Ciudadanía protegiendo su memoria colectiva: el movimiento que salvó el Cine Rex y transformó la defensa del patrimonio en Murcia

Ciudadanía protegiendo su memoria colectiva: el movimiento que salvó el Cine Rex y transformó la defensa del patrimonio en Murcia

La antigua sala de proyecciones ha logrado lo que parecía improbable: asegurar su protección institucional tras años de incertidumbre. Detrás de ese “blindaje” hay una movilización vecinal y asociaciones como Huermur, que llevan dos décadas tejiendo una red de conciencia patrimonial

La pugna legal por las acequias de la Huerta de Murcia: “Proteger esta red milenaria es necesario para el futuro”

El antiguo Cine Rex forma parte del paisaje sentimental y urbano de Murcia. Levantado en el primer tercio del siglo XX, cuando el cinematógrafo comenzaba a consolidarse como el gran espectáculo de masas, por sus butacas desfilaron generaciones de murcianos que aprendieron a amar el cine en una sala que fue mucho más que un negocio: refugio climático en los veranos de sol inclemente, punto de encuentro sentimental y espejo de una ciudad que crecía soñando en blanco y negro y, después, en technicolor.

Pero, en agosto de 2019, el telón del emblemático cine cayó por última vez.

Un cierre definitivo que puso fin a más de cien años de actividad ininterrumpida como sala de espectáculos en Murcia. Desde entonces, el futuro del Rex ha estado pendiendo de un hilo, amenazado por la especulación y por la lógica de la rentabilidad inmediata.

Hasta el pasado 26 de febrero, cuando el Ayuntamiento de Murcia aprobó definitivamente —con los votos del PP, el rechazo del PSOE y la abstención de Vox— la modificación del Plan Especial del Conjunto Histórico-Artístico del Centro de Murcia, que incluye reconocer el valor histórico, arquitectónico y sentimental del inmueble y abre la puerta a su protección formal dentro del catálogo municipal.


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Ciudadanía protegiendo su memoria colectiva: el movimiento que salvó el Cine Rex y transformó la defensa del patrimonio en Murcia

La medida no ha sido adoptada sin polémica: el equipo de Gobierno municipal ha apostado por reforzar la figura de protección urbanística como herramienta eficaz para impedir la demolición del Rex y garantizar la conservación de sus elementos esenciales; mientras que los grupos de la oposición exigían ir más allá y estudiar fórmulas de protección más ambiciosas, como su declaración como Bien de Interés Cultural (BIC), lo que implicaría mayores garantías y obligaciones para la propiedad que, finalmente, podrá destinar el inmueble a actividades terciarias (comerciales, oficinas, restauración, lúdicas o deportivas) excepto a las relacionadas con el ocio nocturno.

En medio de la discusión institucional, la voz de la ciudadanía organizada también se ha oído de la mano de la Plataforma Cine Rex Vivo, que ha visto frustrada sus expectativas de recuperar la actividad original en estas instalaciones.

Una lucha, como en tantas otras, en la que también ha estado presente la Asociación para la Conservación del Patrimonio de la Huerta de Murcia, más conocida como Huermur, que sí ha conseguido que el Consistorio asuma todas sus alegaciones respecto al refuerzo de la protección del edificio. Su victoria respecto al Rex es solo la punta del iceberg de un ímprobo trabajo centrado en la vigilancia y denuncia de todas las amenazas que pongan en riesgo la herencia cultural murciana.

Veinte años sembrando conciencia

Fundada en 2007, Huermur nació con un objetivo claro: defender el patrimonio histórico, paisajístico, cultural y natural de la huerta y del municipio de Murcia frente a su progresiva degradación. En un contexto en el que la expansión urbanística avanzaba con rapidez sobre terrenos agrícolas y sobre edificios tradicionales, un pequeño grupo de ciudadanos decidió organizarse para poner límites.


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Ciudadanía protegiendo su memoria colectiva: el movimiento que salvó el Cine Rex y transformó la defensa del patrimonio en Murcia

“Nuestro principal logro es que, a lo largo de estos veinte años, hemos fomentado y posibilitado que haya una verdadera conciencia social en torno a la huerta y al patrimonio”, explica Pedro Jesús Fernández Ruiz, portavoz de la asociación.

“Hace dos décadas la huerta se veía en muchos lugares como algo acabado, esperando que viniera la gente a comprar las parcelas para construir en ellas. Hoy creemos que la huerta se ve con un futuro y una protección mayor de la que había en su momento”, asegura.

La afirmación no es retórica. Cuando Huermur comenzó su andadura, hablar de protección integral de acequias, molinos o casas torre era casi una excentricidad.

