'Tareas', pequeño gran Dyer

'Tareas', pequeño gran Dyer
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'Tareas', pequeño gran Dyer

Resulta paradójico -pero a la vez perfectamente lógico y hasta necesario, tanto para él como para sus seguidores- que, luego de escrito y publicado su libro anterior, en 2022, el imprescindible ‘Los últimos días de Roger Federer y otros finales’, Geoff Dyer (Reino Unido, 1958) haya escrito y publicado un libro como el igualmente impostergable ‘Tareas’. Porque si aquel se ocupaba del crepúsculo creativo de diferentes mentes artísticas trabajando con más o menos ira contra la muerte de la luz cósmica de sus obras (Glück, Ruskin, Redford, Kerouac , Beethoven, Anthony Powell, Bob Dylan, Rhys, Wagner, Bill Murray, Larkin, Coltrane, Kundera, Turner, Martin Amis, entre otros), este se concentra en los inicios domésticos y de bajo voltaje del propio Dyer. Igualmente sorprende, pero enseguida se hace perfectamente comprensible, el que los orígenes del modo de ver/pensar de aquel que ha construido todo lo suyo a partir de la teoría/práctica del movimiento constante y del ‘ennui’ permanente revele ahora que su mito de origen tuvo poco de nómade y casi todo de sedentario. ‘Tareas’ Autor Geoff Dyer Traducción Damiá Alou Editorial Random House Año 2026 Precio 23,90 Páginas 336 Valoración *****Sí: alguien alguna vez definió a Dyer como un «contra-turista»: alguien que, en la práctica, no puede quedarse quieto mientras sueña con la teoría de una calma absoluta y reflexiva hasta alcanzar el nirvana de «la certeza de que estamos donde tenemos que estar.

De algún modo es como, por fin, estar en casa, pero muy lejos de casa». Así, en ‘Tareas’, el más formalmente ‘normal’ entre sus libros, Dyer -hasta ahora principalmente testigo y comentador de lo ajeno y del presente inmediato; pero siempre con ocasionales y encandiladores flashes íntimos- da marcha atrás para observarse a sí mismo y sus inicios. Algo así como ‘Los primeros días   de Geoff Dyer y sus comienzos’ (primer beso, primera pelea, primera escaramuza sexual, primera catarsis vandálica after pub , primer apodo a detestar y por lo tanto indigno de mención, primer gran conflicto con su familia).Noticia relacionada No No De Rushdie a Aramburu Los libros más esperados de 2026 Bruno Pardo Porto Bienvenidos entonces al bucólico y respetable pero de ningún modo ‘posh’ Cheltenham. Y a una perfecta y pionera del reciclaje y algo fatalista pareja de progenitores clase trabajadora de post-guerra y votantes del Partido Laborista de una opacidad brillante y poco dados al ir de aquí para allá (el padre estuvo en la India durante la Segunda Guerra pero, desde entonces, sólo se atrevió a cruzar a Francia por un rato y nada le interesaba menos que viajar a su propio ayer).

Y así dotar de una cierta épica extranjera-aventurera-científica a un paisaje tan doméstico, donde las visitas a parientes más o menos cercanos se entienden como ocasiones casi históricas. Y todo lo demás -todo el ‘atrezzo’ que conforma el principio del mondo Dyer-, en más o menos paciente pero expectante calma . En unos ‘sixties’ poco ‘swinging’, a la tensa espera de algo importante mientras Dyer sufre los horrores de la comida infantil-maternal-escolar, se distrae con el nuevo modelo para armar arca Airfix, el siguiente episodio de su serie de televisión favorita, el nuevo álbum de su banda-tótem de rock progresivo (aunque en más de un momento ‘Tareas’ suene más parecido a alguno de esos discos conceptuales de The Kinks sobre la decadencia del Imperio y el asedio a la ‘village green’), mientras espera esa carta decisiva con los resultados de unos exámenes que lo llevaran a Oxford a sus diecinueve años. «El hecho más importante en mi formación como escritor es que crecí en una familia que no leía», explicó Dyer a ‘The Paris Review’.

De ahí que ahora y aquí Dyer la lea minuciosamente (lo suyo está más cerca de la epifanía de Waugh que de la de Proust) y enseguida se convierta en una suerte de coleccionador-consumidor patológico y solitario. En especial de cromos como vehículos de conocimientos que van desde James Bond (y sus chicas) a lo histórico y lo zoológico y, por supuesto, geográfico. Leyendo (entre otros, a sus adorados Shakespeare y D. H.

Lawrence y Thomas Hardy), Dyer alcanzará la iluminación que enciende a toda escritura(En este sentido, la ‘memoir’ muy «de clase» de Dyer y su asentamiento en objetos recuerda un poco a otras dos: ‘Buen Pop, Mal Pop: Un Inventario’ y ‘1967: How I Got There and Why I Never Left’, de los rockers y también fetichistas Jarvis Cocker y Robyn Hitchcock). Pronto, Dyer descubre que los también coleccionables libros se abren con el mismo mecanismo de las puertas que, una vez abiertas, ya nunca se cerrarán. Y, leyendo (entre otros, a sus adorados William Shakespeare y D. H.

Lawrence y Thomas Hardy) alcanzará la iluminación que enciende a toda escritura. «¿Acaso la memoria no puede ser una especie o forma de dato?», se pregunta Dyer sin necesidad de respuesta. Y advierte: «Gran parte de este libro está escrito en los márgenes de lo que falta». Y postula: «El pasado es un país extranjero…».

Esa famosa afirmación inicial de la novela de L.P. Hartley ‘El mensajero’ parece material de ficción. Si una cosa tiene el pasado es que no es otro país. El pasado es este país, esta Inglaterra.

Inglaterra, mi Inglaterra. Esa frase es como una marca de agua impresa de manera invisible en cada página de este libro, de manera invisible en el sentido de visible. Inglaterra, mi Inglaterra: la he sentido más mía que nunca desde que vivo donde llevaba tanto tiempo soñando con estar, en California, donde nunca me sentiré como en casa«. Pero sépanlo: Dyer terminó de escribir ‘Tareas’ y regresó a vivir a Inglaterra.

Bienvenido y hasta la próxima escala.