Cajas ciegas que devoran territorio: la arquitectura invisible de los centros de datos

Cajas ciegas que devoran territorio: la arquitectura invisible de los centros de datos
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Cajas ciegas que devoran territorio: la arquitectura invisible de los centros de datos

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Cada acción en el mundo digital, desde subir una foto hasta enviar un correo, activa una infraestructura material colosal: los centros de datos. Estas edificaciones, que almacenan información digital, generaron 106 millones de toneladas métricas de CO2 en Estados Unidos en 2023, acercándose al impacto de la aviación comercial doméstica, según un estudio de Harvard y UCLA. Además, ocupan grandes extensiones de terreno e influyen en el desarrollo urbano.

La arquitecta española Marina Otero Verzier, galardonada con el Wheelwright Prize de Harvard, ha alertado sobre la necesidad de revisar estas construcciones. Cuestiona la falta de anticipación de la arquitectura ante estas transformaciones.

La tipología olvidada por la arquitectura

Cuando Otero colaboró con la Asociación Nacional de Centros de Datos de Holanda, los técnicos consideraban que los arquitectos solo podían diseñar la fachada o las oficinas. La arquitectura había delegado el diseño de estas infraestructuras a lógicas funcionales y corporativas.

Chheng Lim, arquitecta asociada en Sheehan Nagle Hartray de Chicago, señaló que la Conferencia de Arquitectura del American Institute of Architects (AIA) de 2022 fue la primera vez que la organización abordó esta tipología emergente. Los arquitectos, acostumbrados a la escala humana, se enfrentan a un desafío al diseñar centros de datos, donde priman otros parámetros.

Tradicionalmente, estos edificios han sido grandes cajas rectangulares sin interés arquitectónico, almacenes sin ventanas que priorizan la funcionalidad. La ingeniería Sener reconoce que los centros de datos han evolucionado a una tipología arquitectónica distinta, pero sin un pensamiento arquitectónico riguroso sobre sus implicaciones territoriales y urbanas.

El resultado es una infraestructura crítica diseñada principalmente por ingenieros y técnicos, donde la arquitectura se limita a la envolvente exterior. En Estados Unidos, proyectos de centros de datos por valor de 64.000 millones de dólares han sido bloqueados o retrasados por la oposición local, debido a la falta de integración arquitectónica y urbana desde el inicio.

Paisajes automatizados y la extracción de recursos

Hace una década, Marina Otero, dirigiendo la investigación en Het Nieuwe Instituut de Rotterdam, se preguntó qué construcciones transformaban radicalmente el territorio sin ser documentadas ni estudiadas. La respuesta fue visible pero invisible para la arquitectura: invernaderos industriales automatizados, el puerto robotizado de Rotterdam, granjas con vacas monitorizadas por inteligencia artificial. Así llegaron a los cables de internet, la minería de litio y los centros de datos.

Sus investigaciones, como *Automated Landscapes* y *BURN-OUT: Exhaustion on Planetary Scale*, revelan que el mundo digital descansa sobre una cadena de extracción material. El litio para las baterías proviene del desierto de Atacama, donde se evaporan millones de litros de agua. La digitalización, que prometía desmaterializar el mundo, requiere una extracción material sin precedentes.

La ilusión de la nube y sus consecuencias materiales

La metáfora de la “nube” es engañosa. Cada dato almacenado reside en edificios físicos que consumen grandes cantidades de agua y electricidad, con consecuencias para los territorios donde se ubican.

Otero destaca la opacidad deliberada de estas infraestructuras, desconocidas para la ciudadanía y ausentes del debate público, pero indispensables para la vida cotidiana. Esta invisibilidad es estratégica y sus consecuencias emergen cuando es tarde, como cuando un pueblo se queda sin electricidad porque un centro de datos monopoliza la energía.

El crítico alemán Niklas Maak, en su libro *Server, Manifesto: Data Center Architecture and the Future of Democracy*, sostiene que estos edificios funcionan como infraestructuras de control que determinan nuestras vidas sin hacerse visibles, con implicaciones geopolíticas. Son las nuevas catedrales del poder contemporáneo, ocultas a diferencia de las medievales.

Keller Easterling, en *Extrastatecraft: The Power of Infrastructure Space*, argumenta que estas construcciones operan como extensiones del poder blando, reconfigurando territorios sin legislación ni consentimiento democrático. El espacio de infraestructura es el arma más efectiva de quienes concentran el poder global.

Ambos autores cuestionan cómo hemos permitido que estas infraestructuras se desarrollen al margen del escrutinio público y la planificación democrática.

Alternativas: descentralización y ciclos vitales

Otero propone descentralizar los centros de datos, distribuirlos en instalaciones más pequeñas y aprovechar el calor que generan para calefacción urbana, agua caliente o climatización de invernaderos. Esta visión se alinea con movimientos como los servidores feministas o el protocolo solar, que buscan sincronizar las infraestructuras digitales con los ciclos ambientales.

No necesitamos que el espacio digital esté disponible 24/7, cuando en las ciudades físicas aceptamos horarios de cierre. La disponibilidad permanente tiene consecuencias materiales que pocas veces valoramos.

Si un centro de datos funciona con energía solar, su operatividad puede variar, lo cual no tiene por qué ser catastrófico. Se trata de repensar estas infraestructuras para que se ajusten a los ciclos del medio ambiente y nuestras vidas, en lugar de someterlas a la disponibilidad perpetua.

Esto implica cuestionar la idea de que la tecnología debe funcionar al margen de los ritmos naturales, consumiendo recursos sin límite. Los centros de datos podrían respirar con el territorio en lugar de devorarlo.

Pensar el territorio antes de cederlo

Marina Otero trabaja en tres escalas: legislación, prototipado arquitectónico y debate público. Colabora con gobiernos para diseñar marcos regulatorios que obliguen a planificar estratégicamente la implantación de estas infraestructuras.

Su crítica destaca que la llegada de una gran tecnológica con una inversión millonaria a menudo lleva a las administraciones a ceder terreno sin cuestionar las implicaciones a largo plazo, sin planificación estratégica ni consideración de los recursos comprometidos para las generaciones futuras.

Durante tres años en el Royal College of Art de Londres, Otero desarrolló talleres donde estudiantes reimaginaron los centros de datos como arquitecturas distribuidas, integradas en programas urbanos existentes y reutilizando el calor residual de los servidores.

Los centros de datos ya están aquí, condicionando territorios y economías locales, transformando paisajes. Pero aún estamos a tiempo de someterlos a escrutinio arquitectónico y ciudadano, exigiendo responsabilidad ambiental, urbana y social. La cuestión, insiste Otero, es profundamente política: decidir qué futuro queremos construir, qué modelo de ciudad y territorio, y qué paisajes estamos dispuestos a sacrificar para mantener la ilusión de una nube infinita y sin consecuencias materiales.