
LA MAYOR COLECCIÓN DE ARCHIVOS SONOROS DE ESPAÑA RESIDE EN MADRID
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Cuando se cruza el umbral de su casa, Carlos Martín Ballester (Madrid, 1974) ofrece una disculpa: “Perdonad la voz, anoche me acosté muy tarde”. El Círculo Flamenco de Madrid, una asociación cultural sin ánimo de lucro que él mismo fundó hace una década junto a otros entusiastas, había organizado un concierto especial en el Círculo de Bellas Artes. El cartel lo encabezaban Rafael Riqueni y el saxofonista de los Rolling Stones, Tim Ries, quienes compartieron escenario durante dos horas. “Fue increíble, la verdad”, afirma.
Su hogar parece un museo, con paredes repletas de obras de arte.
A primera vista, destacan ilustraciones de Helios Gómez, el célebre cartelista gitano de la vanguardia española; un retrato de Silverio Fraconetti, el “rey de los cantaores”, pintado por Francisco Moreno Galván; la obra original de Joaquín Araujo, de 1884, que adornaba el desaparecido tablao de Casa Patas, y una reinterpretación de ‘La última cena’ de José Manuel Capuletti, en la que Antonio Mairena preside la mesa de los principales cantaores de la época “sin el Niño Marchena”, puntualiza Ballester entre risas, aludiendo a la histórica rivalidad entre ambos.
El tesoro más preciado, sin embargo, se encuentra en la sala presidida por la fotografía del cantaor Arturo Pavón que su hermana, La Niña de los Peines, tenía en su dormitorio. Allí reposan miles de discos de 78 revoluciones por minuto (rpm) y numerosos cilindros de fonógrafo grabados entre 1877 y 1960. Esta habitación sería el sueño de cualquier coleccionista de vinilos, pero Ballester aclara que solo es una pequeña parte de su fondo, que se extiende por varias naves en Madrid y supera las cien mil unidades. La cifra impresiona.
Se trata de la mayor colección de archivos sonoros de España, que este aficionado al flamenco comenzó a reunir hace más de treinta años, mientras exploraba los puestos del Rastro.
Un patrimonio recuperado
“En realidad, la palabra coleccionista no me define del todo. Respeto esa labor, pero yo no encuentro la felicidad en el hallazgo y en poseer algo que nadie más tiene. A mí me interesa recuperar un patrimonio que de otra manera se habría perdido, ya que las instituciones públicas no pueden llegar donde yo. Es una responsabilidad social más que otra cosa, para que todos estos discos no acaben en mercadillos o casas de subastas.
De hecho, lo razonable sería que mi colección acabase formando parte de una institución y revierta en la sociedad, ya sea mediante convenios o donaciones”, explica.
Martín Ballester compró su primer disco en la plaza de Vara del Rey, la de los anticuarios, por 700 pesetas. Era una grabación de Manuel Vallejo, el cantaor sevillano que recibió en 1926 la segunda Llave de Oro del Cante. Poco después, en 1993, descubrió los discos de 78 rpm, los conocidos como discos de pizarra, para poder escuchar a figuras más antiguas. En ese momento su afición se desbordó.
Empezó a viajar para localizar colecciones privadas a punto de desaparecer, reunirse con instituciones que querían deshacerse de sus fondos y visitar mercados de segunda mano.
“Aunque estoy especializado en la producción española, he ido a países como Argentina, Estados Unidos o Alemania para comprar discos que se grabaron aquí y salieron o de artistas españoles que grabaron en el extranjero”, recuerda.
Posteriormente, amplió su labor con la restauración de los discos deteriorados, su digitalización, su clasificación y la recopilación de fotografías antiguas, carteles de la época y todo tipo de documentos de discográficas que sirvieran para contextualizar los hallazgos. Al final, su pasión se convirtió en su profesión y su colección en una empresa cultural que se divide en dos áreas: Andalucía y sus diferentes expresiones musicales, con 20.000 discos, y lo que él llama el “archivo de la palabra”, grabaciones “no musicales” de los protagonistas de nuestra historia con un valor literario, científico, cultural o político, con 2.000 más.
“Esto incluye la publicidad, la propaganda, la radio e, incluso, las grabaciones domésticas. Discos que ayudan a entender cómo era la sociedad española”, aclara.
Joyas sonoras del pasado
Entre los miles de sobres que llenan las estanterías, Martín Ballester toma uno casi al azar y extrae un disco de 78 rpm de Antonio Pozo ‘El Mochuelo’. Sabía perfectamente dónde estaba esta joya grabada en un hotel de la Puerta del Sol en 1899.
Es una de las primeras grabaciones flamencas en disco realizadas en España. El verano anterior, el ingeniero estrella del sello Gramophone Berliner, Fred William Gaisberg, había viajado a Madrid desde Londres para registrar nuestra música regional. Contento con el resultado, regresó en febrero para grabar a este cantaor sevillano nacido en 1868 y a otras figuras como José Guillot y el Niño de la Era.