El paisaje de la huerta, con su milenaria red de riego heredada de época andalusí, se consideraba más un obstáculo que un valor. Las grandes acequias mayores, arterias vivas del sistema hidráulico tradicional, carecían de una protección acorde a su importancia histórica.

La asociación participó activamente en los expedientes que condujeron a la declaración como BIC de las dos acequias mayores de la huerta de Murcia, aportando documentación histórica, informes técnicos y alegaciones. No fue su única intervención.

A solicitud de Huermur se protegieron también diversas acequias menores, molinos y elementos hidráulicos que, sin esa presión ciudadana, podrían haber sido entubados o derribados.

“Fruto de ese trabajo”, subraya Fernández Ruiz, “se han salvaguardado para el futuro muchos elementos, impidiendo nuevos entubamientos y nuevos derribos de molinos”.

De los despachos a los tribunales

La estrategia de Huermur ha combinado activismo en la calle con una intensa labor administrativa y jurídica. Desde su creación, la asociación ha presentado varios centenares de expedientes y más de medio millar de escritos dirigidos tanto a la Consejería de Cultura como a la de Urbanismo del Ayuntamiento de Murcia.

Su objetivo: lograr la inclusión de edificios y paisajes en los catálogos de protección, impulsar declaraciones BIC o exigir el cumplimiento de la normativa vigente.


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Esa perseverancia ha dado lugar a la incorporación de numerosos inmuebles en el planeamiento urbanístico protegido, así como a la delimitación de entornos de protección para monumentos que antes carecían de ellos. También se han promovido figuras como la de Lugar de Interés Etnográfico o Sitio Histórico para distintas zonas de la comarca de Murcia.

No todas las batallas se han ganado, aunque Huermur habla de “cuestiones pendientes” más que de derrotas. El caso de la reconstrucción del Molino de Oliver, en la pedanía de Aljucer —cuya defensa se remonta a 2008—, sigue abierto como ejemplo de una lucha prolongada en el tiempo. Lo mismo ocurre con la protección de casas torre o de árboles singulares y monumentales. “Aunque se han perdido numerosos ejemplares, como los pinos de Churra, es una iniciativa que sigue en marcha”, afirma el portavoz.

“Allá donde había determinados ejemplares de gran porte, aunque se hayan perdido, se pueden plantar otros que crezcan para el futuro”.

La asociación no ha dudado en acudir a los tribunales cuando ha considerado que el patrimonio estaba en riesgo. En varios casos, sentencias contencioso-administrativas han dado la razón a sus planteamientos, ordenando proteger monumentos o sancionar derribos ilegales. Incluso se han producido condenas penales en supuestos de destrucción de bienes protegidos.

“Hay determinadas batallas que había que lucharlas por muy difíciles que fueran”, sostiene Fernández Ruiz.

El precedente de San Esteban

Uno de los hitos más recordados en la trayectoria de Huermur es la defensa del yacimiento arqueológico de San Esteban. En 2009, las obras para construir un aparcamiento subterráneo en el centro de Murcia sacaron a la luz un importante conjunto de restos andalusíes. El proyecto inicial contemplaba su eliminación parcial para seguir adelante con el parking.


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La reacción ciudadana fue inmediata. Asociaciones, colectivos y vecinos se movilizaron para exigir la conservación íntegra del yacimiento. Huermur desempeñó un papel activo en esa coordinación, aportando argumentos técnicos y presión social.

Finalmente, el proyecto fue paralizado y el conjunto arqueológico se conservó. Posteriormente, fue declarado BIC, consolidando su protección.

Aquel episodio marcó un antes y un después en la percepción del patrimonio en Murcia. Demostró que la ciudadanía organizada podía influir en decisiones de gran calado y que el desarrollo urbano no tenía por qué estar reñido con la conservación de la memoria histórica.

Cárcel Vieja y castillos: memoria en disputa

Otra de las luchas emblemáticas ha sido la de la antigua Prisión Provincial, conocida como la Cárcel Vieja. Huermur ha defendido que su rehabilitación respete la memoria histórica del edificio y evite convertirlo en un espacio despojado de significado. La asociación ha reclamado que cualquier intervención arquitectónica conserve los elementos que permiten entender su pasado y su papel en la historia reciente de Murcia.


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En el ámbito del patrimonio defensivo, la mirada de Huermur se ha dirigido a los castillos de la comarca, especialmente al conjunto de Monteagudo, dominado por la silueta del Cristo que corona la fortaleza. La asociación denunció en su día deficiencias en el plan director y logró que intervinieran las distintas administraciones —estatal, autonómica y local— para coordinar actuaciones de conservación y puesta en valor. Pero su preocupación abarca el conjunto de fortalezas medievales que jalonan el territorio murciano, consideradas un legado fundamental del pasado islámico y cristiano.

