
UN PROFESOR DE LITERATURA DESCUBRE SU PASIÓN POR LA COSTURA Y LE CAMBIA LA VIDA
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Durante generaciones, la costura fue una habilidad esencial en muchos hogares. Saber coser un botón, arreglar una prenda o incluso confeccionarla era parte de la vida cotidiana. Sin embargo, con el tiempo, estas habilidades se han ido perdiendo, relegadas por una cultura de consumo rápido donde es más común reemplazar que reparar.
El resurgir de lo artesanal
En los últimos años, se observa un renovado interés por lo artesanal. Talleres de costura, bordado y confección han experimentado un auge, atrayendo a personas deseosas de crear con sus propias manos.
Un ejemplo de esto es Javier Pintor, un profesor de literatura de 59 años, quien recientemente descubrió una pasión que, según sus propias palabras, ha transformado su vida.
Pintor, dedicado durante décadas al mundo de los libros y la enseñanza, nunca imaginó que dedicaría su tiempo libre a coser. Confiesa que hasta hace poco carecía de conocimientos básicos en la materia. “No cosí un botón, no cosí ningún bajo… nunca había cosido nada”, recuerda.
Un impulso inesperado
Si bien creció viendo a su madre coser, nunca consideró aprender.
“Mi madre cosía y tenía una máquina de coser muy bonita, pero los hombres que me rodeaban jugábamos al fútbol y nunca nos acercamos a eso”, explica. Todo cambió gracias a una iniciativa de su hija.
Su hija mayor, cineasta, le propuso acompañarla a clases de costura. Inicialmente sorprendido, Pintor aceptó. “Me dijo que por qué no la acompañaba a clase de costura para compartir ese momento”, recuerda.
Esta decisión, aparentemente sencilla, le abrió un mundo nuevo.
La costura como creación
En pocas semanas, Pintor descubrió que coser le resultaba sorprendentemente familiar. El proceso creativo, la paciencia y el cuidado por los detalles le recordaban a su trabajo con la literatura. “Lo comparo mucho con los libros, porque construyes historias, vas construyendo algo”, explica.
Para él, la costura tiene un componente íntimo y creativo. “Enhebrar, cortar, hacer un patrón, unir tejidos…
vas construyendo algo con tus propias manos”, señala. Además, valora el ambiente que se genera en las clases, comparándolo con los clubes de lectura que dirige. “Se genera una conversación muy agradable en torno a lo que estamos haciendo”, afirma.
Aprendizaje y desafíos
A pesar de ser relativamente nuevo en este ámbito, Pintor ha adquirido habilidades básicas que nunca imaginó poseer. Primero dominó los fundamentos: medir, trazar patrones, hacer dobladillos y manejar la máquina de coser.
“He tenido que aprender los rudimentos básicos”, explica.
Con el tiempo, ha comenzado a crear sus propias piezas. “He hecho varias bolsas que ahora uso para llevar mis libros al trabajo o mis cosas al gimnasio”, comenta con orgullo. También ha confeccionado un delantal para cocinar, otra de sus aficiones. “Me gusta cocinar y he hecho un mandilón que está muy bien hecho”, afirma.
Su próximo desafío es más ambicioso.
“Ahora estoy intentando hacer camisetas y después, si puedo, un pantalón, que ya son palabras mayores”, dice entre risas. Más allá de la satisfacción personal, Pintor considera que aprender este tipo de habilidades debería ser común para todos. “Estoy totalmente de acuerdo en que todos deberíamos aprender a coser un botón o arreglar una prenda”, afirma.
Recuperar habilidades perdidas
En su opinión, muchas de estas capacidades se han perdido en una sociedad dominada por el consumo rápido. “Estamos perdiendo el comercio pequeño y artesanal”, lamenta.
También destaca que en algunos países europeos los centros educativos incluyen talleres donde los estudiantes aprenden habilidades prácticas. “En muchos colegios los alumnos aprenden desde coser un botón hasta hacer pequeños arreglos en casa”, explica.
Para Pintor, otro aspecto interesante es romper estereotipos. La costura ha sido vista tradicionalmente como una actividad femenina, pero él cree que esas divisiones carecen de sentido. “Muchas veces pagamos a alguien por algo que podríamos hacer nosotros mismos”, comenta.
En su propia casa, ha estado rodeado de mujeres que realizan todo tipo de tareas domésticas y técnicas.
“Las mujeres que están a mi alrededor taladran, cuelgan cuadros y hacen muchas cosas incluso mejor que yo”, reconoce. Por eso, su mensaje es claro: aprender habilidades prácticas no debería tener género.
En su caso, ha descubierto una nueva pasión que le permite seguir creando, igual que hacía con los libros, pero ahora también con hilo y tela. Su experiencia demuestra que nunca es tarde para aprender y que a veces, las aficiones más inesperadas pueden enriquecer nuestras vidas de manera sorprendente.













