LA ARMADA INVENCIBLE: EL DESASTRE QUE MARCÓ EL DECLIVE DE ESPAÑA

LA ARMADA INVENCIBLE: EL DESASTRE QUE MARCÓ EL DECLIVE DE ESPAÑA
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LA ARMADA INVENCIBLE: EL DESASTRE QUE MARCÓ EL DECLIVE DE ESPAÑA

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A finales del siglo XVI, España, bajo el reinado de Felipe II, se erigía como el imperio más poderoso del mundo, extendiendo sus dominios por los cinco continentes. Convencido de contar con el favor divino, el monarca se embarcó en una empresa audaz: la invasión de Inglaterra, gobernada por Isabel I.

La historia de la “Gran Armada”, erróneamente conocida como la “Armada Invencible”, se convertiría en una lección dolorosa sobre la vulnerabilidad de los imperios, incluso los más poderosos.

Un líder inesperado

Inicialmente, Álvaro de Bazán, un veterano de la marina, fue designado para liderar la expedición. Sin embargo, su fallecimiento obligó a Felipe II a nombrar al duque de Medina Sidonia, un noble adinerado y leal, pero carente de experiencia en asuntos marítimos. Su fortuna personal y su disposición a complacer al rey lo convirtieron en el candidato ideal, especialmente porque se esperaba que sufragara los elevados costos de la operación.

A principios de 1588, el estuario del río Tajo se convirtió en un hervidero de actividad, con la concentración de barcos, soldados y suministros.

El ambiente era similar al de una cruzada, con nombres de santos adornando los barcos, el rezo diario del rosario y la presencia de imágenes sagradas en las velas.

El lema de la expedición, “Exurge Domine et vindica causam tuam” (“Levántate, Señor, y defiende nuestra causa”), reflejaba la creencia inquebrantable en el respaldo divino a su misión.

El 28 de mayo de 1588, la flota zarpó de Lisboa hacia el Canal de la Mancha. La flota estaba compuesta por 122 barcos, pero desde el principio, las tormentas obstaculizaron su progreso. Una tempestad obligó a buscar refugio en La Coruña, sembrando dudas en el duque, quien incluso propuso posponer la expedición, una sugerencia que Felipe II rechazó rotundamente.

El 21 de julio, la Armada reanudó su travesía y, a finales de mes, se enfrentó a las naves inglesas lideradas por Charles Howard y Francis Drake.

Los barcos ingleses, más ágiles y maniobrables, evitaron el combate directo, optando por una estrategia de bombardeo a distancia. Mientras los españoles buscaban el abordaje, los ingleses se mantuvieron fuera de su alcance, disparando continuamente.

Esta táctica, combinada con la escasez de municiones en la Armada, resultó decisiva.

Los cañones ingleses se recargaban tres veces más rápido y sus barcos podían reabastecerse fácilmente en sus puertos cercanos.

El principio del fin

El 6 de agosto, la flota española ancló frente a Calais, con la esperanza de coordinarse con las tropas de Alejandro Farnesio en Flandes. Sin embargo, en la madrugada del 8 de agosto, los ingleses lanzaron ocho barcos incendiados, los temidos brulotes, contra los buques españoles.

Si bien ninguno se incendió, el pánico provocó una huida precipitada, rompiendo la formación. Al día siguiente, varios barcos fueron rodeados y hundidos, con la pérdida de cinco galeones y más de 1.500 hombres.

Imposibilitada para unirse a Farnesio, la Armada decidió retirarse bordeando las islas británicas. La travesía de regreso se convirtió en una pesadilla, marcada por tormentas, hambre, naufragios y ejecuciones.

Decenas de barcos se estrellaron contra los acantilados de las costas de Irlanda y Escocia, o fueron atacados por fuerzas locales hostiles.

Los sobrevivientes fueron asesinados sin piedad por temor a que incitaran rebeliones católicas. Solo unos pocos cientos lograron regresar a España, exhaustos, entre septiembre y octubre de 1588.

Las causas del desastre fueron múltiples. A la inexperiencia del mando se sumaron errores logísticos, la superioridad tecnológica inglesa y, sobre todo, las condiciones climáticas adversas.

Las violentas tormentas dificultaron las maniobras y dispersaron la flota. España había apostado por barcos pesados y lentos, diseñados para el Mediterráneo, mientras que Inglaterra contaba con galeones ligeros y cañones de largo alcance.

El fracaso tuvo consecuencias profundas.

España perdió 18 millones de ducados y a muchos de sus mejores capitanes, entre ellos Alonso de Leyva, Miquel de Oquendo y Juan Martínez de Recalde.

Pero aún más grave fue la pérdida moral, ya que la “nación invencible” había sido derrotada sin una batalla decisiva. Inglaterra, por su parte, supo transformar esa victoria táctica en una poderosa hazaña propagandística, presentándola como una señal divina de su destino como potencia marítima.

Felipe II, profundamente religioso, aceptó la derrota con resignación cristiana. Aunque la frase es apócrifa, se dice que comentó que envió su flota a luchar “contra los hombres, no contra los elementos”, resumiendo el sentimiento de decepción de un rey que había confiado en el favor de Dios.

La Armada Invencible no solo marcó el fin de la hegemonía naval española, sino también el inicio de un nuevo orden mundial en el que Inglaterra emergió como dueña de los mares.