Japonismo: El antecedente de lo otaku en los salones nobles del Madrid del siglo XIX

Japonismo: El antecedente de lo otaku en los salones nobles del Madrid del siglo XIX
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Japonismo: El antecedente de lo otaku en los salones nobles del Madrid del siglo XIX

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La influencia de la cultura japonesa en España goza de buena salud, como demostró la reciente celebración de la Japan Weekend en Madrid. Esta feria de anime y manga se suma a un calendario repleto de eventos similares, al auge de tiendas especializadas y a la creciente popularidad de los viajes turísticos a Japón. Este interés no es una moda pasajera, sino una tendencia consolidada en un sector importante de la población.

Pero, ¿cuándo comenzó esta fascinación por Japón en España? Retrocedemos al siglo XIX y las primeras décadas del XX, cuando la cultura japonesa también despertó una gran curiosidad. Se instaló en los gustos de las élites madrileñas, influyó en las instituciones culturales emergentes y se extendió al comercio y al ocio popular.

Los orígenes del interés por Asia Oriental

El interés por Asia Oriental en España se remonta al siglo XVIII, con manifestaciones en la decoración de palacios reales, como el Salón de Porcelana del Palacio Real o la Sala China del Palacio de Aranjuez. Esta visión fantástica y poco realista de Oriente se conoce como *chinoiserie*, un concepto similar al *orientalismo* de Edward Said, que se centraba más en la visión del mundo árabe.

Sin embargo, el *japonismo*, una corriente artística y cultural más general, llegó a España a través de París y Barcelona. En esta ciudad se celebró en 1888 una exposición universal cuyo pabellón japonés, el único de un país asiático, fue uno de los más exitosos. Fue una auténtica puerta de entrada para manufacturas y piezas artísticas procedentes de Japón, destacando la casa tradicional japonesa hecha en madera de ciprés hinoki trasladada desde Yokohama.

Previamente, en Madrid se había organizado la Exposición de Objetos de China y Japón de 1871, patrocinada por el Ministerio de Ultramar.

El japonismo en la alta sociedad y la cultura popular

Abanicos, biombos, cojines de seda y grabados en madera (Ukiyo-e) fueron algunos de los elementos más apreciados de la cultura japonesa en España. La fascinación por el Ukiyo-e, en particular, perdura hasta nuestros días y se manifiesta en la popularización de la famosa ola de Hokusai.

La alta sociedad adoptó el gusto japonés, creando espacios suntuosos como el Salón Oriental del palacio de Santoña (1876) o el gabinete japonés de Cánovas del Castillo. La decoración “a la japonesa” también llegó a lugares públicos, como el restaurante L’Hardy o el salón japonés del Teatro Alcázar, donde los artistas saludaban al público vestidos con kimonos, según Ramón Gómez de la Serna.

El arte japonés también encontró cabida en los estudios de artistas relevantes de la sociedad madrileña, como Julio Romero de Torres, que pintó su *Geishas en Kimono* en 1898 por encargo del Casino Militar de la Gran Vía, o Joaquín Sorolla, que poseía una máscara de teatro Noo.

En el ámbito literario, es probable que la cultura japonesa estuviera presente en las tertulias del salón de Emilia Pardo Bazán, gran aficionada al tema. Sin embargo, la influencia más directa fue la de Enrique Gómez Carrillo, que publicó en 1912 *El Japón heroico y galante*.

El fervor por lo asiático llevó las primeras piezas al Museo Arqueológico, como una armadura de samurái completa, cajas barnizadas con laca urushi y porcelana de Satsuma, a menudo donadas por cónsules españoles en Japón y viajeros adinerados.

Tiendas y accesorios de inspiración japonesa

Cada vez era más frecuente encontrar objetos artísticos y decorativos japoneses en Madrid. Se abrieron tiendas especializadas, como La japonesa, Sobrinos de Martínez-Moreno, Sucesores de Pallares Aza y Artículos de Japón.

Estas tiendas ofrecían *japonerías* (objetos estéticos) como la tienda de Arnaiz en la calle de Postas, descrita por Benito Pérez Galdós en *Fortunata y Jacinta*, donde se vendían pañuelos bordados y marfiles labrados. El quitasol japonés se convirtió en un accesorio popular entre las clases altas en sus visitas a los balnearios y las playas a finales del siglo XIX y principios del XX.

La cultura japonesa también influyó en la cultura de masas. En la calle de Alcalá se encontraba el Salón Teatro Japonés, donde el *music-hall* y el cuplé se desarrollaban entre motivos decorativos de inspiración japonesa. En 1907, se presentó en el Teatro Real de Madrid la ópera *Madama Butterfly* de Giacomo Puccini, de tema japonés, lo que demuestra cómo este universo estético había calado en la sociedad.

El ciclo del japonismo se cerró antes de la Guerra Civil con la primera gran exposición de estampas japonesas en España, celebrada en el Museo Nacional de Arte Moderno en 1936, con 338 piezas que abarcaban desde el siglo XVII hasta el XX. El Museo del Prado adquirió 20 estampas representativas que son la base de su colección de arte japonés.

Relaciones internacionales y el Bushido

Las relaciones internacionales y los intercambios comerciales fueron fundamentales para el acercamiento entre las culturas japonesa y española. En 1868 se firmó el Tratado de Amistad, Comercio y Navegación entre ambos países. En Japón se iniciaba la Revolución Meiji, que buscaba modernizar el país y abrirlo al exterior, mientras que España estaba inmersa en la Revolución Gloriosa.

Alfonso XII recibió en el Palacio de Madrid al cónsul Kagenori Ueno y en 1883 el príncipe Taruhito Arisugawanomiya visitó Madrid.

La fascinación por lo japonés trascendió el ámbito estético con la victoria militar en la guerra ruso-japonesa (1904-1905). La publicación de *Bushido: El alma de Japón* de Nitobe Inazo, un académico que explicaba su cultura a Occidente, catalizó el interés entre los militares españoles. Nitobe presentaba el Bushido, un código ético samurái, como el sistema moral que permitía a Japón modernizarse sin perder su identidad nacional. Algunos asimilaron al samurái con la figura del caballero español y encontraron en el texto una vía tradicional a la modernidad y el nacionalismo.

Esta atracción espiritual influyó en el debate entre Miguel de Unamuno y Ramiro de Maeztu. Mientras que Unamuno lo desdeñó, Maeztu quedó prendado por el bushido, llegando a afirmar que cada soldado japonés era una mezcla mística de San Francisco de Asís y Hernán Cortés. José Millán Astray trataría de mezclar en el espíritu de la Legión Española los viejos Tercios de Flandes, la Legión Extranjera francesa y el Bushido.

La política internacional siguió marcando la relación de la sociedad española con la imagen de lo japonés en las décadas siguientes. En los años treinta, la izquierda lo vinculó con el imperialismo, mientras que el país atraía a los sectores conservadores y franquistas, que veían en Japón un baluarte del anticomunismo. Tras la matanza de Manila en 1945, el Franquismo se distanció de sus antiguos aliados del Eje y utilizó los crímenes cometidos contra la colonia española para alejarse de Japón. La nueva narrativa alimentó el racismo y lo oriental ocupó un lugar distante en la cultura española hasta que, muchos años después, las manifestaciones más contemporáneas de Japón regresaron en un envoltorio globalizado.