Coloca la aguja en el surco y suena una soleá primitiva: “La muerte no se acaba / se acabó nuestro querer donde yo nunca pensaaaba”. De fondo se escuchan los jaleos: “¡Ole mi niña!
¡Viva mi novia!”. Según Martín Ballester, estas grabaciones fueron una revolución: “La irrupción del disco de 78 rpm cambió la sociedad. De repente, la música no se transmitía como en los siglos anteriores y permitió que determinados estilos no se perdieran. Fue una época maravillosa en la que los registros estaban vivos, sin la rigidez posterior de los estudios.
Eran como pequeños conciertos grabados en una o dos tomas que duraban entre dos y cuatro minutos”. Luego cambia la velocidad y pone a La Niña de los Peines cantando por alegrías en 1927, “cuando estaba en plenitud”, acompañada del Niño Ricardo.
A continuación, Ballester se sumerge en las grabaciones domésticas y discursos improvisados de personajes como Ramón y Cajal, Dámaso Berenguer, Juan de la Cierva, Ortega y Gasset, Primo de Rivera, Alfonso XIII y Franco, entre otros. Suena una conferencia que el hermano del dictador, Ramón, ofreció tras completar su hazaña con el Plus Ultra: “Hermanos de raza, si hay algún mérito en el vuelo que acabo de realizar [entre España y Argentina], nos corresponde a todos…”. Es como si su casa estuviera llena de fantasmas, porque minutos después escuchamos la única grabación que existe de Unamuno hablando del poder de la palabra “con sus errores, sus silencios y su gran intensidad”, explica Ballester.
El célebre escritor, ligeramente molesto, declara: “Un crítico francés dijo que en España apenas hay escritores, sino oradores por escrito. Nada me molesta más que oír decir de alguien que habla como un libro. Prefiero los libros que hablan como hombres. Y lo que es menester es que la gente aprenda a leer con los oídos, no con los ojos”.
Finalmente, suena la única grabación que se conserva de Federico García Lorca, no recitando un poema, sino tocando el piano para La Argentinita a principios de 1931.
Registrado para el sello La Voz de su Amo con el título ‘Colección de canciones populares antiguas’, sorprende su técnica depurada. “¡Tocaba con mucho gusto! Grabaron diez canciones en cinco discos y es el testimonio más directo que tenemos de él, a falta de que aparezca alguna grabación de su voz. Hay muchas posibilidades de que eso ocurra, porque era un personaje público y le entrevistaron en la radio.
El único problema es que las personas que podían identificar su voz y lo conocían, ya han muerto”, cuenta.
La búsqueda continúa
Estas grabaciones que sabe que existen, pero que nunca ha encontrado, es una constante en su labor, una situación con la que aprendió a convivir desde el principio. Al mismo tiempo, asegura, “es el motor para seguir adelante con ilusión”. Menciona una alocución en cilindro que Emilio Castelar, presidente de la Primera República española, realizó poco antes de morir a finales del siglo XIX, y otra de Enrique el Mellizo, el mítico cantaor gaditano fallecido en 1906, citada en el ‘Diario de Cádiz’ y que sigue desaparecida.
“No se trata de buscar un disco concreto –comenta el especialista–, porque es como buscar una aguja en un pajar de millones de kilos de paja. Hay que visitar colecciones y ver qué te encuentras.
Como aficionado al flamenco, evidentemente, me encantaría encontrar y escuchar las saetas, peteneras y martinetes que sabemos que grabó el gran Antonio Chacón, pero insisto, no tanto por tener el documento, sino por conservarlo y transmitirlo a las generaciones futuras”.
Recientemente, fue a Toledo a ver una colección y apareció un cilindro en cuyo soporte anunciaba: “Peteneras de Chacón”. Se levanta, abre una vitrina y coge la mencionada caja. Está vacía. “Por desgracia, suceden cosas así, pero es importante porque nos ayuda a confirmar que existió.
En su lugar había una zarzuela”, lamenta.
Un trabajo agotador
Aunque desde hace tiempo cuenta con la ayuda de su mujer, Zaida Hernández-Úrculo, musicóloga e historiadora del Arte, la tarea que ambos llevan a cabo es ingente y sin ayuda de las instituciones públicas. “A veces me he planteado dejarlo, es muy agotador. Imagínate, te llega una colección y tienes que catalogarla, ordenarla y repartirla por géneros. Luego compara los ejemplares que se repiten con los que teníamos.
A eso suma las conferencias, exposiciones y venta del material que creemos que ya no tiene cabida. Y mientras, te vuelve a sonar el teléfono de otra colección y tienes que viajar rápido a no sé dónde. Es una actividad frenética. Creo que hemos llevado la colección a un punto en el que nunca antes se había llegado”, concluye.













