
La desigualdad: un desafío global que exige acción
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La desigualdad ha escalado posiciones hasta convertirse en un tema central en el debate político. Este cambio refleja un reconocimiento creciente de que la desigualdad ya no es un problema marginal, sino un desafío estructural que afecta a economías avanzadas y países en desarrollo por igual.
Durante mucho tiempo, se consideró la desigualdad como un problema ajeno a Europa, relegado a Estados frágiles en el Sur Global, carentes de instituciones sólidas o protección social. Se enmarcó como una cuestión de desarrollo, en lugar de una característica intrínseca de la economía mundial.
La desigualdad en Europa: una realidad innegable
Sin embargo, esta perspectiva ya no es sostenible. La desigualdad, especialmente la desigualdad de riqueza, está transformando las economías y distorsionando los sistemas políticos en toda Europa. Si bien el modelo social europeo sigue siendo uno de los más protectores a nivel global, enfrenta presiones cada vez mayores.
La concentración de la riqueza ha aumentado en muchas economías avanzadas, mientras que los mercados inmobiliarios se han vuelto menos accesibles para las generaciones más jóvenes. Persisten divisiones territoriales entre regiones metropolitanas dinámicas y zonas rezagadas, y la movilidad intergeneracional, que antes era un sello distintivo de la promesa europea, se ha desacelerado.
Más allá de la brecha entre ricos y pobres
El problema no se limita a la diferencia entre ricos y pobres. Se trata de la creciente concentración de activos, influencia y oportunidades. Cuando una proporción cada vez mayor de la riqueza proviene de activos financieros e inmobiliarios en lugar de actividades productivas, los incentivos pueden distorsionarse.
Los trabajadores más jóvenes se enfrentan a empleos precarios y a un acceso tardío a la vivienda, lo que afecta las tasas de fertilidad, los patrones de consumo y el crecimiento a largo plazo. Además, cuando los ciudadanos perciben que las reglas económicas son injustas, la confianza disminuye.
El nivel de concentración de la riqueza observado actualmente en varias economías avanzadas puede traducirse en una influencia política desproporcionada. Cuando una parte significativa de la riqueza nacional está en manos de un segmento reducido de la sociedad, también se vuelve desigual la capacidad de influir en el debate público, los resultados legislativos y las prioridades políticas.
El impacto de la tecnología
Los cambios tecnológicos añaden otra dimensión a estas presiones. Los avances en inteligencia artificial y digitalización ofrecen importantes beneficios potenciales en productividad e innovación. Sin embargo, sin las políticas adecuadas, estos beneficios pueden recaer de manera desproporcionada en los dueños de capital y en los trabajadores altamente calificados, lo que puede exacerbar las disparidades existentes entre regiones, empresas y grupos sociales.
La necesidad de una acción coordinada
Europa cuenta con las herramientas políticas necesarias para abordar la desigualdad. Sin embargo, estas herramientas requieren una coordinación cada vez mayor más allá de las fronteras nacionales. El capital se mueve con facilidad entre jurisdicciones, pero los sistemas fiscales no. Los modelos de negocio digitales operan sin problemas en todos los mercados, a menudo superando los marcos regulatorios.
Sin cooperación en impuestos a las corporaciones, transparencia financiera y tratamiento de la riqueza transfronteriza, los países se enfrentan a limitaciones estructurales. Por lo tanto, los recientes esfuerzos de coordinación europea e internacional en materia de fiscalidad mínima de las empresas son esenciales para preservar la integridad de nuestras economías y sociedades.
Un panel internacional sobre la desigualdad
La propuesta de crear un Panel Internacional sobre la Desigualdad marca un punto de inflexión, pasando de un debate fragmentado a una cooperación estructurada. Este panel ofrece una forma práctica de multilateralismo que puede ayudar a los responsables políticos de gobiernos de todos los ámbitos.
En un período de transición económica e incertidumbre geopolítica, abordar la desigualdad de riqueza es una elección estratégica. La desigualdad no es solo una cuestión humanitaria distante, sino un problema económico estructural que requiere cooperación global.












