
El 23F: Una cicatriz abierta en la democracia española
Foto: Archivo – Todos los derechos reservados
El 23 de febrero de 1981, España se enfrentó a un intento de golpe de Estado que marcó un antes y un después en su joven democracia. Cuarenta y tres años después, el recuerdo de aquel día sigue vivo, como una cicatriz que recuerda la fragilidad de las libertades y la persistencia de las sombras del pasado.
Un recuerdo imborrable
Aquel 23F, mientras las ondas de radio transmitían los nombres de los diputados que debían votar la investidura de Leopoldo Calvo Sotelo como presidente del gobierno, el Congreso de los Diputados fue asaltado por un grupo de guardias civiles liderados por el teniente coronel Antonio Tejero. El grito de “¡Quieto todo el mundo!” y los disparos resonaron en todo el país, sembrando la incertidumbre y el temor a un regreso a la dictadura.
Durante horas, España contuvo el aliento. Políticos preparaban maletas para huir, mientras la sociedad civil se organizaba para defender la democracia. Los medios de comunicación, como el diario El País, jugaron un papel crucial al plantar cara a los golpistas y defender la Constitución.
La noche más larga
La radio se convirtió en la principal fuente de información en medio del caos. Sin embargo, la credibilidad de algunos medios quedó en entredicho, como en el caso de Radio Zaragoza, que emitió un bando de Milans del Bosch sin citar su origen, generando confusión y alarma entre la población.
En la memoria de muchos españoles quedó grabada la imagen de Iñaki Gabilondo, director de informativos de TVE, tomando el mando de la situación para informar a la ciudadanía, mientras era vigilado de cerca por los golpistas.
¿Quiénes estaban detrás?
Aunque el golpe fracasó y los diputados secuestrados fueron liberados al día siguiente, la sombra de la duda sobre quiénes estaban realmente detrás del intento de golpe perdura hasta nuestros días. La figura del rey Juan Carlos I como salvador de la democracia se consolidó tras su mensaje a la nación, pero las incógnitas sobre su conocimiento previo de los planes golpistas siguen generando debate.
La reciente desclasificación de documentos relacionados con el 23F ha sido recibida con esperanza por algunos, que confían en que se revelen los nombres de los implicados y se aclaren los interrogantes que aún persisten. Sin embargo, otros se muestran escépticos y temen que la información revelada sea incompleta o esté manipulada.
Un fantasma que nunca se fue
Cuarenta y tres años después del 23F, la democracia española se enfrenta a nuevos desafíos. La persistencia de estructuras franquistas, la polarización política y el auge de la ultraderecha son factores que amenazan la estabilidad del sistema democrático.
La banalización del fascismo por parte de algunos sectores políticos y la difusión de bulos y desinformación en las redes sociales son motivos de preocupación. Es fundamental que la sociedad española recuerde lo ocurrido el 23F y defienda los valores democráticos frente a quienes pretenden socavarlos.
El futuro en manos de la ciudadanía
El autor concluye con un llamado a la acción, instando al gobierno a seguir investigando los hechos del 23F y a las fuerzas progresistas a trabajar en defensa de los intereses de la ciudadanía. Subraya que la peor lacra de España es el fascismo, que sigue frenando los avances del país.
Critica la frivolidad con la que la derecha política ha reaccionado a la desclasificación de secretos oficiales, demostrando, según el autor, que en España no existe una derecha a la que incomode el fascismo. Enfatiza que la solución está en manos de los ciudadanos, que deben rechazar a quienes no creen seriamente en la democracia.