Divulgar para proteger

Más allá de la acción reivindicativa y jurídica, Huermur ha apostado por la divulgación y la investigación como herramientas esenciales de protección.

La asociación colabora con universidades, institutos y colegios, impartiendo charlas y trabajando con docentes en la formación del alumnado. Participa en congresos, jornadas y encuentros, y publica artículos en revistas especializadas, en ocasiones de ámbito internacional.

Esa dimensión pedagógica ha contribuido a consolidar la “conciencia social” de la que habla su portavoz. La defensa del patrimonio ya no es asunto exclusivo de expertos o activistas: forma parte del debate público.

Cada vez que se anuncia la posible demolición de un edificio histórico o la alteración de un paraje tradicional, la reacción ciudadana es más rápida y articulada.

El Cine Rex como símbolo

En ese contexto de madurez cívica se inscribe el caso del Cine Rex. Para Huermur, su protección no es un hecho aislado, sino la culminación de un proceso de sensibilización colectiva. La asociación ha respaldado las reivindicaciones de la Plataforma Cine Rex Vivo y ha instado al Ayuntamiento a adoptar medidas firmes para garantizar la conservación del inmueble.

El “blindaje” acordado en pleno supone un paso significativo. Aunque queda por concretar el alcance exacto de la figura de protección y su traducción normativa, el mensaje político es claro: el Rex no se derriba. La ciudad reconoce en él un valor que trasciende el mercado inmobiliario.

Inspiración para el resto de la Región

Para Cristina Gómez, historiadora del arte y presidenta de la asociación ciudadana ‘Lorca por su patrimonio cultural’, el blindaje del Rex tiene una dimensión que va más allá del caso concreto.

“Debemos tener una cosa clara —explica—, y es que no solamente para este edificio, sino de manera generalizada en historia del arte, conservar los interiores de los edificios es trascendental porque tanto interior como exterior nos hablan de la propia historia y evolución del edificio”.

Gómez insiste en que los espacios interiores contienen información histórica insustituible. “Un edificio, y sobre todo un conjunto de ellos, hablan de la historia de la ciudad, de sus costumbres. Nos hablan de la cultura y de muchísimos aspectos que se conocen a través de los edificios, tanto por su interior como su exterior, pero sobre todo por el interior”.

Desde su experiencia en Lorca, donde tras los terremotos de 2011 surgieron movimientos ciudadanos para proteger el patrimonio, pone ejemplos concretos: la antigua cárcel, que en origen fue un pósito de grano. Sus grandes salas, concebidas para almacenar cereal, corren el riesgo de subdividirse y perder así la lectura de su función original. “Esto requiere un estudio para no perder esta información interior”, subraya.


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En el caso de los cines históricos como el Rex, añade, hay además una dimensión social. A comienzos del siglo XX, con la irrupción del cinematógrafo, el ocio dejó de estar estrictamente reservado a las clases altas que podían permitirse el teatro. El proletariado encontró en el cine una forma de esparcimiento accesible. Proteger estos espacios es también proteger la memoria de esa democratización cultural.

Gómez advierte asimismo del peligro del “fachadismo”, una práctica extendida durante años: derribar los interiores y conservar solo la fachada. “Esto es peligroso —señala— porque a veces las fachadas son mucho menos interesantes que los interiores”. En ciudades como Lorca, recuerda, abundan los ejemplos.

Sobre si lo conseguido por Huermur abre oportunidades para blindar otros edificios en la Región, su respuesta es prudente.

“Por desgracia, el hecho de que un municipio conserve o no los interiores no resulta vinculante para el resto de la región, aunque sea un grandísimo ejemplo”. La gestión del patrimonio cultural en la Región de Murcia, añade, no siempre ha evolucionado en esa dirección, salvo honrosas excepciones.

Ciudadanía en defensa de la memoria colectiva

La historia del Cine Rex es, en cierto modo, la historia de una transformación cultural en Murcia. Donde antes predominaba la resignación ante la pérdida de edificios emblemáticos, hoy se alza una red de asociaciones, plataformas y ciudadanos dispuestos a defenderlos.

Huermur ha sido uno de los motores de ese cambio.

“Nos quedamos con muchas cosas positivas”, concluye Fernández Ruiz. “No tanto con derrotas, sino con batallas que siguen en marcha. Lo importante es que hoy existe una conciencia ciudadana que entiende que el patrimonio no es un lastre, sino una riqueza colectiva”.

En la penumbra del antiguo cine, donde aún parecen flotar las voces de las películas proyectadas durante décadas, late esa convicción. El Rex puede que vuelva algún día a encender su pantalla o que encuentre un nuevo uso cultural. Lo que ya ha conseguido es algo quizá más valioso: convertirse en símbolo de una ciudad que ha decidido no olvidar.