Dinosaurios, ovnis y una base nazi secreta: "Los secretos y leyendas que esconde la Antártida"

Dinosaurios, ovnis y una base nazi secreta: "Los secretos y leyendas que esconde la Antártida"
Imagen de archivo: https://www.cope.es/

Dinosaurios, ovnis y una base nazi secreta: "Los secretos y leyendas que esconde la Antártida"

A más de 13.000 kilómetros de España se extiende un reino de hielo y viento de catorce millones de kilómetros cuadrados. Es la Antártida, el lugar más aislado, frío y enigmático del planeta. Un continente cubierto casi por completo por un hielo que guarda el 70 % del agua dulce de la Tierra y cuyos secretos son hoy objeto de estudio por parte de la comunidad científica internacional.

Llegar hasta allí no es tarea fácil. El viaje, pesado y largo, implica volar hasta el extremo sur de Latinoamérica, a ciudades como Ushuaia o Punta Arenas, para desde allí embarcarse en un buque o en un avión militar.

Una vez en el continente blanco, las condiciones son extremas, un desafío para cualquier forma de vida y para los científicos que se atreven a explorar sus dominios.

El científico y escritor Javier Cacho le ha contado a Adolfo Arjona que ha pisado la Antártida nueve veces, conoce bien la dureza del viaje. Explica que, tras los vuelos transoceánicos, queda la parte más difícil: o bien una travesía en barco de 1.000 kilómetros por el temido pasaje de Drake, uno de los peores mares del mundo, o un aterrizaje en una pista de tierra y piedras que poco tiene que ver con un aeropuerto convencional.

Cacho recuerda perfectamente su segunda expedición, cuando llegó en un avión militar a principios de la primavera antártica. Al abrirse el portón de la aeronave, sintió una “bofetada de aire frío” de tal intensidad que a punto estuvo de dar media vuelta. En ese instante, se dijo a sí mismo: “Javi, ¿qué haces tú metido en esta aventura?”.

La sensación inicial fue de desconcierto en medio de una ventisca donde apenas se distinguían los rostros de sus futuros compañeros.

Más allá de la costa, donde se aferran a la vida los pingüinos, el interior del continente es un desierto absoluto de hielo. “La vida desaparece cuando pasas de la costa como 500 metros o un kilómetro”, asegura Cacho. En esa inmensidad helada, solo está el ser humano, resguardado en bases científicas preparadas para soportar un entorno donde no hay nada más que hielo.

Las estaciones son extremas, marcadas por la luz y la oscuridad. En las regiones polares se llega a un punto donde hay “seis meses continuos de luz o seis meses continuos de oscuridad”.

Aunque no ha vivido esa situación límite, Cacho sí ha vivido inviernos con apenas cuatro horas de penumbra al día. Sobre la idea de usar el hielo antártico para paliar sequías, es tajante: “No tiene mucho sentido”. Considera que sería un proceso “supercostoso y contaminante”, y aboga por gestionar con cabeza los recursos que ya tenemos.

Actualmente, en ese laboratorio natural se encuentra la investigadora María Druet, del Instituto Geológico y Minero de España (IGME-CSIC). Forma parte de la expedición a bordo del Buque de Investigación Oceanográfica (BIO) Hespérides, donde 36 personas, entre científicos y técnicos, recaban información para el proyecto TasmanDrake sobre los procesos tectónicos de la región.

La geóloga María Druet explica en “La Noche de Adolfo Arjona” que la Antártida no siempre fue un desierto de hielo.

Hace 50 millones de años, cuando ya estaba en su posición actual, estudios han revelado la existencia de “polen de palmeras, baobabs y otras especies vegetales” que indican climas con temperaturas superiores a los 10 grados. En épocas anteriores, cuando el continente estaba en otras latitudes, también albergó restos de dinosaurios.

El continente se congeló hace unos 32 millones de años, cuando la separación de Sudamérica y Oceanía permitió el establecimiento de la Corriente Circumpolar Antártica. Esta corriente, que gira alrededor del continente, “lo aisló térmicamente y dio lugar a la formación del hielo”, un proceso fundamental que hoy actúa como “motor para toda la circulación oceánica y la regulación de la temperatura en el planeta”.

Pese a las duras condiciones, Druet considera la Antártida “un poco el paraíso”. Afirma que “por mucho que hagamos fotos y vídeos, no alcanzan a dar con la magnitud de estos paisajes”.

Aunque echa de menos a su familia, en especial a sus dos hijos de 14 y 12 años, sabe que su trabajo es importante y que ellos, a pesar de la dificultad de la separación, “también se sienten orgullosos de lo que hace su madre”.

La historia de la Antártida también está plagada de enigmas. Uno de los más notables es la Operación Highjump, una masiva expedición naval estadounidense lanzada a finales de 1946. Según el historiador Antonio Cruz, la flota constaba de 13 buques, un portaaviones y casi 5.000 hombres, una magnitud comparable a una campaña militar.

Oficialmente, la misión buscaba entrenar al personal y probar material en condiciones de frío extremo, pensando en un posible escenario de Guerra Fría en el Ártico. Sin embargo, la operación terminó abruptamente, meses antes de lo previsto, lo que según Cruz, alimentó todo tipo de teorías.

“En esa retirada abrupta es donde se suscita todo”, señala.

Una de las teorías más populares sostiene que la misión buscaba una supuesta base nazi secreta, la Base 211, en una zona llamada Nueva Suabia. Otra, aún más fantástica, habla de un enfrentamiento con platillos voladores y tecnología alienígena. La tercera asegura que buscaban a Hitler, una idea que, curiosamente, fue alimentada por el propio Stalin, quien llegó a decirle al presidente Truman que el dictador podría haberse escondido en España o Argentina.

A día de hoy, el estatus del continente está regulado por el Tratado Antártico de 1959. El doctor en derecho Antonio Guerrero explica que fue firmado por 12 países para evitar conflictos, fomentar la cooperación científica y asegurar que la Antártida fuera “un lugar para la paz y la investigación”.

El tratado prohíbe las actividades militares, los ensayos nucleares y congela todas las reclamaciones territoriales.

Además, el Protocolo de Madrid, añadido posteriormente, prohíbe expresamente toda actividad minera, al menos hasta 2048, año en que podría revisarse. Sin embargo, Guerrero advierte que la Antártida es un “tablero geopolítico silencioso”. Potencias como Estados Unidos, China y Rusia compiten por la influencia estratégica, con la vista puesta en los inmensos recursos que se esconden bajo el hielo: petróleo, gas y minerales.

El futuro del continente es incierto. Con más del 70 % del agua dulce del planeta y vastos recursos energéticos potenciales, la posibilidad de un conflicto por su dominio a partir de 2048 es un escenario que los expertos no descartan.

La historia ha demostrado que el ser humano puede ser lo suficientemente “torpe o soberbio” como para querer explotarlo, lo que supondría un desastre ambiental de consecuencias imprevisibles.