
EXTRAÑOS EN UN TREN: UN CLÁSICO DE HITCHCOCK
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Una propuesta escalofriante en un tren, un pacto siniestro entre dos desconocidos. Así arranca “Extraños en un tren”, la obra maestra de Alfred Hitchcock estrenada en 1951, basada en la novela homónima de Patricia Highsmith.
Un encuentro fortuito y un plan macabro
La trama se centra en Bruno, un hombre de origen adinerado, y Guy, un tenista profesional. Durante un viaje en tren, Bruno le propone a Guy un intercambio de favores perverso: Bruno asesinará a la esposa de Guy, quien se niega a concederle el divorcio y le está extorsionando. A cambio, Guy deberá matar al padre de Bruno, un hombre que le humilla y desprecia.
La lógica del plan reside en que, al ser desconocidos, nadie sospechará de ellos ni encontrarán motivos para relacionarlos con los crímenes.
El tren se convierte en un elemento esencial de la narrativa, una metáfora del destino y de los caminos bifurcados de la vida. El encuentro entre Bruno y Guy es puramente casual, un choque de zapatos que desencadena una serie de eventos impredecibles. Hitchcock, maestro del suspense, utiliza el azar como un recurso narrativo para mantener al espectador en vilo.
Un reparto estelar y una atmósfera inquietante
Robert Walker, en su última interpretación antes de su trágica muerte por sobredosis, encarna a Bruno con una inquietante intensidad. Su personaje, un psicópata con tendencias criminales, establece una relación ambigua y opresiva con Guy, interpretado por Farley Granger.
La habilidad de Hitchcock para generar tensión se manifiesta en escenas clave, como el partido de tenis de Guy, donde el ritmo frenético se intercala con planos que intensifican la sensación de angustia.
El director juega con el tiempo, estirándolo y comprimiéndolo para reflejar el estado emocional de los protagonistas.
El tren como escenario y símbolo
Hitchcock ya había explorado el mundo ferroviario en “Alarma en el expreso”, pero en “Extraños en un tren” profundiza en su fascinación por la estética de los ferrocarriles americanos. Los vagones espaciosos, con sus cómodos asientos, se convierten en un escenario propicio para conversaciones íntimas y contemplaciones del paisaje.
La Penn Station de Nueva York, con su arquitectura imponente y sus reminiscencias clásicas, sirve como punto de encuentro entre Guy y Bruno. La luz que se filtra a través de los tragaluces crea una atmósfera casi sagrada, contrastando con la naturaleza oscura del plan que se está gestando.
Un guion magistral y un montaje impecable
A pesar de las diferencias creativas con Raymond Chandler, autor del guion original, Hitchcock logró crear una obra redonda, con un montaje preciso y un uso expresivo del blanco y negro. “Extraños en un tren” es una lección de cine, un ejemplo de cómo construir el suspense y mantener al espectador atrapado de principio a fin.
La fragilidad del plan perfecto
La escena en la que Bruno explica las posibles formas de cometer el crimen perfecto es un ejemplo de la maestría de Hitchcock.
A pesar de la aparente infalibilidad del plan, basado en el intercambio de víctimas entre dos desconocidos, el azar jugará un papel crucial en el desenlace de la historia, demostrando la fragilidad de cualquier esquema criminal.












