mi artículo periodístico número 354. No me arrepiento de ninguno, pues mi vida cambió para siempre desde el primero.

De camarero a escritor

Después de ser camarero, reponedor, cajero, profesor, jugador de póker, vendedor, captador de socios de ONG, ferretero, albañil, delineante y vendedor de productos cannábicos, por fin era escritor. Descubrí que ser escritor significa levantarse cada mañana sin saber si podrás pagar el alquiler, pero sentarte a escribir como si de ese gesto dependiera la estabilidad del mundo.

Descubrí que no hay horarios y que una frase mal cerrada puede perseguirte durante días. También descubrí lo que era vivir a crédito.

Libertad y disciplina

Descubrí que la libertad tiene un precio y que escribir es aceptar que habrá días sin nada que decir, pero aun así debes decir algo. Que la inspiración es disciplina, pero no siempre basta. Que convertir la vocación en oficio implica degradar su pureza.

Que cada experiencia, incluso la más íntima, es sospechosa de convertirse en un párrafo. Que uno ya no vive del todo lo que vive, sino que lo observa con la distancia del que calcula si aquello servirá para una columna futura.

La oportunidad inesperada

Pasan los años y asumes que ciertas cosas no ocurrirán, como recibir un mensaje de un editor proponiéndote escribir un libro. Pero ocurre. Un día te levantas y tienes ese mensaje en tu bandeja de entrada. Descubres que te acaba de pasar justo eso que no pasa nunca.

Entiendes que la oportunidad llega cuando ya no queda margen, cuando necesitas liquidez desesperadamente. Descubres que en este oficio los sueños no se cumplen cuando estás preparado, sino cuando ya no puedes permitirte cumplirlos.