
De Extremadura a Marruecos en un Panda: la odisea solidaria de un grupo de pacenses por el desierto
Un grupo de extremeños, con cinco coches procedentes de Cáceres y Badajoz, ha participado en la última edición del UNIRAID, una aventura solidaria que recorre el desierto de Marruecos. Al frente de uno de los equipos se encuentra Pablo Aguilar, de Talleres Aguilar, quien explica a COPE que no se trata de una carrera de velocidad, sino de un desafío de orientación, resistencia y cooperación en el que la tecnología moderna como el GPS está prohibida.
La flota de vehículos de este grupo está compuesta por un Renault Clio, un Renault 4, un Seat Panda, un Seat Marbella y un Volkswagen Polo. Todos ellos cumplen la norma principal de la organización: ser turismos con más de 15 años de antigüedad y no tener tracción 4×4, lo que añadía un plus de dificultad a la travesía.
Para afrontar las duras condiciones, los coches requieren una preparación exhaustiva. Según detalla Aguilar, es crucial “subirlos de altura, reforzar los amortiguadores y proteger tanto el motor como el depósito con un salvacárter”.
Además, se les instala un snorkel para el polvo, se mejora la iluminación para la etapa nocturna y se añade una vaca africana para transportar repuestos y depósitos adicionales.
La navegación se realiza sin GPS, guiándose únicamente con un roadbook oficial, una brújula y un sistema llamado ‘unitriz’. Pablo Aguilar subraya que este método es parte esencial del desafío. La etapa más complicada, según él, suele ser la de navegación libre. “Vas por coordenadas, tienes que ir un poco pendiente de las referencias porque no hay caminos”, explica.
El terreno es “bastante agreste y difícil”, pero las principales complicaciones aparecen en los ríos secos, que son “muy complicados de pasar” con este tipo de vehículos.
En esos puntos es donde se producen la mayoría de los atascos, y el compañerismo resulta clave para “rescatar los coches y ayudarnos unos a otros para salvar esas dificultades”, comenta Aguilar.
Aunque no es una competición de velocidad, la organización establece un tiempo máximo por etapa. Quienes no lo cumplen pueden ser penalizados. El verdadero premio, afirma Pablo Aguilar, es conseguir finalizar todas las etapas, algo que en la edición anterior solo lograron 100 de los 220 coches participantes.
A pesar de la dureza del reto, el objetivo principal era claro para los participantes. Este espíritu se combina con un fuerte componente solidario, ya que cada coche debe transportar un mínimo de 40 kilos de material humanitario, aunque el equipo de Aguilar ha llegado a llevar “unos 70 kilos por vehículo”.
La carga solidaria incluía sillas de ruedas, material de farmacia, calzado y ropa.
Parte de la ayuda se entrega a la organización, que este año ha movilizado 11 toneladas de material, pero los equipos también realizan entregas directas “por el camino” en aldeas y campamentos nómadas, principalmente en la zona “de la cordillera del Atlas para abajo”.
La experiencia ha sido tan gratificante que ningún día se ha hecho pesado, a pesar de la dureza de la primera jornada. “El primer día fue terrible”, recuerda Aguilar, debido a un temporal que casi impide que el ferry cruzase el estrecho y que destrozó el campamento. Sin embargo, una vez superado el Atlas, el clima mejoró y pudieron disfrutar de la experiencia.
Durante el viaje han forjado nuevas amistades, como un equipo de Andorra y otro de Barcelona que se unieron al grupo. Pese a las averías sufridas, como la rotura de una rótula de suspensión en su propio coche, Pablo Aguilar califica la experiencia como “muy bonita y divertida” y confirma su intención de repetir en el futuro, mejorando su vehículo en base a lo aprendido.













