
El amor de un padre: un océano impredecible y profundo
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El amor paterno, como un océano, se descubre tras cada ola, cada tormenta, tras el alivio de una tierra cercana. Un amor impredecible, puro y profundo, que supera cualquier otro.
La sorpresa de verlos crecer
Los hijos a menudo no se parecen a lo que uno imaginó. Desconciertan, retan y enseñan nuevos caminos. Su ingenuidad se reinventa a diario.
Ojalá se pudiera guardar su olor, su mirada, refugiarse siempre en su ternura.
Ojalá congelar el tiempo, colarse en sus sueños y espantar sus fantasmas. Anhelar asomarse a su dormitorio en la noche, arropándolos con un beso en la frente, observando sus párpados enormes que albergan sus propios misterios.
El inevitable paso del tiempo
Pero crecerán y se alejarán, porque así es la dinámica familiar. Navegarán sus propias aguas. Visitarán, quizás por compromiso.
Se compartirá vino, hablarán de parejas y trabajos, y, con suerte, compartirán frustraciones. Se darán consejos que quizás no escuchen. Dirán “las cosas no funcionan así, papá”, y aunque se sepa que sí, se servirá más vino y se cambiará de tema.
Sin querer, se recordarán los tiempos de la infancia, cuando eran como son ahora. Con su ropa descuidada, libros desordenados, zapatillas tiradas, el pelo alborotado, el olor peculiar de sus pies, las manchas y rasguños, las uñas sucias de plastilina después del colegio, convenciendo para pedir comida a domicilio y viendo las mismas películas una y otra vez.
Belleza en el presente y en el pasado
Se desea detener el tiempo en este viaje que es la vida.
A través de la tempestad y de los afectos, con el sol de los años en el rostro. Las lágrimas de un padre brotan porque el tiempo es una espina. Pero al asomarse al dormitorio, la placidez de su sueño y la inmensidad de lo que les queda por vivir reconforta. Hay belleza en lo que se tiene y en lo que se ha perdido.
Porque así funciona la vida: espuma y arena, despedidas y bienvenidas.













